Marechal y Joyce

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De cómo Marechal trazó algunos paralelos entre el Ulises de Joyce y su Adán Buenosayres. Escribe Elena Bisso.Joyce, Marechal y el demonio de la letra

Por Elena Bisso

Julio Cortázar en 1949 escribía: ?La aparición de este libro me parece un acontecimiento extraordinario en las letras argentinas, y su diversa desmesura un signo merecedor de atención y expectativa?. Se refería a ?Adán Buenosayres? de Leopoldo Marechal que se editó en 1948 en Sudamericana.

En ?Las claves de Adán Buenosyares? de 1966, Leopoldo Marechal, conversa con Adolfo Prieto y destaca a tres críticos de su novela: a Prieto, a Julio Cortázar y a Graciela de Sola, por su actitud grave, atenta y desinteresada que asumen frente a un hecho literario. ?Las claves…? es un texto que también dice respecto de la relación de un autor con la crítica como género.

En este artículo propongo a discusión la lectura que hizo Marechal del Ulises de Joyce. Para quienes estudiamos la enseñanza de Jacques Lacan y practicamos el psicoanálisis, esta puede ser una lectura de interés, refiriendo precisamente a ?Le sinthome? el seminario nª 23, dictado en 1976 en París, diez años después de que Marechal en ?Las claves de Adán Buenosyares?, precisara lo siguiente:

?Me faltaría trazar ahora un paralelo de mi novela con el Ulises de Joyce, puesto que algunos críticos no dejan de insistir en este punto.

16. Usted, amigo, en su trabajo, disminuye la importancia de la similitud que pueda insistir entre ambas obras. Yo le demostraré que son rigurosamente ?opuestas?. Cierto, es que Joyce, en el Ulises, toma de Homero la ?técnica del viaje?; pero no toma, como yo, el ?simbolismo espiritual del viaje?, que al fin y al cabo es lo que más importa. De la Odisea el irlandés ha tomado solamente ?las asimilaciones literarias?; y en rigor de verdad no tenía porqué ir más hondo. Su héroe (Bloom), en un viaje de novecientas páginas, no va realizando ningún intento metafísico: viaja según el ?errar? y según el ?error? (dos palabras de significado casi equivalente), y se ?dispersa? en la multiplicidad de sus gestos y andanzas, yo diría que va dispersándose hasta la ?atomización?. De tal modo, en un viaje sin fin determinado (en un laberinto sin salida), la ?unidad humana? de Bloom se pulveriza casi, es devorada por la ?multiplicidad? de un acontecer desarrollado en un tiempo que Joyce parecería estirar (en cámara lenta, según lo había hecho Proust) a fin de contener o abarcar la minuciosa pulverización de su héroe. Dentro del simbolismo del viaje, Bloom es un turista ?divertido?, (divertére, apartar, desviar, alejar). Adán Buenosayres, en cambio, es un viajero que se desplaza con un objetivo determinado: el fin o la finalidad de su viaje.(…)En cuanto a las ?técnicas del novelar? yo diría que nuestro irlandés las empleó todas, en una mélange indescriptible: no hay recurso de narración o manera de ?pronunciar algo? que Joyce haya excluido de su novela, desde las elipsis telegráficas a los diálogos del sistema de Ollendorf, pasando, naturalmente, por todas las formas vanguardísticas de su época, que buscó él y asimiló y adaptó a sus fines. El Ulises en su armazón literaria, ¿no se parece mucho a un catálogo de formas expresivas? No es de asombrarse, pues, que todo narrador presente o futuro coincida en el empleo de una o varias formas de las que se catalogaron en el grande y curioso monumento de Joyce.

17. De lo dicho se infiere que, si hay alguna coincidencia entre mi obra y la del irlandés, el hecho se debe a que ambos hemos bebido en la misma fuente homérica. Pero con una diferenciación capitalísima: Joyce, como era de temer, se quedó en la pura ?literalidad? del texto, mientras que yo, acuciado por otras problemáticas, entendí la lección homérica en su ?sentido simbólico? más que en sus apariencias literarias. Hace ya muchos años, en ocasión de la muerte de Joyce y por encargo de Mallea que a la sazón dirigía el suplemento literario, escribí para ?La Nación? un artículo en el cual decía: ?Por otra parte, en la epopeya, como en toda forma clásica, los medios de expresión están subordinados al ?fin!, y la ?letra? no arrebata jamás su primer plano al ?espíritu?. Y concluía yo: ?El novelista Joyce, cuya inclinación a la letra ya he señalado, concluye por dar a los medios de expresión una preeminencia tal que la variación de estilos, la continua mudanza de recursos y el juego libre del vocablo concluyen por hacernos perder la visión de las escenas, de los personajes de la obra?. ?No se detuvo ahí ? añadía yo luego -, porque hay un ?demonio de la letra? , y es un demonio terrible: a juzgar por sus últimos trabajos, el demonio de la letra venció Joyce definitivamente?. Más tarde, y lejos ya de aquel artículo, entendí que ?el demonio de la letra? obra por una inclinación muy clara: diluir en la letra y borrar por fin las cosas del espíritu. Recuerde usted aquellos de las Escrituras: ?La letra mata, el espíritu vivifica?. Y entendí por último cuanto había de ?profanatorio? en la utilización meramente literal de los mitos y literaturas tradicionales. Con la consecuencia terrible de que, si la letra mata en sí al espíritu, la letra se suicida rigurosamente, y las obras que se reducen a una simple literalidad carecen de todo futuro posible” [1]

Es muy interesante leer cómo Marechal ubica en la escritura de Joyce la atomización, la errancia, la literalidad y al catálogo de fórmulas expresivas. Una escritura endemoniada que venció al escritor y en la que podemos encontrar una clave, como metáfora, de aquello que se formulara como anudamiento e invención. El sentido, entendido como la ruta de la significación, se quiebra en el Ulises y esto no ocurre en el Adán Buenosayres, según su propio autor, podría ser la gran diferencia entre las dos novelas.

Está abierta la propuesta para formar un taller de lectura sobre la obra de Leopoldo Marechal. Quienes estén interesados pueden contactarse con invitacionesaleer@yahoo.com.ar

Publicado en Leedor el 24-03-3006

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