Vanidad

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No termina de convencer, pero aún así, Vanidad está llena de talento.¿Quién es esa chica?

Por Julián Rimondino

Quizás no haya habido ningún período en la historia tan encantador como la Era Victoriana. Todo era pura cortesía, amabilidad, sonrisas, calma y nobleza en esa Inglaterra de fines del siglo XIX. Y detrás de esa plácida fachada, como corresponde a toda imagen de pureza, no hay más que sexo, codicia, discriminación e inhumanicidad.

Son muchas las películas que analizan estos dos polos opuestos, la brecha entre los marginados y los privilegiados, entre la burbuja de la alta sociedad y la desesperación de los desposeídos. Dos grandes películas vienen a la mente sobre ese Londres de la Reina Victoria: Desde el infierno y Lo que queda del día. Pero la lista es interminable.

Vanidad viene a sumarse a ellas. Tal como sucedía en Elizabeth, son los hindúes quienes mejor pueden contar la historia de Inglaterra, y quizás no haya historia como la de Becky Sharp. Esta vez, en manos de la siempre interesante Mira Nair (directora de esas joyas que son La boda y Salaam Bombay), la radiografía de la época suma una reflexión sobre las relaciones entre la India y su dominante Inglaterra.

La historia que contara Thackeray hace más de 100 años es simple, pero no por eso menos rica. Becky Sharp es una huérfana hija de un pintor pobre y una cantante de ópera, que crece para ser institutriz. Es decir, aquéllos que enseñaban a los hijos de los ricos a ser finos pero no salían del servicio doméstico. Becky es una escaladora social, como debe serlo en su época si quiere salir adelante, y así va de familia en familia, de salón noble a salón noble, de familia rica a familia rica, buscando sobrevivir en medio de tanto lujo y opulencia que la sociedad demanda, que nunca serán suyos y que de todos modos sabe manipular con encanto.

Si en Thackeray Becky era toda un alpinista social, Nair la mira con mucho más aprecio, y así la interpretación de Reese Whiterspoon (que poco tiene que ver con su legalmente rubia) presenta una Becky dueña de sí misma que sólo va en busca de lo que su mundo le han enseñado a añorar.

Todos los aspectos técnicos de Vanidad son impecables, y es especialmente disfrutable el vestuario, que da a las mujeres y hombres del siglo XIX un leve toque hindú entre satírico y exótico. La verborragia visual que Nair demostraba en La boda está igual de presente aquí: cada uno de sus planos son coloridos, barrocos, alegres. Y como en esa otra película (todo un hito artístico y comercial en su carrera), la música cobra en el relato una importancia radical. Cuando Nair hace que su cámara siga a músicos y bailarines, Vanidad logra un vuelo y una emotividad pocas veces vistos.

Si existe un punto débil en la película es su guión, o mejor dicho, el haber elegido contar una historia lineal, casi episódica, que contrasta con un modo de filmar realmente encantador. Las actuaciones secundarias del talentoso elenco (Jim Broadbent, Eileen Atkins, un genial Bob Hoskins, Gabriel Byrne, Jonathan Rhys-Meyers) y la solvente actuación de Whiterspoon, que carga con toda la película, ayudan a que su metraje corra aceitadamente, al punto de que salvan al film del peso de una duración demasiado extendida.

Aunque no termina de levantar vuelo del todo, Vanidad es una película llena de talento, con una directora hábil, llena de actores que pueden hacer cualquier cosa, y una historia cuyo ?mensaje? es sin dudas poderoso e interesante.

Publicado en Leedor el 17-11-2005