Sarandon y Robbins

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Tras participar del Festival de cine marplatense, Susan Sarandon y Tim Robbins recorrieron Cristal Avellaneda, una de las fábricas recuperadas del conurbano bonaerense, allí se encontraron con la gente.Susan Sarandon y Tim Robbins en una fábrica recuperada

Llegaron, participaron del Festival de cine marplatense, y un día después recorrieron Cristal Avellaneda, una de las fábricas recuperadas del conurbano bonaerense. Los norteamericanos Susan Sarandon y Tim Robbins compartieron con lavaca ese itinerario. Su asombro ante el proceso de recuperación, los diálogos con los obreros, las preguntas y las conclusiones de una pareja que ha sabido cultivar el arte de rebelarse contra los conservadores como Bush, y también contra los progresistas como Clinton.

Susan Sarandon miró al obrero vestido de marrón, y le recitó lo que le había escrito en inglés como dedicatoria:

– Gracias por compartir con nosotros tu increíble historia. Desde ahora, cada vez que vea a Chaplin, voy a pensar en Donato.

Osvaldo Donato ladeó la cabeza, sonrió con timidez bajo su bigote triangular y arqueó velozmente las cejas. “Los muchachos dicen lo mismo, que me falta la galera, el bastón y los zapatones, y parezco Carlitos Chaplin”.

Sarandon autografió la foto tras esa dedicatoria, y Tim Robbins agregó en puro spanglish: “Donato, sos un inspiration”.
Entre otras curiosidades de la jornada ajenas al star system, en esa foto autografiada no estaban retratados Sarandon ni Robbins, sino el propio Donato, uno de los trabajadores que logró el milagro industrial de poner en marcha una fábrica muerta, vaciada y saqueada: la de la célebre vajilla Durax.
Tal vez alguien recuerde que décadas atrás esa marca se publicitaba con un eslogan propio de tantos otros productos industriales, culturales y políticos de la época: “Duran toda la vida”.

A la salida, durante un almuerzo en el restaurante El Obrero, de La Boca, mientras Tim Robbins pensaba paralelos entre lo que había visto y los Estados Unidos, su esposa dijo a lavaca, sobre la recorrida por la Cooperativa Cristal Avellaneda:

“Es muy tranquilizador conocer cómo puede actuar la fuerza del espíritu humano bajo la adversidad, en estos tiempos donde tantas otras personas se comportan como ovejas. Ver que la gente común puede producir cosas tan extraordinarias es una esperanza en el futuro para todos”.
Sarandon tomó luego de su cartera un pequeño cenicero de vidrio que le regalaron en la fábrica: “Tendría que enmarcarlo. Me lo llevo para mirarlo y recobrar fuerzas cada vez que ande mal, cada vez que esté en uno de esos días”.

Clases magistrales

Robbins y Sarandon resultan una pareja extraña para los cánones de la farándula internacional, justamente por su naturalidad. Van de la mano, se abrazan, conversan, miran a sus interlocutores, rien, comen, visten y se mueven sin extravagancias (las uñas de los anulares de Robbins, pintadas de negro, son la única curiosidad aparente, al menos para un cronista mesozoico). Desde hace largo tiempo figuran entre los artistas reconocidamente comprometidos con causas políticas que los han enfrentado a los gobiernos norteamericanos, demócratas incluidos. Ni hablar de esta época donde los republicanos lograron meter a su país nuevamente en guerra.
Forman pareja desde fines de los 80, son padres de dos adolescentes de 16 y 13 años, y crían juntos a la hija mayor de Susan, de 21 años. Llegaron a Buenos Aires invitados al festival de cine de Mar del Plata. Allí conversaron con el público, en presentaciones individuales, ofrecieron algunas notas y regresaron a Buenos Aires 48 horas después, para dedicar su último día a conocer aquello que querían ver desde que llegaron.
Para los no iniciados, se recuerda que Sarandon es la actriz de Thelma & Louise, Las brujas de Eastwick y Las reglas del juego, entre más de treinta películas. Tuvo cuatro nominaciones para los Oscar, y se lo quedó en la quinta, con Dead man walking (Cuando llegue el día) dirigida por el propio Robbins. “Me enamoré del libro y quise filmarlo. Durante siete años busqué el dinero y no lo conseguía. Hasta que un día hice una escena de berrinche (sacude las manos y la cabeza y patalea para graficarlo) e increíblemente eso funcionó: me dieron el dinero. Así son.”, cuenta en una mesa porteña para ilustrar el universo en el que se mueve. Su biografía postula que nació el 4 de octubre de 1946, dato que realza la belleza de una mujer sin necesidad de bisturíes, botox ni otras falsificaciones globales, por así decirlo.
La carrera de Robbins venía creciendo en los 80 con películas como Top Gun y Los búfalos de Durham (durante cuyo rodaje conoció a Sarandon), se consolidó con Las reglas del juego (de Robert Altmann) con la que ganó el premio al mejor actor en el Festival de Cannes, Francia, y luego saltó a la dirección, protagonizando El ciudadano Bob Roberts, tremenda sátira sobre el sistema electoral norteamericano, donde protagonizaba a un candidato de derecha. Trabajó con los hermanos Cohen (El gran salto) y volvió a dirigir a su mujer y Sean Penn, en la película que hizo posible el berrinche de su esposa. Su trabajo en Mystic River (Río Místico) de Clint Eastwood le permitió ganar el Oscar al mejor actor de reparto en el 2003. Director de teatro, ahora mismo tiene una puesta de “1984”, basada en la novela de George Orwel, con dos elencos rotativos, que por la mañana recibe a alumnos de colegios secundarios y por las noches llena la sala. Cuenta Robbins:
-La puesta tiene como centro una sala de interrogatorios y como eje dramático, la tortura.
-¿Guantánamo, quizás?
-Bueno: de eso se trata. El interrogatorio es la excusa narrativa para reconstruir la historia que cuenta “1984”, que por supuesto en los espectadores impacta mucho por su tremenda actualidad. Ahora estamos trabajando en el guión para la versión cinematográfica.

