Un amor, dos destinos

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Aún siendo un melodrama, en lugar de la pomposidad, Un amor… elige el camino de los silencios y los diálogos ajustadosPor Julián Rimondino

Es verdaderamente refrescante cuando una película hollywoodense (es más, un producto hollywoodense) resulta bien. Claro que para esto tuvo que regresar a las raíces de su género, dejarse guiar por un director con buena mano, apoyarse en un grupo de actores de carácter y basarse en un guión sin fisuras, melodramático pero original, ajustado y bien resuelto. Pero lo que importa, en última instancia, es que lo que podría haber sido un film formuleico y manipulador, resulta ser, gracias al trabajo de todos los involucrados, una película de valor.

Un amor, dos destinos es el pésimo título con que se estrena en Argentina An Unfinished Life [Una vida incompleta], nuevo trabajo del sueco radicado en EE.UU. Lasse Hallström. Este director ha trabajado siempre el melodrama, y siempre con sensibilidad, realizando películas emotivas pero jamás manipuladoras. Desde El año del arco iris hasta sus más famosas Las reglas de la vida o Chocolate, Hallström hace un cine apoyado en personajes bien definidos, conflictos basados en la incomprensión y el dolor, y por sobre todo, en las actuaciones que siempre sabe obtener de su elenco.

La historia que cuenta aquí sigue su tradición. En un rancho arruinado viven Einar (Robert Redford) y su amigo Mitch (Morgan Freeman), postrado desde que fue atacado por un oso. Einar es rudo y frío, pero no por eso deja de cuidar con devoción a su amigo, el único que considera su familia. Porque Einar tenía un hijo que murió hace más de diez años, y parece que nunca ha podido superar esa pérdida. Su mundo es bastante estable hasta que regresa al pueblo Jean (Jennifer Lopez), la esposa de su hijo, quien manejaba el auto en que murió el joven. Ella regresa con su hija (Beca Gardner), una nieta que Einar ni siquiera sabía que existía, y escapando de un novio que la golpea. Lo que sigue de allí en más es la convivencia forzada de un hombre huraño y una mujer que se siente culpable, entre los que sobrevuela siempre el fantasma de ese hijo/esposo muerto, esa vida incompleta del título original.
Nada demasiado original, pero no por eso menos efectivo o valioso. Porque ningún elemento de la trama resulta golpe bajo: Hallström y sus guionistas pueden hacer que cuando Einar le habla a la tumba de su hijo, la escena resulte conmovedora y para nada manipuladora.

El melodrama es un género dado al maniqueísmo y los estereotipos, a los diálogos grandilocuentes, a las sobreactuaciones. Pero la mano de Hallström evita todo esto. En lugar de la pomposidad, Un amor… elige el camino de los silencios y los diálogos ajustados; no hay una sola palabra de más en todo el metraje, y no hay una sola escena que no resulte necesaria, correcta y que aporte al relato.

El cuarteto protagónico, en lo que es un titánico trabajo de dirección de actores, carece de los mohines que suelen tener estas estrellas, y se entrega a un estilo, a un ritmo, a una poética en común. Redford entrega una actuación memorable como el avejentado y resentido Einar. Freeman, siempre increíble, hace del lastimado y marcado cuerpo de Mitch el anclaje de su actuación, y entrega silencios y miradas enormemente expresivas. Y Jennifer Lopez (sí, Jennifer Lopez), logra meterse en su personaje como nunca antes pudo compenetrarse y, entonces, el espectador se olvida de su sobre-expuesta figura pública.

No es que Un amor, dos destinos sea el gran film del año. Es demasiado modesto para serlo. Pero esa humildad es su gran valor. Y es lo que la hace una película que vale la pena ver.

Publicado en Leedor el 17-1-2006