Match Point

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Punto para partido

¿Cómo esquivarle a la pasión cuando aparece, Sr. Allen?

Ud que sabe de esto.

El campeonato de su vida tuvo muchos partidos (la Keaton, la Farrow, todas actrices, todas inteligentes) pero el último fue un verdadero Match Point… engancharse con la hija que Ud mismo crió?? hmmm. Sospechoso me dirán por acá. Se tratará del último arañazo, el declive en fin, de aquellas damas responsables de sus destinos y el de sus hombres, individualistas, conflictivas a la vez que arrogantes, preguntándose por la existencia mientras esperan a sus madres en restaurantes lujosos de NY.

Cuando el espectador termine de ver Match Point tendrá la sensación que acaba de recorrer un laberinto, pero se quedó sin ver al minotauro: un laberinto parecido a ese castillo familiar en las afueras de Londres. Aquel espectador que encuentre al Allen de todos los años, se lleva el premio: el lado filoso del diálogo, las búsquedas religiosas, la comicidad, la infelicidad. Igualmente aquí predomina el orden. (¿Hay alguno donde no lo haya?). Los personajes son pulcros, alineados, coherentes, civilizados, correctos, responsables, simétricos con su entorno.

La Nola de Scarlett Johansson, voluptuosa actriz de Perdidos en Tokio, se reconoce como una belleza clásica: “mi hermana es linda, yo soy sexy” dice en un momento y lleva a la perdición al joven tenista irlandés Chris Wilton. Un erotismo intelectual a lo Woody Allen transformado en pathos destructivo.

En un marco aristocrático abundan las referencias a la literatura de Dostoievsky, a la Opera, al arte abstracto y conceptual. Es que en el universo alleniano sólo tiene lugar lo exquisito y siempre y cuando merezca ser consumido, lo exótico, no por nada una de las salidas es al cine y la película elegida es Diarios de motocicleta.

No vamos a abundar en datos argumentales. Sí en una conclusión general: lo que empieza siendo una descripción de la vida social de la clase alta inglesa, dueña de holdings empresarios, termina siendo en Match Point la historia de un crimen pasional y el correlato de una puesta en orden.

Woody Allen parece concluir aquella tesis presentada, mucho más audaz en el relato, en Melinda y Melinda: la vida tiene todos los componentes de una tragedia: habrá que saber si elegirlos o no. Porque el hombre puede optar por ser bueno o ser feliz, puede planificar su vida con milimétrica precisión, pero hay cosas que no se pueden controlar, como la pelota que rebota en la red y todavía tiene tiempo para pasar del otro lado o el anillo incriminatorio que imita ese mismo movimiento (tal vez la mejor imagen de la película).

Del mismo modo que no se puede controlar de quién se enamoran los hijos, quién muere y quién vive. Quién es sancionado. Quién, investigado. La ruptura del género es muy sutil: el castigo que uno presupone terrible sólo es sugerido por una última mirada a cámara del protagonista. Aunque aún, en el último segundo, estemos suspendidos en match point.

Nota Publicada en El Menú de Buenos Aires

Publicado en Leedor el 10-5-2006


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