La mueca

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La hipocresía de un matrimonio de clase alta, vista como una “mueca” o “máscara”, que seguirán llevando hasta las últimas consecuencias, a pesar de ser sometidos a las mas duras pruebas.

“La mueca” hoy. Un “Home theatre” a lo Pavlovksy.

por Marta Opacak

Casi podría decirse que la música minimalista elegida por Belisario Gronda para ser escuchada apenas uno ingresa a la sala, nos obliga a recorrer cuidadosamente con la vista, cada uno de los objetos puestos en escena para huir de su monotonía rítmica.

Una escalinata baja con barandales a ambos lados, en el último plano del escenario, será el eje central desde el cual serán alineados simétricamente hacia ambos lados, el resto de los elementos de la puesta.

Pegada a la escalinata, sobre su lateral derecho, una gran pantalla rectangular. Debajo de ella, dos sables de esgrima, cruzados, como aparentes objetos de decoración.

Y hacia ambos lados, en el plano medio del escenario, dos pantallas más, del mismo formato, un poco mas pequeñas. Una tendrá delante una mesita con botellas y una silla, la otra un televisor, casi al ras del piso, que ayuda a completar esa idea de un frío y moderno “home theatre” que nos introduce en la atmósfera asfixiante del “teatro del hogar” del matrimonio constituido por Carlos (Alejandro Hodara) y Elena (Lili Rinkewitsch).

Pero en este “home theatre” no veremos a los dueños de casa, utilizando los elementos tecnológicos para contemplar como pasivos espectadores, lo actuado por otros, sino siendo registrados violentamente en todos sus actos, por medio de los mismos, que serán operados por 4 intrusos.

Estos últimos forman una pandilla liderada por el Sueco (Claudio Salama), cuyos particulares intereses iremos conociendo en el transcurso de la obra.

Lo primero que vemos en escena de la misma es la sombra fantasmal de otro de sus integrantes, el Turco (Daniel Bañares), proyectada. Ella se cierne amenazante, como lo haría un guardián que domina su propiedad, y este es el primer indicio que nos hace pensar, si no será tal vez, que se trate no de incidentales invasores externos, sino internos, que viven dentro de Carlos, de Elena, y de cada uno de nosotros.

Cada personaje representa un comportamiento típico. Aunque con la circunstancial ambivalencia esperable en todo ser humano.

En el estrato mas bajo de esta “pirámide de mando” están el Turco y Aníbal (Nicolás Bottini). El Turco no tienen preocupaciones y es libre como el instinto puro. No pierde oportunidad de hablar de fútbol o de sexo. Aníbal es el típico criticón que aprovecha cuando alguien está con la guardia baja para hacer leña del árbol caído. Por él sabremos que el Turco incluso, tiene sexo con su propia hermana, incitado por las privaciones económicas que lo obligan a compartir la misma cama que ella.

Si bien el Sueco, domina por su raciocinio al grupo, y tiene el guión de la operación a llevarse a cabo, casi en igualdad de condiciones está el Flaco (Beto Teper). Culto, refinado y mas moderado en su proceder, será junto con Aníbal el que filme al matrimonio en su sufrimiento (y lo veremos proyectado en el monitor del mencionado televisor).

Interesante comparar, luego de la lectura del texto original, los adelantos tecnológicos que los 35 años que tiene la obra estrenada por Pavlovksy haciendo el papel de Carlos en 1971, obligaron a hacer. En la obra original además de una filmadora, como vemos utilizar ahora a los actores, se utilizaban grabadores. Probablemente porque las viejas Super 8 no permitían captar sonidos. Y también el Sueco ordenaba registrar, usando un máquina de escribir, lo que decía el matrimonio, pero esto fue obviado en la obra actual, sino probablemente debería utilizarse una laptop para estar acordes.

El propósito del Sueco será realizar un experimento artístico: filmará y documentará todos los actos de este matrimonio, acusado de llevar adherida en la piel y en el alma la mencionada “mueca”, entendida como máscara, que oculta en este caso, la sensibilidad hipócrita de la alta burguesía. Llevando cada acto hasta sus últimas consecuencias, creerá encontrar en los extremos la verdadera condición humana. Su lema es destruir para construir.

El drama estallará cuando el Sueco decida que esta vez “no habrá guión” y comience la escalada violenta de vejaciones que hará ver el poder que las circunstancias dan a los opresores sobre los oprimidos y cuan similar es todo cuando accidentalmente se dan vuelta los roles.

Otra actualización acertada fue la de plasmar una nueva visión de esta clase alta sobre sus captores. Carlos, en la obra original, los tilda de “vagos” que nunca trabajarán tanto como siempre lo hizo él y les pregunta, al ver que quieren atentar contra su modelo de vida si son “comunistas”. Lamoglia hace preguntar al Carlos de hoy si son “terroristas” el equivalente al enemigo actual del modelo capitalista.

El clímax de la angustia que literalmente se sufre, como espectador de “La mueca“, llegará en una escena de casi tortura donde se amenaza con quemar a Carlos en los genitales, evitada a último momento por una desesperada confesión del mismo. Inclusive, he visto a un espectador, levantarse descompuesto de su asiento y salir de la sala en ese preciso momento.

Es notable el parejo buen desempeño de las actuaciones de los 6 protagonistas, no podríamos decir que uno se destaca en particular, sino todos por igual. Finalmente, el “sacrificio” vale la pena y el saldo de la experiencia es excelente.

Cabe rescatar una segunda lectura de la obra, de donde se desprende el rol del artista transgresor con “antenas para registrar” los nuevos y violentos tiempos modernos a diferencia de la “sensibilidad de platea cara” privativa de la alta burguesía o de la cerrazón intelectual de los que, como el Flaco, siguen leyendo sólo libros de pintura renacentista.

Publicado en Leedor el 25-03-2006