Código 46

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En el camino de la tragedia romántica el director inglés hace un acercamiento inteligente al género de ciencia ficciónUn futuro (no tan) distante

Por Julián Rimondino

La ciencia ficción es un género que ha dado lugar a incontables películas. Buenas, malas, geniales, inteligentes, idiotas, llenas de efectos especiales, carentes en absoluto de ellos: la variedad es enorme. Existe una fórmula clásica, una entre muchas: en una sociedad opresiva, controladora, un hombre (ciudadano modelo del sistema, preferentemente parte de los que mantienen el orden), conoce a una joven mujer, algo rebelde, no directamente revolucionaria, pero inteligente, que lo fascina y lo lleva a trascender todas las reglas impuestas por su sociedad. 1984, Fahrenheit 451… la lista sigue. Y a ella se suma Código 46. Que, lejos de ser una más, es el más vivaz ejemplo de un subgénero siempre presente.

Aquí, William (Tim Robbins) es un investigador gubernamental que debe descubrir cuál de los empleados de la Esfinge, la corporación encargada de otorgar los ?papeles? (los permisos para transitar por el mundo) está vendiéndolos en el mercado negro. Y allí descubrirá que la traidora es María (Samantha Morton) a quien, intuitivamente, sin comprender muy bien por qué, protegerá desde el comienzo. Michael Winterbottom, director prolífico y poco conocido en la Argentina, toma esta premisa y, en vez de construir una denuncia política y social, prefiere los caminos de la tragedia romántica, con esa visión tan europea sobre sus personajes y situaciones. Es decir: carente de prejuicios, con fuerte acento en la contradicción y la complejidad.

Si Minority Report terminaba siendo una mera muestra de virtuosismo, si 1984 era angustiante, Código 46 permite respirar al espectador y, a sus personajes, vivir (no tan mal) en el mundo opresivo que crea. Porque ese futuro, muy cercano y familiar, no parece tan malo: las grandes urbes no distan mucho de las actuales, las casas no son tan diferentes de las de hoy, la gente no se comportan tan aisladamente, tan sumisamente como la ciencia ficción tiende a mostrar. Son algunos los rastros de futurismo: la presencia de la genética en la vida diaria, las huellas digitales como documentos de identidad, las marcas de multiculturalidad en el idioma (aquí, tanto en Shangai como en Seattle se habla un inglés al que se le insertan palabras en español, francés, árabe, italiano o japonés con total naturalidad).

Con un ritmo de suspenso sostenido, la increíble banda sonora, la original puesta en escena y un trabajo complementario entre la imagen y el sonido, Código 46 tiene todo lo que se le pide a una película de ciencia ficción (un poco de thriller, un poco de intriga, otro poco de memorias borradas y lecturas de ADN) y a una romántica (dos seres opuestos que se enamoran, tensiones entre ellos, obstáculos para su amor), y no por eso resulta una mezcla extraña. Todo lo contrario: Winterbottom combina la fantasía, el policial y el romance dando a cada elemento su lugar.

Y para el logro de esto, no se puede dejar de mencionar a Tim Robbins, quien sigue sorprendiendo y fascinando, y a la increíble Samantha Morton. Desde Dulce y melancólico, cuando Woody Allen dejara que el mundo la conociera, la actriz de películas muy valiosas y muy poco vistas (como por ejemplo El viaje de Movern) deslumbra en cada escena con su grácil, delicada y vívida María. Actriz subvalorada y poco conocida, es un secreto a voces entre quienes la llegan a ver en la pantalla.
Porque, claro, Winterbottom privilegia a su historia de amor por sobre la intriga policial. Es que el director sabe que no necesita de complejas redes de control social, de elaboradas máquinas tecnológicas, de alienados personajes, para advertir sobre la tragedia que puede volverse el futuro. El pesimismo propio de la ciencia ficción no se expresa aquí en ansias de revolución o en búsquedas espirituales. Es en la tragedia romántica, en el frustrado amor entre sus protagonistas, donde Código 46 encuentra el lugar y la forma para llegar al espectador.

Muchas películas surgen en la mente del espectador cuando mira Código 46. Además de las citadas, podría nombrar Eterno resplandor de una mente sin recuerdos o Reconstrucción de un amor. Como una bocanada de aire fresco, Código 46 revisita un lugar muchas veces visto, y su punto de vista siempre curioso, siempre sensible, demuestra que, cuando hay talento e inteligencia, no hay por qué temerle a la comparación con otras películas.

Julián Rimondino