Robbins tiene 49 años, es tremendamente alto y blanco y le gusta recordar que su padre era cantante de folk, y su abuelo obrero gastronómico. Sindicalismo, política y arte tal vez armaron el ADN de una historia en la que Robbins no se ha conformado con ser una estrella -oficio aparentemente celestial, pero lejano y estático- sino que ha tratado de mantener los pies en la tierra.
¿Por qué las fábricas?
Robbins explicó a lavaca que su amistad con la pareja canadiense formada por Naomi Klein (autora de No Logo y Vallas y Ventanas) y Avi Lewis (el director de la película La Toma -The Take- sobre las fábricas recuperadas) fue lo que movilizó su interés por conocer estas experiencias argentinas.
“Nos conocimos en el Festival de Venecia, y seguimos en contacto. Yo ya estaba preparando la versión teatral de “1984” enfocándome sobre la tortura y ella estaba escribiendo sobre las torturas cometidas por las tropas norteamericanas contra los presos en Irak. Cuando surgió nuestro viaje a la Argentina, quisimos aprovechar para conocer algo de lo que habíamos visto en La Toma”.
También participó de la recorrida otro amigo cosechado por la pareja canadiense a partir de La toma, Brendan Martin, de La Base, un fondo de financiación que reúne recursos internacionales para cooperar con emprendimientos como los de las fábricas recuperadas.

El viaje

Ir en una camioneta desde el Hotel Four Seasons de la Recoleta (el ex Hyatt construido a comienzos de los ’90 por el sospechoso magnate Gaith Pharaon) hasta Avellaneda, es siempre un trayecto ilustrativo.
Por la 9 de Julio hacia el sur, nadie menta al obvio Obelisco, pero cuando oye hablar del barrio de San Telmo, Sarandon pregunta si así como hay fábricas ocupadas, hay casas ocupadas. San Telmo es justamente el barrio más densamente habitado por lo que se ha dado en llamar “okupas”.
“¿Pueden echarlos?” consulta la actriz. La respuesta no la tranquiliza.

El vehículo se detiene junto a un semáforo. Un hombre con el pie derecho de madera está sentado, como agotado, sin fuerza para levantarse a pedir limosna. Empieza una llovizna y el hombre niega con la cabeza, como maldiciendo tanta mala suerte. Sarandon le toma una foto sin bajar la ventanilla. En otro semáforo hay una nena de unos 10 años haciendo malabarismo ante los automóviles con unas pelotitas descoloridas. Más allá, Avellaneda parece por momentos un museo de la industria mutilada, o territorio arrasado por alguna guerra económica, con galpones vacíos, ventanas rotas, calles desiertas: pueblos fantasmas.

