Crónica de una fuga

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La película de Caetano destaca fundamentalmente por el punto de vista que elige para tratar el tema de la tortura.Crónica de una fuga

Por Elizabeth Motta

La época de la dictadura ha sido muy revisada por la filmografía argentina desde que la democracia lo permitió en los años ?80. Desde ?La historia oficial? (Luis Puenzo, 1985) hasta Los Rubios (Albertina Carri, 2003) el hecho histórico que impactó y seguirá impactando a los argentinos ha sido representado desde los más diversos enfoques. Mientras que muchos filmes retenían la información apelando, sobre todo, a un saber social, como ?Camila? (María Luisa Bemberg, 1985) o aquellos provenientes del sector más independiente como ?En el nombre del hijo? (Jorge Polaco, 1987) entre tantos otros, otros como ?La noche de los lápices? (Héctor Olivera, 1986) manifestaban su referente de un modo más directo, invocando al sentimentalismo.

La última obra de Adrián Caetano se encuadra dentro de este último grupo. La tortura y la violencia son explícitas, pero no llegan a atormentar al espectador ya que son de carácter auditivo más que visual. ¿En qué aspecto podemos diferenciar este film de otros anteriores como el de Olivera?.

En el proceder técnico no se avistan grandes innovaciones, por eso, nos centraremos en el punto de vista que construye el film y la mirada ideológica que, en el relato, es apoyada por testimonios reales.
En Crónica de una fuga, el protagonista es Claudio Tamburrini (Rodrigo de la Serna), un jugador de fútbol del club Almagro que ha sido capturado por los militares y llevado a un espacio de tortura en el año 1977. Al no pertenecer a ningún partido de izquierda, ni siquiera a una agrupación política de su facultad, Claudio fue uno de los tantos capturados casuales del proceso. Sin embargo, Caetano hace hincapié en las causas de su captura: uno de los presos políticos lo señaló falsamente como perteneciente a un partido revolucionario para cubrir a sus compañeros aún libres y para suavizar su tortura. Es precisamente aquí, en torno a la figura del protagonista, donde radica la originalidad del film: Claudio representa una víctima del poder político, no sólo de la derecha, sino también de la izquierda. La innovación es hacer un film sentimental sin tomar partido por ninguno de los dos bandos, ubicando al espectador en una mirada crítica frente al proceso, pero negando una toma de posición partidista. La idea es denunciar el proceder usual de la política, en cualquiera de sus manifestaciones ideológicas.

Un notable déficit del film es la dirección de actores. Siendo que la mayoría proviene del ámbito televisivo, sobre todo de aquellos programas que desarrollaban temáticas marginales (véase Tumberos, por ejemplo), la transposición de la técnica actoral al ámbito cinematográfico no parece haber sido efectiva. Están quienes destacan excelentemente en su papel, como Rodrigo de la Serna; quienes no pueden dejar de lado su personaje reconocido, como Pablo Echarri que representa a un policía torturador, pero cuyo bigote no termina de ocultar una gestualidad de galán; y quienes parecieran repetir las líneas del guión sin aportarle expresividad dramática, como muchos que ejercen papeles secundarios.

De todos modos, el desarrollo del film es prolijo y captura la atención del espectador en todo momento. Esto gracias al montaje que explota al máximo las escenas de suspense y también sabe poner freno a esos planos (?torturadores?) que más apelan al sentimiento del espectador.

Publicado en Leedor el 30-4-2006

  • Mi enhorabuena por un gran texto. Felicidades de nuevo y
    saludos.