La dueña de la historia

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Amigos: a disfrutar de este cine que en Buenos Aires siempre tiene gusto a poco…¿Qué querés ser cuando seas grande?

Por Julián Rimondino

¿Qué quería ser?, se pregunta Carolina. Tiene 50 años, está en buen estado físico (aunque tanto le cuesta mantenerlo), un marido que la quiere, un futuro de relax y despreocupaciones ahora que su esposo se retira. Y tiene a ese hombre, el único hombre que tuvo: se casó, hace décadas ya, con su primer amor. Mostrando el departamento en el que vió crecer a su familia a extraños que parecen poco interesados en la historia de su vida, Carolina recuerda la joven de 18 años que alguna vez fue. Y se pregunta: ¿qué pasó con todo lo que yo quería ser?
Es este el punto de partida de La dueña de la historia, que quizás podría haberse convertido en un serio y profundo drama, una de esas películas donde los recuerdos, los sueños rotos, las esperanzas perdidas, en fin, el pasado y lo que fuimos pesa sobre lo que somos hoy. Pero no lo es. Es una película vivaz, alegre, divertida, romántica.

Daniel Filho construye su relato hilando dos tiempos que corren paralelos, el presente y el pasado de Carolina (interpretada por Débora Falabella en su juventud, y por una increíble Marieta Severo en su versión madura), dos planos que se comentan mutuamente, casi como contrapunto. Las escenas de Carolina joven están llenas del color, la emoción y el ansia de vivir de su protagonista. Las escenas de Carolina adulta son también divertidas, igual de ocurrentes, igual de vivaces, pero cuentan con el peso de esa felicidad pasada, de esa juventud perdida… la vida es buena, pero solía ser mejor, podría pensar Carolina.
Severo y Falabella interpretan dos facetas de una misma Carolina: no buscan copiarse los gestos, ni siquiera son tan parecidas. Hay entre ellas un aire, alguna mueca, alguna mirada que las identifica: son la misma, pero una tiene 18 años, está enamorada, quiere llevarse al mundo por delante y sueña con grandes cosas; la otra tiene 50, lleva treinta casada, la magia del primer amor ha dado lugar a la cotidianidad, y los sueños abandonados, al arrepentimiento. Quizás sea Severo quien más se destaque de las dos: el sutil humor con que camina, habla y se mueve por la película, la habilidad con que transmite sentimientos con pocos gestos, hablan de una actriz imponente y que se demuestra camaleónica.

Claro que gran parte del fuerte impacto que tiene la película (es una de esas que le vuelven al espectador luego de verla) se debe a cómo Filho articula el pasaje del presente al pasado, como pone en escena las fantasías de sus personajes, como transforma a la cámara en una ventana hacia la mente de los personajes. La inventiva visual ?la originalidad en la forma de filmar, en realidad? tampoco está ausente, y la demuestran los saltos en el montaje (que Filho usa para efecto cómico o de suspenso, y en ambos casos con buenos resultados), las escenas en que Carolina habla a cámara, la forma en que el director une el pasado y el presente por corte directo.

Es el humor casi inocente con que Filho y el co-guionista João Emanuel Carneiro salpica la película lo que vuelve totalmente disfrutable a La dueña… La habilidad que tuvieron director y guionista para encontrar el punto justo entre comedia y reflexión, entre humor y nostalgia, para que ninguno supere al otro y se complementen entre sí es la misma habilidad con que el director viaja entre sus dos tiempos, los mezcla, hace que Carolina se cruce con sí misma, que la Carolina joven jure que no se convertirá en la Carolina adulta que, invariablemente, será.

Porque esta joya brasileña (un cine que llega poco a la Argentina, y que cuando consigue pantalla demuestra una vitalidad y originalidad admirables) es una película sobre la neurosis en el amor, la duda, el miedo, y el deseo de vivir una gran vida. Y de encontrar en las vidas pequeñas, la grandeza de vivir.

Publicado en Leedor el 4-11-2005