Cerca de una avenida, una banda de chiquitos descalzos corre asomándose de un pasillo indescifrable, varios hombres jóvenes conversan cual malabarismo para matar el tiempo, y una adolescente amamanta a su bebé sin saber que la están retratando.
La camioneta llegó a Cristal Avellaneda, la cooperativa de casi cien personas que resucitó a esa fábrica. Hace cinco años un grupo decidió plantarse en la puerta con una carpa para resistir el abismo del desempleo. Sarandon dice que quiere conocer cómo fue esa chispa.

El fuego y las palabras

Apenas bajaron de la camioneta Robbins y Sarandon comenzaron a tomar fotografías. La planta tiene cuatro hectáreas, y 60.000 metros cuadrados cubiertos. Un gran friso en el frente muestra el relieve de obreros trabajando. Los trabajadores reconocieron a Sarandon y le miraban a Robbins los jeans rotos y las botas gastadas.
Osvaldo Donato y Tránsito Ricardo fueron los obreros que guiaron la visita. La fábrica tiene zonas oscuras y silenciosas, una escenografía de máquinas latentes y laberintos de hierro oxidado, al estilo del final de la primera versión de Terminator. Pero el resto funciona. Y cómo.
Los norteamericanos entraron a ese especie de infierno de hornos y cadenas sin fin llameantes. Un artefacto escupe una especie de lava, una prensa la aplasta sobre la matriz con la forma de los platos, vasos, o lo que corresponda, todo eso se va cocinando sobre cintas que se mueven sobre infinitas hornallas, la música de fondo es una especie de percusión de ritmo ferroviario y metálico que jamás se detiene. Todos los días, todo el día, salvo en Navidad y Año Nuevo.
Robbins fotografiaba cada bola de lava, cada plato hirviente.
Donato explicó: “Esto estaba totalmente destruido. Y nosotros también. La fábrica estaba cerrada. Nos habían echado a todos. Los vecinos nos avisaron que se estaban robando cosas y ahí decidimos reunirnos en la puerta”.
Sarandon quiso saber: ¿A quién se le ocurrió, quién fue el primero en llamar? Tránsito Ricardo no puede dar un nombre individual: “Fue entre todos. Los vecinos nos avisaron, unos le avisamos a otros, se armó la cadena, y el 25 de mayo del 2001 nos reunimos. Al día siguiente armamos la carpa en la puerta”.
¿Qué era lo que se robaban de la fábrica? “Todo. Las matrices para hacer la vajilla, principalmente. Piensen que había 1.500 modelos de platos, y hoy quedaron dos. Por eso tenemos que ramificarnos”.
¿Y quién era el que robaba? “Nosotros llegamos a averiguar con bastante certeza que era la gente del sindicato”. El asombro de Robbins y Sarandon no dejaba de llamear.
Tránsito siguió contando: “Yo estuve la primera noche en la carpa, pero después me tuve que ir porque tenía que mantener a mi familia de algún modo. La lucha la hicieron ellos (señalando a Donato), que después me llamaron. Yo ya me había jubilado. Pero vine igual, porque esto fue siempre lo mío. En la cooperativa hasta estuvo mi hijo, que ahora se fue porque se recibió de médico”.
Sarandon: “Se deben sentir orgullosos de haber llegado hasta aquí. ¿Sabían que había otras cooperativas?”.
Donato: “Algo se escuchaba, pero no demasiado. Además, las otras tomaban la fábrica, pero tenían las máquinas adentro. Acá no había quedado casi nada”.
Robbins: “Y entonces ¿cómo hicieron?”
Donato: “Vendimos cartones que encontramos aquí, y chatarra. Después empezamos a buscar debajo de las máquinas, y rescatábamos platos, vasos y se los dábamos a las mujeres. Los lavaban, armaban packs de seis, y yo los llevaba en bicicleta a verdulerías, carnicerías, panaderías. Hacía el trueque, que estaba de moda. Con eso volvía con algo de comida. Estábamos como en la edad de las cavernas. ¿Saben por qué? (Se toca el estómago) Por el hambre, y el frío”.
Tránsito: “Una cosa es contarlo y otra es vivirlo. Se te pone la piel de gallina y ves que hay que tener esto” (arquea sus manos a la altura de sus pantalones, señalando eso que hay que tener; Robbins y Sarandon entienden perfectamente el gesto y se ríen).
No faltó la mirada crítica sobre la realidad de la empresa. Donato: “A veces pienso que es más fácil levantar una empresa en ruinas que concientizar a la gente. Hay gente que no entiende que aquí estamos todos juntos. Se manejan como si tuvieran un patrón nuevo. Yo les digo: no, esto es tuyo. Y algunos me dicen: yo trabajo las ocho horas y me voy a mi casa. Entonces, esto es un proceso. Hay gente que pone el corazón, pero otra no pone nada”.
