Investigación y Cine

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Entre académicos y entusiastas, Abel Posadas describe el estado de la investigación de cine en la Argentina.LA INVESTIGACIÓN Y EL CINE

Abel Posadas

Tal vez sean pocos los que lo recuerden, pero Penelope Houston en “THE CONTEMPORARY CINEMA”, 1963, advertía ya sobre la futura existencia de los multicines y de las pequeñas salas de arte y ensayo. Recordamos, no sin vergüenza, que nos burlamos de su afirmación. En 1963, nada hacía suponer tal cosa. El tiempo ha concluido por darle la razón. Lo que no decía Houston es quiénes serían los dueños de esas salas gigantescas y qué películas se proyectarían en esos lugares.

Para fines del siglo XX el video daba paso al DVD y al láser, el cable proyectaba películas de manera ininterrumpida, se estudiaba cómo dirigir cine en multitud de instituciones y también de qué manera investigar, en las universidades, la imagen en movimiento. De manera aguda y un poco harto David Bordwell aclaraba en 1989 -“MAKING MEANING, INFERENCE AND RHETORIC IN THE INTERPRETATION OF CINEMA”-, por qué la mayoría de los profesores de letras habíamos cambiado la literatura por el cine.

¿A qué vienen estas perogrulladas? Sencillamente, a que en un momento de crisis grave en cuanto a exhibición en salas, la investigación en materia de cine se ha incrementado de manera notable. Así lo demuestra el hecho de que todo aquel que puede inicia una maestría un doctorado en el área. Esto se hace porque es imprescindible ser reconocido por las instituciones, se aspira a una carrera en las universidades, se quieren prebendas o bien subsidios de las trenzas correspondientes.

No vamos a caer en la generalización peligrosa. Simplemente citaremos algunos casos: cierta aspirante a doctora en cine nos dice que ha trabajado X película. ¿Dónde la consiguió? En ninguna parte: se la contaron. Es decir, sigue una corriente de trasmisión oral del cine, algo hasta el momento nunca visto. Otro publica un libro sobre el director Z y confiesa no haber visto varias de las películas de dicho realizador. Nos llaman para ser jurados de una tesis de maestría plagada de errores y cuando insistimos en los mismos la alumna muy suelta de cuerpo responde:

– Hace tanto tiempo que vi las películas que no me acuerdo…

Una doctora en cine escribe de manera oronda en gordo volumen: ?MARTÍN FIERRO:: personaje protagónico, el gaucho Martín Fierro. JUAN MOREIRA: personaje protagónico, el gaucho JUAN MOREIRA?, etc. Otro elige una universidad inglesa ?riguroso pago mediante- y se doctora gracias a una tesis sobre cine argentino y fútbol, un trabajo que no hemos tenido el gusto de ver publicado. Aspiramos a reunir los dólares necesarios como para organizar una sesuda tesis acerca del asado con cuero en el cine nacional. En la Universidad de Texas nos admiten.

Nos gustaría que fueran solamente anécdotas carentes de valor. Ocurre que, cuando se las encadena, conforman una mentalidad que ilumina una metodología de trabajo, para darle algún nombre al mediocre sistema. Parecería que esta gente usa el cine como excusa para los cinco minutos de fama, las becas para el extranjero, las invitaciones a los programas culturales de TV por cable o para ejercer poderío desde una miserable cátedra universitaria.. Lo cierto es que no se entiende qué persiguen, porque Argentina no tiene demasiada tela y hay una larga cola que espera el puestito anhelado o el subsidio o la prebenda que nos salve.

Por el lado académico no hay mucho que buscar ?carecen de estilo y es casi imposible leerlos sin que nos invada el bostezo-. Además, los trabajos que presentan son el CORTE Y PEGUE TEÓRICOS, cuanto más novedosos mejor. Sin duda, habrá excepciones porque, como afirmamos, toda generalización es peligrosa. Pero no es menos cierto que la formación es deficiente, algo que como egresados de Letras de la UBA hemos sufrido en carne propia: los textos no importan tanto como lo que pomposos asnos dicen sobre los mismos. No se nos pide originalidad: se nos exige la repetición machacona.

