Oliver Twist

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Polanski, como Dickens, elige en Oliver Twist mostrar sin mediaciones la miseria.¿Todo tiempo pasado fue mejor?

Por Julián Rimondino

Oliver Twist es un cuento infantil. Es, mejor dicho, cine para chicos en su mejor variante: cine para chicos de autor. O sea: cine entretenido, sí, pero también con una gran cantidad de capas para leer en relación con los filmes anteriores de su director.

La historia es aquel melodrama pergeñado por Dickens hace casi 200 años y publicado por entregas, como todos los folletines dickensianos, entre 1837 y 1839. Simplificada, claro, porque la novela original abunda en personajes y tramas secundarias. Pero la clave de todo permanece: el huérfano Oliver Twist es expulsado de la casa de tareas donde vive y puesto al servicio de un vendedor de tumbas. Maltratado y estigmatizado, se escapa hacia Londres. Allí, se suma (lo suman, en realidad) a la banda de delincuentes juveniles dirigida por los perversos Fagin y Sykes. De ahora en más, se suceden los esfuerzos de Oliver por hacer el bien y la insistencia de los malvados en arruinarle la vida y forzarlo por el camino del mal.

Una trama que, así, contada, parece prejuiciosa y retrógrada. Pero que es en realidad un crudísimo retrato de la miseria de los barrios bajos londinenses y una crítica social despiadada a la jerárquica sociedad inglesa. Y la riqueza de este texto permite, como todo texto valioso, miles puntos de parteligida para encarar una versión cinematográfica.
Polanski elige filmar la pobreza, la miseria, la bajeza humana. El pianista (su film anterior, que incluso le valió el Oscar al mejor director) y Oliver Twist resultan ser un improbable dúo sobre la miseria. El ghetto de Varsovia, la Londres del siglo XVIII: dos lugares donde los pobres se mueren de hambre, son tratados como animales, la misericordia no existe (porque todos tienen demasiada hambre) y la moral desaparece en el barro de las destrozadas calles.

Hay diferencias entre las dos películas, claro, pero menos de las que se podrían pensar. El pianista era la historia de un sobreviviente; también lo es Oliver. Dos hombres que vivieron entre lo más abyecto, que fueron tratados como la peor basura. Si El pianista era un film construido sobre el silencio al que era obligado su protagonista (el silencio ante las leyes raciales, que luego se trocaría por el silencio absoluto al estar escondido en medio de una Berlín destrozada y bajo ataque), Oliver Twist se construye sobre la melodramática trama Dickens, considerado por muchos como el origen de los novelones y la industria del melodrama.

Dickens no era para nada sutil, y tampoco lo es la adaptación de Polanski: los malos son muy malos y los buenos son muy buenos. Oliver es, incluso, bueno hasta la idiotez. Se ve él una inocencia y bondad absolutas (como bien indica su salvador, el Sr. Brownlow), y es por eso un personaje mucho menos interesante que el malvado Sykes, que el patético Fagin, que la tristísima Nancy, la prostituta de buen corazón.

Pero Dickens tampoco era tonto, y sus historias eran una clara denuncia social: la Inglaterra de esas épocas trataba a sus parias como basura y los condenaba a la miseria, el hambre y el crimen. En El pianista y de nuevo aquí, Polanski filma la vejación del ser humano. Lo filma de una manera directa, sin darle rodeos al asunto y sin temerle al sentimentalismo. La extremísima delgadez de Wladyslaw escondido en deprimentes departamentos, y los continuos abusos que sufre Oliver son percibidos por muchos como concesiones al sentimentalismo, como golpes bajos. Pero a Polanski no le interesa conmover al espectador tanto como mostrarle una dura realidad: la vida de los parias sociales, de los condenados por la sociedad, que es miserable y patética: Y su cine no disfraza esto de ninguna manera.

Por eso Polanski no le teme a una estética ?académica? (como se le criticó). El director puede filmar con estilos más extravagantes, más ?originales?, y de hecho ya lo hizo. Puede narrar jugando constantemente con los sueños y la realidad (como hizo en Repulsión o en la extrañísima ¿Qué?), no le tiene asco a la violencia directa y llana (bajo esa idea hizo su Macbeth), pero aquí elige filmar más sencillamente, sin tanto aspaviento técnico. Su objetivo no es narrar la suerte de Oliver, su bondad, condenar a los criminales o glorificar a los bondadosos. Su objetivo es mostrar, sin mediaciones, la miseria. Y no todos los soportan.

Publicado en Leedor el 16-12-2005