Robbins cambió de tema: “¿Tienen algún sector de ventas, comercialización?”
Donato: “Sí, hay un jefe de ventas tanto local como para exportar. Pero te decía que tenemos que ramificarnos porque en la competencia hay monstruos muy grandes. Monopolios ¿se entiende? Cuando nosotros empezamos se reían porque el trabajo lo hacíamos soplando y a mano, como hace cien años. Pero cuando nos automatizamos se empezaron a preocupar”.
Tránsito: “Antes hacíamos 2.000 platos y ahora que tenemos el horno de 40 toneladas hacemos 50.000”.
¿El horno ya estaba?
Donato: “No, no había nada, fue una construcción nuestra que nos permitió ir pegando saltos de producción. Primero teníamos hornos más chicos, hasta que llegamos a este”.
Sarandon: “Pero hoy siguen haciendo el trabajo manual, soplando, ¿por qué?”
Donato: “Porque hay clientes que prefieren ese tipo de trabajo más artesanal. Se pone en un molde para un florero, por ejemplo, va girando, se sopla, y queda hecho”.
Sigue la recorrida. Susan toma un vaso y lo mira a trasluz. Le avisan que son los que van descartando, porque vienen con alguna falla. Dice, sin quitarle los ojos al vaso azul: “Ahora que estoy más vieja, me gusta que las cosas tengan algún defecto”.
Donato cuenta algo de película de suspenso: “En un momento descubrimos que la competencia nos había metido gente infiltrada entre los aspirantes a entrar a la cooperativa. Como no teníamos productos químicos, el color de la vajilla lo conseguíamos a ojo. Pero de golpe lo que queríamos hacer azul, salía verde. Revisamos la máquina y vimos que le tiraban cosas, tornillos, tuercas, cualquier porquería. Nos querían hundir. Tuvimos que ir depurando a esa gente”.
Los visitantes se tomaron toda clase de fotos con los obreros, hubo besos y abrazos. Era la despedida. Sarandon se quedó con un dilema: “Necesitaría encargar de esta vajilla tan resistente. En mi casa soy de tirar muchos platos”. El señor Robbins no emitió declaraciones al respecto.
El protagonismo de la propia vida
En el restaurante de La Boca firmaron autógrafos, sonrieron, pidieron tortillas de papa, pastas, compartieron puchero. Llegó el café, y el tiempo de una charla informal.
Robbins: “Esto de la fábricas… tenemos tantas fábricas cerradas en los Estados Unidos, tantos trabajadores capacitados pero desempleados, que estas historias que escuchamos hoy me inspiran muchísimo. En los años 30, hubo huelgas de obreros que tomaron la General Motors. Hubo luchas, pero por supuesto los aplastaron. Esto es una solución distinta, que nadie imaginaba”.
A Susan le importaba cómo había sido el comienzo, la “chispa” con la que comenzó todo: “Es que en esa cuestión está la información de cómo nacen las chispas que después pueden llegar al resto del mundo. Es muy tranquilizador conocer cómo puede actuar la fuerza del espíritu humano bajo la adversidad, en estos tiempos donde tantas otras personas se comportan como ovejas. Ver que la gente común puede producir cosas tan extraordinarias es una esperanza en el futuro para todos”.
Y agregó: “En esos detalles, cuando nos contaron cómo hicieron las cosas, se comprende todo, permite que la imaginación genere una visión de cómo alguien puede ser protagonista de su propia vida”.
Sarandon esgrimió el cenicero de vidrio y esbozó una teoría entre histórica y literaria: “Uno se pregunta por qué la gente no se enoja, por qué no reclama más, por qué no defiende a sus vecinos, por qué no quiere la verdad. Aquí uno ve un modelo de algo totalmente diferente”.
Tim Robbins planteó otra cuestión: “Lo bueno de lo que vimos es que es muy de sentido común. La fábrica está cerrada, te quitaron el empleo, y puedes intentar recuperarlo sin quejarte, sin lamentarte, sin pedir nada. Uno va y recupera el trabajo. Muy simple, nada comunista. Mi trabajo está al otro lado de la pared. Tengo que treparla para llegar al trabajo. En vez de entrar por la puerta lo haré por otro lado, o romperé la puerta. No se trata de “obreros del mundo uníos”, no es la corrupción de lo que era el socialismo o el comunismo. Es una idea muy simple de cómo llevar adelante una empresa”.