Luego vienen los entusiastas, quienes odian a los académicos ?y estos, a su vez, desprecian a los que trabajan sin un marco teórico adecuado-. Los denominados entusiastas tienen un punto a su favor: les gusta el cine, todo el cine, sin distinción de géneros o nacionalidades. Suelen ser tan pegajosos como los gardelianos cuando se deslumbran con un director pero hay en ellos, por lo menos, pasión. Hasta parecieran estar vivos. Y según palabras textuales ?les podemos meter el dedo ahí a los académicos?. En fin, una costumbre como cualquier otra, aunque no muy higiénica.

El problema con los entusiastas es su delirio. Del mismo modo que en CAHIERS DU CINEMA hay artículos donde se glorifica a Charlton Heston, los amantes del cine pueden emitir opiniones altamente arbitrarias sin temor al riesgo. Es así como pueden escucharse preguntas sin respuesta como ?Pero ¿quién es Bergman? ¿Alguna vez hizo algo??, o bien, ?¿Quién puede ver ya a Kurosawa??. Todo esto mientras se alaba a Oliver Stone, a LOS PADRINOS varios o a lo que esté de moda. Porque se convierten en capillistas. Ayer eran Fassbinder o Brian de Palma, hoy pueden ser Amenábar o Kitano. Y no se admite discusión alguna: si ahora SOBERBIA es mejor que EL CIUDADANO nada puede decirse. Vale, eso sí, aclarar que no son pocos los escritos de los entusiastas que se dejan leer bien.

PASIÓN IMPOSIBLE

Académicos y entusiastas tienen algo en común: conocen poco cine argentino anterior a los años 80 del siglo XX y no saben nada de cine latinoamericano, excepto los lugares comunes. De esto último no se los puede culpar: la distribución y exhibición en Buenos Aires ha logrado que desde los años 50 del siglo que se fue las manufacturas latinoamericanas ?chilenas, venezolanas, brasileñas, mexicanas- fueran a parar a los salones populares del interior del país. Recién cuando se inició el sistema de coproducción pudieron comenzar a ver un poco Walter Salles, algo de Ripstein, pongamos por caso.

Esto abre un interrogante: ¿nunca se han molestado en ir a los ciclos organizados por los diversos países? Porque en la Lugones ha desfilado, por lo menos desde fines de los años 60, una buena cantidad de material dedicado a América Latina. Estos ciclos han sido, la mayoría de las veces, sistemáticamente ignorados por las revistas. Los diarios, se sabe, tienen la obligación de desinformar. No obstante, nos negamos a creer que ésa sea la misión de las abundantes revistas de cine que supieron existir en papel durante los años 90. Uno de los mayores problemas de Buenos Aires es suponer una uniformidad que no es tal. Así como para Manuel Romero un potrero cercano a LUMITON era el interior del país, del mismo modo para los nacidos y criados en Buenos Aires no hay sino posibilidad de estudiar textos fílmicos sueltos. Esto, se sabe, no conduce a nada bueno.

Porque es necesario integrar ese material en un marco histórico que se desconoce. Y aquí va una afirmación que puede despertar asombro: cuando Cuba se decide a realizar coproducciones con España retoma, más de una vez, elementos del cine precastrista y nos los ofrece aggiornados. El ciclo de la revolución mexicana se congela definitivamente en LA GENERALA (Juan Ibáñez-1970), pero todos los grandes nombres del cine de ese país, incluyendo a la señora Lamarque, habían integrado las tropas de Pancho Villa. La truculencia de Arturo Ripstein, para seguir con México, no es tal: posee una larga tradición en la literatura y en las artes plásticas mexicanas. La chanchada brasileña ?el género de canciones y bromas un tanto subidas- responde a la necesidad de entretenimiento de un país que ha sido siempre bastante suelto en materia sexual. Los melodramas chilenos del mar fueron reelaborados para LA FRONTERA (Ricardo Larrain-1991). Y así sucesivamente.

