Yace al caer la tarde

0
7

En la obra de Maximiliano del Puente intolerancia y arbitrio, tedio y desesperanza, conforman un tejido impermeable, autodestructivo en el que reverbera un costado político y universal
Por Sebastián Russo

- Publicidad -

Seis cuerpos más uno. Un cuerpo más seis. Hay algo en ese cuerpo que no le permite agruparse con los otros. Hay algo distinto en lo corporal, que se liga a una distinción de otro grado, abarcadora, arrasadora. El algo distinguidor más elocuente, lo geopolítico resumido en la nacionalidad, es casi una excusa para disparar distinciones radicales, constituidas -se percibe- en procesos no menos arrasadores, erosionadores de identidades colectivas, subjetividades.

Un albano arriba a una comunidad. Arriba a un conglomerado de cuerpos impregnados de frustraciones, violencia. Cuerpos que dejan fluir su acumulada furia sobre ese otro cuerpo arribado, distinto, aurático. Cual purga esterilizante, se descargan sobre un recién llegado que en su solo hacerse presente les evidencia su propia ignominia. Intolerancia y arbitrio, tedio y desesperanza, conforman un tejido impermeable, autodestructivo, que tiene antojadiza válvula de escape en ese otro cuerpo, de voz, actitud, espíritu, insoportablemente disímiles, de insufrible desenvoltura, de intolerable apacibilidad.

Silencio. Miradas que se entrecruzan. Cigarrillos que no dejan de prenderse, de compartirse (casi el único resquicio de amable convivencia) Hombres, mujeres, fragmentados, diluidos. Violencia latente. La llegada del extranjero lo ha cambiado todo. O simplemente ha hecho explotar lo que siempre estuvo ahí, solapado, subrepticio. Infidelidades (latentes), peligros, riesgos, tragedias (latentes) Los cuerpos se movilizan inercialmente, en silencio, multiplicando la tensión, amplificando la sensación de inminente fatalidad. Hubo violencia tangible. Hubo un cuerpo caído, intervenido, maltrecho. Se habilitó a partir de allí una nueva política de lo corporal. Una nueva posibilidad de operar con cuerpos. La latencia, el estado de inminencia, de apremio se transforman en norma, en naturalidad y engendran seres seccionados, devastados, que se agrupan en ominosos amontonamientos de cuerpos.

Sin referencias espacio-temporales concluyentes, ni rasgos identitarios lo suficientemente constitutivos, Yace al caer la tarde, se transforma en relato de un hoy, un ayer, un mañana, en cualquier lugar donde indistintos agrupamientos humanos se entrecrucen en contingente relación. Allí reverbera el costado político, intervencional, de incisiva apuesta de esta obra teatral a rever ciertos estados de cosas nada ajenos, nada abstractos. Maximiliano De Puente es el autor/director de esta pieza, significativamente dedicada a otro ser que buceó por las intrincadas arenas de la mente humana, y del ser con/contra/sobre otros, como fue Rainer Werner Fassbinder.

Publicado en Leedor el 3-5-2006