El planteo se aleja de los patrones ideológicos: “No me gustan los extremos de la derecha y la izquierda. La corrupción de izquierda realmente me molesta. Recuerdo lo de la plaza Tiananmen. Había una reunión de políticos de izquierda que decían que no había matanzas, que todo era propaganda occidental, y hacían apología del gobierno chino. Yo no podía creerlo. Pensé: mierda, qué ciega que está la izquierda. Me pareció horrible porque la izquierda debería apoyar a los que están resistiendo. Pero ocurre en los dos lados, derecha e izquierda: en cuanto hay una estructura de poder, empiezan a querer controlarte”.
Frente a eso, se necesitan nuevas ideas: “Nuevas ideas y sencillez del corazón. El trabajador de la fábrica poniendo en marcha la empresa, y también una identidad colectiva. Es fantástico”.
Robbins comparaba la situación con la de Estados Unidos. ¿Tiene sentido pensar que algo así sería aplicable como forma de recuperar trabajo? Se ríe: “Sería altamente ilegal. Por eso vale la pena intentarlo”. Cree que el mejor modo de difundir esta cuestión sería con una sit-com, esas comedias semanales de media hora. “Mucha gente pensaría en hacer cosas serias y dramáticas, pero creo mucho en la fuerza del humor. Una fábrica, las familias de los trabajadores, todos tratando de salir adelante, juntos, en una época como esta. Esa sí que sería una gran historia”.
No es probable que semejante idea logre que don Osvaldo Donato deje los cristales para transformarse en un Chaplin actualizado y poco melodramático, tomando fábricas con sus compañeros: no todo es soplar y hacer floreros.
Disfraces progresistas
La conversación siguió tan informal como antes, hacia la situación desfasada de la pareja Robbins-Sarandon en su propio país, al integrar el selecto grupo que siempre se opuso a la invasión a Irak propiciada por el actual presidente padecido por los Estados Unidos, George W. Bush. La actitud les valió el calificativo de antipatriotas, entre otros.
Robbins: “Pero los problemas ocurren siempre. También en época de Clinton. Nosotros hablamos durante una entrega de los Oscar (1993) sobre la situación de los refugiados haitianos. Eran personas que huían en balsas de la dictadura de Haití, y los norteamericanos los depositaban en Guantánamo, donde eran torturados y padecían toda clase de violaciones a sus derechos. Clinton había prometido solucionar eso. No lo hizo. Durante el Oscar denunciamos el tema, y todo el progresismo nos dijo: no se supone que haya que hacer cosas así, hablar de esos temas. Clinton es bueno. Todos estaban tan felices con Clinton, que no permitían crítica alguna. Mi idea, en cambio, era avergonzar a la administración por no solucionar el tema. Pero la gente de la política, de la política progresista también, no quiere que interfieras. Ni siquiera para decir las cosas que ellos decían antes. Nos dijeron locos, desubicados. Pero a la semana liberaron a los haitianos de Guantánamo”.
El fondo del reclamo de Robbins iba más allá de los presos, y cualquier comparación con otras latitudes queda a cargo de las y los lectores: “Aunque decía otra cosa, Clinton profundizó el modelo económico apoyando el aumento de las ganancias de las corporaciones, provocando un éxodo de industrias de los Estados Unidos que iban a buscar mano de obra barata y mayor libertad para contaminar el ambiente en otros lugares del mundo. Fue como retroceder cien años. la industria siderúrgica contaminando todo, jornadas de 12 horas para gente que ganaba miseria. Antes la gente podía mantener a sus familias, podía existir una fuerte clase media. Clinton rompió eso y allí estuvo su mayor traición para mí. Bajo el disfraz de progresista, quedaron pueblos destruidos. Fue igual de malo que los republicanos. Mejor hombre que Bush, mejores ideas, más encantador, pero el mismo negocio, el mismo modelo económico”.
Frente a eso, dice Robbins, “la propuesta es que nos politicemos cada cuatro años. Sólo cada cuatro años. Republicanos contra demócratas. Para mí eso no tiene sentido. Lo pienso una y otra vez, y llego a lo mismo: el poder está siempre del mismo lado”.

Nota gentileza de LaVaca.org 14-3-06

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