La corporacion

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Con un estilo pulcro, de planos y montaje impecables, el cine de denuncia de Costa Gavras no tiene lugar para las ambigüedades.El cine y la denuncia

Por Julián Rimondino

La búsqueda de trabajo para un desempleado de edad madura no es lo mismo para Latinoamérica que para el primer mundo. En Argentina, da como resultado Mundo grúa, y una estética ?urgente?, pobre, directa, en blanco y negro.

En Francia, ve nacer La corporación. Que es un cine prolijo, de impecable factura técnica, menos preocupado por la necesidad y la pobreza, y centrado en otros temas: la dignidad del trabajador, la ética del mundo empresarial, el puesto gerencial como identidad.

El director Costa-Gavras supo darle al cine político su momento de esplendor, allá por los años ?60, con esos hitos absolutos que fueron Z y Estado de sitio, e incluso en los raros avatares de su carrera (que lo llevaron a la indescriptible, poco interesante El cuarto poder, con Dustin Hoffman y John Travolta), se trata de un cinesta con algo que decir, que denunciar, y la voluntad férrea de mostrar desde adentro cómo funciona aquello mismo que quiere denunciar. Mostrando con apacible calma el interior del aparato, Costa-Gavras busca que el espectador reflexione.

Aquí, se mete en el interior de Bruno Davert (José Garcia, actor francés aunque su nombre indique lo contrario) lleva dos años desempleado. Lo que no le ha significado perder su casa suburbana en un plácido e idílico barrio de clase media alta; tan sólo ha tenido que privarse de algunos lujos como Internet o la televisión por cable. No busca, ni buscó, ni buscará trabajo en otra cosa que lo suyo: un puesto gerencial en la industria del papel. Es ingeniero, y no bajará de eso. Aunque su esposa Marlène (Karin Viard, extraordinaria) tenga que mantener dos trabajos insignificantes para pasar el mal trago.
Bruno fue despedido por una mera, indignante reducción de personal. Lo que él ve como un insulto. Está enojado con el mundo. Y como ése es su trabajo (su perfecta familia no le alcanza para definirse como hombre) decide tomar medidas extremas: asesinar a los 4 ó 5 desempleados como él que podrían quitarle su puesto, y luego al hombre como él que lo ocupa. El dilema moral y la tortura de consciencia que esto implica, eso es lo que sigue. Pero la determinación de Bruno es tal que los supera tras algunos altibajos. El trabajo parece valerlo.
Este personaje, al contrario de lo que se podría pensar, no resulta para nada antipático. Su lógica, la lógica del mundo en el que vive, donde los humanos son ?recursos?, no seres, es cruel. Y corrompe. Y Costa-Gravas nos lo muestra desde el alma de un hombre desesperado, plácido pero frustrado, impacible pero con un potencial violento increíble.

La resolución de esta trama es, quizás, convencional. Hasta esperable. Incluso se la podría tachar de simplista. Pero es coherente con el resto del relato y con la forma en que Costa-Gavras filma. Porque ha elegido un estilo pulcro, de planos y montaje impecables, que van acompañando el suspenso de la trama. El thriller político, después de todo, es limpio y directo, y no tiene lugar para las ambigüedades. Y si bien la denuncia es necesaria, se extraña la complejidad que el planteo de una cuestión moral podría poner en juego. La corporación plantea su historia como una realidad absoluta, presente hoy, entre nosotros. Esto la vuelve una disección. Una descripción paso a paso. La ambigüedad, al menos, deja lugar a la duda, y moviliza al espectador hacia la búsqueda de respuestas. Pero la denuncia chata no hace más que inmovilizar.

La rigidez de la realización se percibe, en última instancia, no como una coherencia entre el espíritu de la historia y la forma en que se la relata. No es que el film de Costa-Gavras resulte frío porque así lo es el mundo en el que se mueven sus personajes. Es que prefiere lo intelectual a lo emocional, cuando la fuerza del cine, del arte, no se encuentra sólo en el contenido, sino (y el cine moderno, de la nouvelle vague al dogma, de Truffaut y Resnais a Coppola y Scorsese, así lo prueba) también en la forma.

Costa-Gavras parece no ver salida a los problemas actuales del mundo; la frialdad con que acepta y presenta esto hace que la denuncia intelectual nunca se vuelva emocional, y resulte tan fría como la crueldad que condena.

Eso no es más que jugar con las mismas armas del enemigo.

Publicada en Ledor el 27-01-2006