Académicos y entusiastas no parecen tener ningún interés en todo esto. Pero si no lo tienen no saben que están hablando desde Argentina, integrada de manera inexorable al terreno latinoamericano. Poco les importa que un país como Colombia, el primero en poseer guerrillas, haya tenido un hiato de diez años en materia cinematográfica. No pueden integrar el cine, como producto cultural, a una estructura macro. Y algo de eso ocurre también en su propio país, Argentina.

No pocos académicos se colgaron del éxito de PIZZA, BIRRA, FASO (Adrián Caetano-Bruno Stagnaro-1998) para preparar trabajos monográficos sobre la marginación en el NUEVO CINE ARGENTINO. Las instituciones están siempre en busca de lo novedoso, aunque no se establezca conexión alguna con una tradición cultural sino que se lo adhiera a lo inmediato, esto es, a la prodigiosa década menemista. Pero académicos y entusiastas se hermanan a la hora de aplaudir al NUEVO CINE ARGENTINO. Hay, es cierto, diversidad de criterios. Algunos lo hacen por conveniencia y otros porque los realizadores son jóvenes surgidos de escuelas de cine. El caso Raúl Perrone ?el primero que entendió de qué la iba Raymond Carver- sigue siendo observado con curiosidad, naturalmente. Ya que hablamos de Perrone y de Carver, digamos que sigue provocándonos un ligero terror el desconocimiento que nuestros investigadores tienen en materia literaria, para no hablar de alguna posición filosófica que los vincule con la estética.

Académicos y entusiastas insisten en que los nuevos realizadores son huérfanos, pero esta palabra también es utilizada para TODOS LOS NUEVOS CINES de América Latina. Harían bien en revisar un poco por qué ese epíteto le cabe a Chile, Venezuela, México y Colombia, por ejemplo. Nos estamos refiriendo a quienes investigan cine o quieren hacerlo. Tampoco se ha respondido aún a cierta pregunta que merece ser contestada: ¿por qué, salvo excepciones, esos NUEVOS CINES premiados en festivales, tienen escaso eco entre el público masivo? Porque los dos o tres mil estudiantes de cine del país y algunos amigos no logran constituir un público consecuente. Y si hablamos de dinero, en Argentina al cine lo pagamos todos porque los fondos del Instituto son del Estado. Es un lujo en un país pauperizado que estrena setenta películas por año, la mayoría de las cuales cumplen con la semana obligatoria en los cines arrendados por el Instituto de referencia.

COMO UN AVIÓN ESTRELLADO

Al investigador independiente, e independiente en serio porque nada tiene que ver con trenzas ni con amigos en los diarios ni con políticos ni con el Instituto ni con el BID, el camino se le hace difícil. Podría optar, por ejemplo, por ver todos los estrenos del 2006 y trazar un panorama del llamado NUEVO CINE ARGENTINO. Digamos aquí que los documentales que hemos visto en los tres últimos años superan con creces al cine de ficción.

Ahora bien: ¿es posible trabajar sobre setenta películas? Viene aquí la palabra que se nos dice habitualmente: RECORTE. Se haría imprescindible porque, en primer término, ¿cómo se trabaja sobre un material que no nos interesa, tal como ocurre con sesenta de las setenta películas que se estrenan? Terminaríamos odiándonos por nuestra falsedad. Que es, desdichadamente, lo que NO ocurre con los académicos, quienes no entienden nada pero igualmente preparan sus PAPERS con mucho cuidado y suma diligencia.

