Zoé Valdés

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Zoé Valdés es poeta, novelista y guionista de cine y trabajó durante algunos años en la delegación de Cuba ante la Unesco y en la oficina cultural de la embajada cubana en París. Un mango sabroso desde París
Por Miguel Angel Haluska

La nada cotidiana
Novela de Zoé Valdés

Esta escritora, nacida en La Habana en 1959, año por demás simbólico, es una de las nuevas voces cubanas del exilio que más llaman la atención por su prosa frontal, despojada y visceral.
Zoé Valdés es poeta, novelista y guionista de cine y trabajó durante algunos años en la delegación de Cuba ante la Unesco y en la oficina cultural de la embajada cubana en París. La otrora finalista del concurso “La sonrisa vertical” fue recientemente galardonada con el Premio de novela breve ”Juan March Cencillo” por su relato La hija del embajador. En la actualidad Zoé Valdés vive en París con su hija Attys Luna, a quién dedica esta novela , motivo de nuestra atención.

En el capítulo primero, que no es más que una introducción, La nada cotidiana empieza con una frase por más reveladora. “Ella viene de una isla que quiso construir el paraíso”. Y es en ese quiso dónde nos prepara para lo que va a acontecer. Una continuidad de sueños frustados y esperanzas empobrecidas del pueblo cubano, trasfondo obligado de la historia de esta mujer que trata de sobrevivir en el amor y en otros aspectos de la vida, limitada por la Cuba de la post-revolución.

La novela comienza por el nacimiento de la protagonista, un 2 de Mayo de 1959 en La Habana durante un acto de la Revolución. Su padre, un guajiro adorador de Castro empeñado en que naciera el primero de Mayo se desilusiona al enterarse que por pocos minutos no nació ese día y se consuela con llamarla Patria y exclamar victorioso que él es padre de la Patria. A lo cual la narradora contesta, porque a partir del segundo capítulo está contada en primera persona, Y mi padre, emocionado, sollozó creyéndose glorioso.
Si bien son varios los hombres en la vida afectiva de Patria, hay dos: El Traidor y El Nihilista, que son los más importantes y ocupan no sólo su pasado sino también el presente y quizás hasta su futuro.
El primero es un escritor mayor que ella con el cual se casa en su adolescencia porque una decisión política lo obligaba a él a hacerlo y porque ella entonces estaba maravillada con él hasta el punto de cambiar su nombre por el de Yocandra (la musa inspiradora del escritor) sólo por amor.

Su historia con El Traidor, y ese nombre sugestivo se lo dio Yocandra porque piensa que se ha traicionado a sí mismo, que prosigue más allá de su separación no es otra cosa que una venganza de ella hacia él, para cobrarle una a una las que le hizo pasar durante su vida de casada.
Con El Nihilista, director incomprendido de cine, la historia difiere de la anterior y hasta podía decirse que en ciertos aspectos roza lo que conocemos por amor. Con una carga electrizante de erotismo franco y sin rodeos, muy al estilo caribeño donde cada cosa es nombrada sin eufemismos con el léxico local sin por ello dejar de lado algunos momentos de tibia candidez y escapando a cualquier atisbo de clima grosero o soez.

La narración de Zoé Valdés pareciera un palimpsesto. Bajo un estilo ingenuo y a simple vista simple, investiga y bucea las relaciones entre hombres y mujeres. Un aporte más al misterio del comportamiento entre unos y otros. Si bien como dice el dicho que las aguas calmas son las más profundas, bajo su prosa calma se agita también un sinfín de denuncias contra el régimen castrista. Lo que hacen más severas estas críticas y denuncias es que no están formuladas desde la victimación sino que muy por el contrario son contadas con una franqueza total que conmueven.

Como cuando Yocandra, de 19 años, le cuenta a la familia que se casó con El Traidor: Aunque mamá lloró a escondidas en el baño, yo la escuché lamentarse. Ella había soñado con el traje blanco y largo y los invitados y el cake con los muñequitos encima y con la tiradera de un puñado de arroz (no se podía tirar más porque la cuota del mes no alcanzaba).
O cuando mientras tomaba un café en su casa y mira por las ventanas, se dice que es toda una proeza tener todavía café cerca de fin de mes. Cosa que casi nunca ocurría. O del hombre que le cuenta que estuvo trece años preso por haber apedreado una vidriera que exhibía una bandera del Veintiséis de Julio y unas consignas idiotas.
La voz de la protagonista es la voz de muchas mujeres caribeñas que se hacen oír a través de Yocandra. Unas mujeres que la mayoría de las veces son silenciadas tanto cultural como social y políticamente. Zoé Valdés escribe para que podamos descubrirlas en su carnadura tras ese decorado de arenas blancas, ron, gozo y palmeras que las propagandas turísticas han montado convenientemente. Con una prosa atrapante que transporta al lector a un mundo tropical real, lleno de excesos y miserias de todo tipo, a los cuáles quizás no están acostumbrados algunos ojos y oídos. Pero no hay que hacer oídos sordos a esta escritura deliciosa ni taparse los ojos ante las injusticias de un regímen que alguna vez soñó con construir el paraíso. Se debe estar atento a cada una de las frases de esta singular novela y disfrutarla como a una fruta madura, la que espera para que le demos el primer mordisco y la saboreemos hasta el final, permitiendo que nos impregne de ese aroma mágico, exhuberante y a la vez injusto de esta singular isla del caribe.

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