Miradas descolonizadas

0
5

En busca de la descolonización de la mirada y la soberanía de nuestras imágenes, Jorge Falcone relata en esta nota su experiencia en el Taller de Video Documental ?Valles Calchaquíes? LA DESCOLONIZACIÓN DE UNA MIRADA*

Por Jorge Falcone
Movimiento de Documentalistas

Un sábado de noviembre de 2004, merced a la obtención de un subsidio bonaerense concursado como Proyecto Adolescente, en el Barrio Las Acacias de la localidad de Arana, Partido de La Plata, quedó inaugurado el Taller de Video Documental ?Valles Calchaquíes?, así bautizado en honor a la región de origen de la mayoría de las familias de los 19 estudiantes secundarios que lo conformaron. En dicha ocasión, el modesto aporte que estuvimos en condiciones de brindar para la contención en horario extra-escolar de esos adolescentes fue un curso intensivo de realización documental, habida cuenta de la formación de quien escribe estas líneas y se hizo cargo oportunamente del grupo en carácter de coordinador.

En el primer encuentro, aclarado el cometido del emprendimiento, y cuando los talleristas fueron consultados acerca de qué desearían filmar, uno de ellos manifestó muy suelto de cuerpo que preferiría narrar una invasión extraterrestre a su barrio. Cabe consignar que el lugar escogido para desarrollar nuestro taller es una zona semi rural, caracterizada por el cultivo de alcauciles y tomates cherry, y constituida por una población dispersa de trabajadores temporarios empleados en quintas dotadas, en su mayor parte, de los característicos invernáculos de palo y nylon. Esta suerte de contrasentido cultural se explica fácilmente al relevar los consumos audiovisuales predilectos de los jóvenes, por lo menos hasta la revalorización de la mirada documental acaecida hacia la crisis de diciembre de 2001 (hasta entonces la opción por la ficción -y, dentro de ella, la fantasía- figuraba incluso a la cabeza de las preferencias de la mayoría de los estudiantes de cine de nuestro país). Pero aquí sólo deseo discurrir acerca de quién era yo, en tanto documentalista y coordinador del mencionado taller, a la hora de enfrentarme ante la propuesta de aquel estudiante:

Me faltaban alrededor de seis meses para cumplir veinte años aquella tarde del 20 de junio de 1973 en la que, echado boca abajo en una zanja de Ezeiza, me sentí compelido a no dejar de ajustar el foco de mi cámara fotográfica Kowa Ser Reflex y disparar una y otra vez, procurando esquivar las balas de los francotiradores de la OAS importados por el agente de la CIA José López Rega para trasladar el centro de gravedad del enfrentamiento pueblo-Imperio al seno del movimiento nacional. Ese sería mi ?bautismo de fuego? documental: Atrás quedarían alrededor de una docena de cortometrajes de carácter fantástico rodados durante el bachillerato con compañeros de curso, de los cuales -a la fecha- ya han dado cuenta los Grupos de Tareas que allanaron repetidamente mi casa natal. Delante de aquella bisagra de mi vocación cinematográfica esperaba un temprano seminario con el inventor de las etno-biografías documentales, Jorge Prelorán. Su primer cine, también producido en paso reducido, pese a la asepsia de un relato algo distante, me revelaría elocuentemente otra manera de encarnar y ejercer nuestra nacionalidad. En todo caso, la fuerza cultural de los pueblos suele encontrar grietas, en cualquier discurso pretendidamente objetivo. Y así como Ibrahim Ferrer en ?Buena Vista Social Club?, después que Win Wenders lo muestra en su desvencijado comedor diario de La Habana Vieja, es capaz de decir, en la Quinta Avenida de Nueva York, ?esto también está bonito?, igualmente el kolla Hermógenes Cayo, puesto ante el desafío de restaurar un antiguo armonio, dice ante la cámara de Jorge Prelorán, ?porqué no voy a poder, si ha sido armado por otro hombre igual que yo?.

De todas maneras, y aún conmovido por el cine de Prelorán, yo sentía que algo faltaba para identificarme con aquel abordaje de la realidad. Encontré la respuesta años después, ya como integrante del Taller de Cine de Gerardo Vallejo -ex miembro del Grupo Cine Liberación y discípulo dilecto de Fernando Birri en la Escuela de Cine de Santa Fe- y leyendo a Adolfo Colombres cuando dice ?es la lucha lo que recorta al hombre del paisaje?. En efecto, recorriendo la distancia que media entre Hermógenes Cayo y Ramón Gerardo Reales, protagonista del documental más valiente y conmovedor que jamás vi, fui dando con un modelo propio de abordaje cinematográfico de la realidad de nuestro pueblo. Y en octubre pasado, en el marco del 1er Festival de Cine y Video Científico del MERCOSUR, sería el propio Prelorán quien me ratificara al relatar, en reportaje que tuve la fortuna de hacerle, lo revelador que había sido, en su experiencia cinematográfica, el trabajo conjunto con el talentoso documentalista Raymundo Gleyzer, secuestrado por la última dictadura.

Ya promediando el desarrollo del Taller de Video Documental ?Valles Calchaquíes?, aquel estudiante que sugiriese la posibilidad de comenzar haciendo ciencia-ficción, ahora convertido en impensado consumidor de documentales latinoamericanos, me acercaba un manual de uso obligatorio en su colegio, señalando la foto movida -y aparentemente capturada en forma furtiva- de un kolla que hubiera preferido no posar para modelo. Su comentario de ocasión sería: ?Mire quién edita este libro de texto, profesor… la Telefónica de España. Así como saquearon bienes nos saquean imágenes?.

El taller en cuestión culminó su experiencia documental internándose -a pedido de sus integrantes- en el monte santiagueño para dejar testimonio sobre las raíces últimas del desarraigo, en un filme de 36? -?Santiagueños. Dentro y fuera del pago?- que hoy está recorriendo festivales. Para realizarlo adherimos a la idea de subordinar la mirada a la realidad antes de subordinar la realidad a la mirada. Y, sin habernos propuesto un abordaje sociológico ni mucho menos militante, relevamos a un grupo de pobladores cuyos crudos testimonios inducen a concluir que habitan una región del país no integrada por el gobierno central a un proyecto de desarrollo global: Concretamente, una Argentina de segunda.

Simultáneamente, y detrás de cámara, los talleristas pudieron reconocerse UNOS en su pago de origen, y advertirse OTROS en el de residencia.
En conclusión, conviene concebir a la descolonización de la mirada no como una actitud de voluntarismo militante (lo que podría conducir a variantes tan polémicas como la contrainformación), sino como el compromiso -en nuestro caso, del documentalista- con la conquista del poder popular, proceso que lleva implícita la recuperación de la soberanía de nuestras voces y de nuestras imágenes.-

*Intervención de Jorge Falcone
en la Mesa redonda La descolonización de la mirada
con la participación de Adolfo Colombres, Miguel Mirra, y Fernando Álvarez, 30 de marzo de 2006, Centro Cultural de la Cooperación.

Publicado en Leedor el 31-3-2006