Del mismo modo, ese hipotético investigador independiente debería estar al tanto de lo que ocurre en el resto de América Latina, tarea harto difícil. De lo contrario, se caería en el error de creer que los únicos HUERFANITOS son los flamantes cineastas argentinos. Son HUERFANITOS pero exigen que sus películas sean enviadas a festivales, claro. En alguna revista on line latinoamericana hemos pescado que a varias películas argentinas le han cambiado los títulos y las ridiculizan. Así no vale la pena, carece de interés cualquier investigación. No se puede trabajar con material que no nos atrae, a no ser que nos importe que alguna editorial marketinera venda el libro y nos pague el 10 por ciento del precio de tapa.

La situación de los investigadores independientes no es cómoda, en especial porque no eructan pizza en los lugares donde es conveniente deglutirla. Por otra parte, y al menos entre los académicos, odios y envidias miserables logran que no se presten nada ni se pasen ningún dato. Existe miedo a que les roben sus genialidades. Los entusiastas, en cambio, se mantienen en un limbo desde el que les posible prometer pero rara vez cumplir con algún favor. Se ha dado el caso, según nos consta, de tres ya nada jóvenes investigadores que en 1984 mantuvieron almuerzos durante un año con el mandamás de cierta editorial que ya no existe. ¿El objetivo? Que les publicaran un libro. Libro que, por otra parte, era y es valioso.

La enorme ventaja de quienes permanecieron fieles a la literatura reside en lo siguiente: saben que aquello que hacen es para un público muy reducido pero constante. Los que se dedicaron a la imagen en movimiento parecieran tener la esperanza de aterrizar en algún almuerzo de Mirtha Legrand o, por lo menos, de ser entrevistados en Canal à o de mantener una inteligente charla con el señor Osvaldo Quiroga. Si su sueño es aproximarse a un programoide televisivo, van por mejor senda dedicándose al cine que a la literatura. Porque los espacios hay que llenarlos. Pero ¿para qué se sigue investigando? Es una tarea ingrata que lleva mucho tiempo ?a veces cinco o seis años para un libro- y en la que es necesario demostrar QUE SE TIENE ALGO QUE DECIR, ALGO NUEVO, NO DICHO HASTA EL MOMENTO.

En este aspecto no es conveniente pasarse de rosca, aunque no se descuenta que en cualquier momento nos dediquemos a demostrar las bondades del cine de Enrique Carreras. ¿Por qué no? Nadie puede impedirlo. Depende de cómo se haga. Otro de los problemas mayúsculos no reside sólo en la falta absoluta de comunicación que existe entre quienes se dedican a la investigación cinematográfica, sino en la ausencia de polémicas esclarecedoras. Se insiste en que el posmodernismo le huye a las polémicas. Fuera del sabroso intercambio José Pablo Feinman-Arturo Armada en EL OJO MOCHO ?analizado en internet por una semióloga-, no hay sino insultos repartidos a diestra y siniestra. Nada raro, teniendo en cuenta el vacío ideológico de la así denominada clase dirigente. Si las elecciones se ganan o se pierden en medio de la nada, de signos sin sustancia, ¿qué puede esperarse de los modestos investigadores?

Y hablamos de modestos investigadores con un criterio válido. Desde que el cine se convirtió en industria rentable hubo interminables rencillas entre directores, actores, técnicos y, en especial, con los productores. Todos ellos son, a su modo, los CREADORES de los productos culturales. Tal como lo hacíamos en literatura, es conveniente separarse de ellos a la hora de la investigación. Esta es una tarea subsidiaria que cumplirá o no con sus objetivos pero cualquier cosa que publiquemos jamás alcanzará la altura de quienes integran o integraban las filas de los que confeccionaban el producto. En otras palabras, la nuestra es una tarea secundaria. Por más que nos interesen algunos teóricos del cine ni se nos ocurre compararlos con los HACEDORES de un artefacto que fue visto por millones de personas.

