El descenso

0
7

El descenso desarrolla un concepto seductoramente perturbadorPánico y locura en la cueva

Por Julián Rimondino

Existen muchas películas de terror cuyo objetivo no es otro que mostrar mucha, pero mucha sangre. Tanto, que ya es un todo un subgénero: el gore. A veces, puede ser más que cabezas cercenadas, cuerpos sangrientos y horrorosos asesinatos y mutilaciones. Cuando es un recurso para el film, y no su razón de ser. El descenso es uno de esos casos.

Porque el segundo film de Neil Marshall (joven realizador inglés, especialista en cine de terror) es terriblemente entretenido, un relato bien contado y actuado, bien filmado y montado, y, sí, bastante sangriento.

Sarah, su hija y su esposo tienen un accidente en la ruta. Sólo ella sobrevive. Un año pasa, y cinco de sus amigas se reúnen con ella en el medio de las montañas Apalaches, en los Estados Unidos, todas fanáticas de los deportes de riesgo, dispuestas a explorar una cueva subterránea para distraerla un poco. La aventurera Juno (Natalie Mendoza), por otro lado, tiene otros planes: explorar una cueva nueva. Y las lleva allí a todas, engañadas. Cuando un túnel se derrumba y ellas quedan atrapadas tres kilómetros bajo tierra, no les queda otra opción que seguir adelante, y esperar que haya otra salida a la superficie. Pero en esa cueva hay algo más, algo monstruoso y que piensa atacarlas.

Tal es la simple pero efectiva historia, según el guión del propio Marshall, que si bien sufre de algunas explicaciones innecesarias, tiene el gran acierto de presentar a un grupo de amas de casa aparentemente poco dóciles, que bajo tierra se vuelven máquinas asesinas. Esto es lo que más ha explotado Marshall: la capacidad que todos tenemos de volvernos asesinos salvajes. Un concepto perturbador y seductoramente desarrollado en El descenso.

El papel de la protagonista Sarah lo lleva Shauna MacDonald, y si en un principio la suya para ser una interpretación rutinaria, el cambio que su personaje sufre en esa cueva demuestra más adelante en el metraje a una actriz llena de ferocidad y con una capacidad enorme para transitar entre la inocencia y la locura. Su interpretación inicial se revela entonces sutil y perfectamente utilizada por Marshall para aumentar el efecto de shock de los giros de su trama.

Los angostos túneles que las mujeres atraviesan son terriblemente claustrofóbicos, y Marshall se asegura de que el espectador sienta esa falta de aire, de espacio, esa oscuridad absoluta. Pocas luces, mucha roca, y algo o alguien asesino dando vueltas. La posibilidad de volverse loco en cualquier momento bajo la presión. Y la búsqueda de esa salida que nunca parece demasiado factible. Todos estos son los elementos de una película para nada grandilocuente, perfectamente ejecutada y verdaderamente aterradora.

Publicado en Leedor el 24-02-2006