El mercader de Venecia

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Radford regresa a Shakespeare explotando al máximo su potencial cinematográfico Dulce Venecia

Por Julián Rimondino

Basanio está enamorado de Portia. Para ir a pedir su mano, necesita dinero para el costoso viaje. Y sale como su garante Antonio, un rico mercante, ante el prestamista judío Shylock. Es Venecia, 1596. Es una de las pocas obras de Shakespeare que el cine no ha adaptado con entusiasmo.

¿Por qué?

Pues porque Shylock es un malvado. En caso de que Antonio no pueda pagarle, consigue por contrato que éste le prometa una libra de su propia carne. Cansado del maltrato que los venecianos dispensan a los judíos, cansado de vivir en el geto (que sí, ya existía), Shylock quiere venganza. Ahora, el tema es el siguiente: ¿Shylock es malvado porque lo tratan mal? ¿O es ?El mercader de Venecia? una obra con contenido verdaderamente antisemita?

En la recreación de Michael Radford (famoso por El cartero), la balanza parece inclinarse para un lado primero, y luego para el otro: no puede llegarse a una conclusión clara. Por esta dificultad (que los sobreimpresos con que Radford elige iniciar su película no logran superar ?al menos no del todo?) es quizás por qué ?El mercader…? es una obra tan poco adaptada de Shakespeare, cuando otras hasta acusan versiones de high school (?La fierecilla domada? fue 10 cosas que odio de ti, ?Romeo y Julieta? no muere nunca).

Lo que llama la atención junto a la discusión sobre el antisemitismo es el fuerte subtexto feminista. Portia y su sirviente Nerissa resolverán el problema al que los hombres no podían encontrar solución, haciéndose pasar ellas mismas por hombres, tan fiel a ese gusto de Shakespeare por el travestismo.
El teatro de Shakespeare era un entretenimiento popular, y por eso incluye siempre romance, desencuentros, enredos, confusiones y ?casi con la misma importancia? crueldad y sangre. Radford parece haber visto esto, y por eso no dejó de lado cierta crudeza en la Venecia de fines del siglo XVI: los animales desollados, las prostitutas con sus senos al aire.
Pero no por eso esta versión de “El mercader de Venecia” es oscura. Es, más bien, una mezcla de humor, romance y peligro, y fiel a Shakespeare en este espíritu. Para construir su relato, sin embargo, Radford no buscó ubicarse en la era isabelina o (como la ubicación geográfica y temporal de la obra le hubieran permitido) en el Renacimiento. Radford toma elementos de otras épocas y otras culturas, y así la fotografía recuerda a la pintura flamenca de los siglos XVI y XVII, mientras que la música mezcla flamenco y ciertas influencias celtas, muy lejos de las orquestaciones tan populares en el cine ?de época?.

(de todos modos, la forma en que los recursos shakesperianos se recrean en la pantalla hacen pensar en una devoción de Radford por su historia ?al fin y al cabo, es el autor del guión?, y hablaría entonces de que su objetivo no era antisemita. Pero esto es muy discutible aún.)

Esta nueva versión no necesita abandonar los diálogos en inglés antiguo, más cercanos al verso que a la prosa, lo que de todos modos no los vuelven declamatorios. El elenco no recita poesía, y actúa con una comodidad destacable. La lujosa ambientación, la reconstrucción de época, que muchas veces puede distraer de la acción, es aquí un elemento coordinado con los actores: se mueven entre las escenografías con soltura y nunca dejan ellos de ser el centro de atención.

Al Pacino, como era de esperarse, hace de su Shylock una criatura con la que el espectador puede simpatizarse, y quizás sea su actuación lo que hace difícil definir cuál es la posición del film frente a los judíos. Su interpretación es tan creíble que conmueve, y llega de tal manera al público, que no se lo puede ver como un monstruo malévolo. Así es como se inserta la duda sobre el antisemitismo: no modificando el texto, sino con un actor que es consciente del lugar de su personaje en la historia y puede alterarla sin cambiar una coma de sus diálogos, sólo a través de su expresividad.

E igual de expresivo es Jeremy Irons, que en un rol mucho más pequeño de lo que su lugar en los créditos harían pensar, de todos modos construye un Antonio que cristaliza su homosexualidad, mira con un triste amor a Basanio, lo añora con una tranquila desesperación y está dispuesto a entregar su vida con tal de ayudarlo. Irons es el máximo héroe romántico, lo que sólo ha sido posible gracias al paso del tiempo: recién hoy puede un director mostrar a un Antonio indudablemente enamorado de Basanio.

Todo esto (el debate, la duda que plantea: ¿es antisemita o no? ¿qué hacer con un material tan proclive al escándalo?) hace que El mercader de Venecia sea mucho más que otra pieza de época para que los actores británicos se luzcan con sus acentos y su declamación. Radford regresa al gran dramaturgo inglés, explota al máximo su potencial cinematográfico y, en el camino, se da el lujo de plantear preguntas. Todo lo que una gran adaptación debería hacer.

Publicado en Leedor el 25-11-2005