Por otra parte y para dar un ejemplo, en el terreno de la medicina la lucha es feroz. Nos parece, sin embargo, que ahí se dirimen otras cuestiones. No se trata de pasarle a alguien que nos lo pide un video, un libro o una foto. En el terreno de la medicina entran los laboratorios y billones de dólares. Pero en el caso de las investigaciones sobre cine argentino ¿cuál es la plata que está en juego? ¿Con quién se quiere quedar bien? O en última instancia, ¿QUÉ SE APORTA? Hay gente que trabaja 24 horas por día para mantenerse en el candelero, cumple con todos los requisitos, llena los formularios de rigor, golpea puertas, sonríe. Todo esto, ¿para qué? Los académicos, los entusiastas y los independientes, ¿son tan importantes? Cualquier locutor o locutora de AM que ofrezca el tiempo y la temperatura consigue mayor fama en menos tiempo.

Porque si de fama se trata, convengamos que sería preferible transformarse en cualquier zaparrastroso comunicador de radio o de TV. Y si de plata hablamos, entonces es mejor tomar el camino de los intelectuales mediáticos.. No será muy respetable pero hay vento. Y cómo decía Lorenzo Fierro en EL CAÑONERO DE GILES ( Manuel Romero-1937)

– A mí dejame el vento, que la fama te la regalo.

A todo esto deben pagarse las cuentas, vivir en un país sumamente inestable, sortear peligros de toda laya, incluyendo indeseables enfermedades. O sin recurrir al melodrama, es necesario lidiar con una vida cotidiana, que en Argentina enloquece a los habitantes que creen haberse salvado del Borda o del Moyano. Esto no es Suecia, precisamente.

Y ya que hablamos del Hemisferio Norte, nos llama la atención que quienes se ocupan del cine ?en Estados Unidos, Italia, Francia, Gran Bretaña y también en otros lugares intelectualmente subdesarrollados como España- se mantengan en permanente comunicación, intercambien ideas, se ofrezcan material. Nos parece que Almagro y Palermo están bastante más cerca que Estados Unidos e Italia, para dar un ejemplo. Podría ocurrir que en esos países instituciones y universidades funcionen de veras, a pesar de los contubernios de rigor. Esto facilitaría la comunicación de la que hablamos. Por otra parte, aún en España, hay dinero en juego y esto es siempre un aliciente. ¿Cómo se consigue en Argentina una beca o un subsidio sin las conexiones políticas ad hoc? ¿De qué modo se pasa por sobre burócratas enquistados en sus puestitos desde el alfonsinismo?

LA DIGNIDAD DE LOS NADIES

Todo lo dicho nos lleva de manera irremediable a una conclusión lastimosa: es peligroso no tener amigos entre los académicos o los entusiastas. ?Amigos? quiere decir simplemente poseer la noción de USO DE LAS PERSONAS, COSIFICARLAS. Por el contrario, es posible que unos y otros se nieguen a reconocer y excluyan automáticamente a quienes no los frecuentan.

?Fiera venganza la del tiempo?, dice el tango. Los nadies tienen el gusto de ver que un libro publicado hace treinta años se sigue usando en trabajos diversos como bibliografía. Es que esa fiera venganza corre por cuenta de los años. Vamos a dejar que los logreros de siempre sigan publicando sus PAPERS para aumentar los curriculi. O que los entusiastas se dediquen a los westerns clase Z. Cada uno puede hacer lo que le dé la gana. Lo único que se les pide a unos y a otros es que no estorben demasiado. Tal vez, en un lapso de treinta años, lo que producen siga siendo leído, nadie puede asegurar lo contrario. Entre tanto, que sigan acumulando datos mientras reciben la beca o el subsidio o bien, con la astucia que los caracteriza, los entusiastas se dirijan al público que las editoriales prefieren: los señoritos del sector AB, que son quienes tienen la mosca.

Publicado en Leedor el 7-02-2006