Capote

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Una película salida de la cantera hollywoodense que desplaza convenciones y se ocupa de una las figuras más trascendentes del siglo XX.Por Sebastián Russo

?A sangre fría? no sólo fue la novela que acabó por consagrar definitivamente a Truman Capote, e inauguró un género literario -la denominada por el mismo Capote ?novela de no ficción?-, sino que además sirvió de puntal para un estilo periodístico, que bajo el rótulo de Nuevo periodismo, tuvo a Tom Wolfe como uno de sus más relevantes propulsores, además de a Norman Mailer y al mismo Rodolfo Walsh como seguidores, y que consistía -según palabras del propio Capote- en escribir ?un libro que se leyera exactamente igual que una novela, sólo que cada palabra de él fuese rigurosamente cierta?

Todos estos honores no podían pasar desapercibido para la maquinaria hollywoodense. De hecho ya en 1967 Richard Brooks adaptó cinematográficamente la novela, realizando la película In cold blood. Pero la figura de Truman Capote, su personalidad, sus relaciones con el mundillo intelectual, y del espectáculo en general, quedaban fuera de esta obra. Así, Bennett Miller (con sólo un documental en su haber) aborda por partida doble, tanto la afamada novela ?A sangre fría? -adentrándose en los pormenores de su engendramiento-, como la ampulosa y extravagante personalidad de Capote.

Capote -el film- narra los seis años que separan el interés periodístico por el brutal asesinato de una familia en Kansas -que lleva a Truman Capote a pedir a la revista The New Yorker que lo envíe para cubrir el homicidio-, de la publicación del fundante libro que relata los hechos en la novedosa clave -de periodismo novelado- mencionada. En 1959, junto a una amiga también periodista y escritora, parte Capote rumbo a Holcomb (Kansas) Y haciendo gala de una intrepidez y morbosidad asombrosas, se escabulle por donde cree debe hacerlo para conseguir relatos de primera mano, y ver con sus propios ojos lo que también cree necesario de ver (cadáveres destrozados, por ejemplo) Así, comienza a ligarse afectiva, fervorosamente con los detalles del caso, y más precisa e íntimamente con uno de los asesinos, en el cuál encuentra muchos rasgos en común con su vida, y su infancia desdichada. Esta relación continúa con los años, volviéndose casi simbiótica, al punto de realizar frecuentes encuentros en la misma cárcel en la que Perry Smith espera que se haga efectiva la pena de muerte a la que fue condenado, efectivización que se retarda varios años justamente por el accionar de Capote, y sus abogados.

Pero la película se centra en la figura de Capote. En su compleja personalidad. En la ambigüedad que teñía todo su ser. Así, de la sinérgica relación que entabla con Perry, pasa abruptamente al más cruel de los pragmatismos, develando un supuesto crudo interés periodístico por dicha relación. Ambigüedad que no deja de mostrarse trágica, insalvable, sufrida. Es justamente uno de los mayores logros del film de Miller encontrar el tono adecuado para dar cuenta de una personalidad tal, que puede ser a la vez sórdida y de una sensibilidad extrema; de una insoportable pedantería y de una destructiva fragilidad emocional; de un alardeado egocentrismo, y una conmovedora preocupación por el otro. Truman Capote fue un hombre de excesos, y no sólo en cuanto a su excelsa genialidad y capacidad literaria, ni a su consumir todo lo que se le cruzaba en frente a sus narices, sino también respecto a una personalidad salvajemente polar. Y es este difícil (y logrado) dar cuenta del particular y frágil equilibrio-desequilibrante en el que parece haber vivido Capote, el que hace de la película de Miller, un biopic cuanto menos consistente, coherente, creíble, a la vez que intenso, emotivo, atractivo.

Y no fue este el único acierto de Miller. Entrometerse con un personaje semejante requiere de una precisa decisión sobre el actor que lo encarne. Y ésta cayó -afortunadamente- sobre Philip Seymour Hoffman (ganador ya del Globo de Oro por su actuación en Capote) Un actor que fue construyendo una carrera magnífica, casi exclusivamente de papeles secundarios (trabajó en Happiness de Todd Solondz, La hora 25 de Spike Lee, Embriagados de amor de Paul Thomas Anderson, El Gran Lebowski de Hmnos Coen, entre muchas otras), realiza un protagónico deslumbrante. Obviamente las características propias de un personaje como Capote, permiten un llamativo floreo de gestos. Pero es en la capacidad de desarrollar una caracterización coherente y sostenida, y en la sutil precisión de no derivar en una caricatura -cosas no sencillas imaginando la personalidad enfática y grandilocuente del mismo Capote-, donde la actuación de Seymour Hoffman resplandece. Incluso sobrepasando el primer desconcierto que produce el tono de voz aniñado, y el desenvolvimiento corporal sumamente amanerado, que descolocan por su rimbombancia, pero que con el paso de los minutos se naturalizan en todo su histrionismo.

Nominada a cinco Oscars (por película, dirección, actuación principal, actuación secundaria y guión), Capote es, además de un interesante (e instructivo) acercamiento a una de las figuras más relevantes de la segunda mitad del siglo veinte, una película que salida de la cantera hollywoodense, desplaza convenciones para construir una obra que afecta, conmueve, provoca, más allá de su obligado rol de entretener.

Publicado en Leedor el 1-03-2006