Vidas Cruzadas

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Algo anda mal en el corazón del imperio…Violencia siglo XXI

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Por Julián Rimondino

Altman ya lo hizo, P.T. Anderson ya lo hizo, hasta Rodrigo García ya lo hizo. Ciudad de ángeles, Magnolia y Con sólo mirarte ya narraron varias historias simultáneas en la que parece ser la ciudad sin peatones: Los Ángeles. Más allá de las diferencias, es evidente que existe una fascinación de los cineastas independientes norteamericanos con la capital mundial de la industria del entretenimiento.
Y a través de este tema recurrente (casi podría ser un sub-género), Altman habló del azar, la suerte y las redes que nos unen y separan sin que nos demos cuenta; mientras que Anderson decía que la vida es dura y difícil y apabullante, pero también mágica; y García afirmaba que en este mundo todos estamos solos. Películas adultas y deprimentes, pero que en el entrelazamiento de historias y personajes dejan una sensación de esperanza: el contacto entre personas, aunque fortuito, existe.

Vidas cruzadas no alcanza las cimas que alcanzaron estos tres filmes, pero sus aciertos permiten compararla con ellos sin que la competencia le quede chica. Porque al elemento del azar siempre presente en las películas corales, aquí el debutante en la dirección Paul Haggis agrega el que quizás sea el tema más candente y menos blanqueado de los Estados Unidos de hoy: la xenofobia y el racismo.

Como Spike Lee con su Haz lo correcto (y la comparación es inevitable), Haggis se pregunta cuáles son los límites de la corrección política, afirma que la tolerancia es mínima y que la gente es, básicamente, violenta. Su retrato de la sociedad norteamericana media es muy conciso: iraquíes, latinos, chinos y negros se mezclan con drogadictos, intolerantes, histéricas, corruptos, racistas y ladrones de poca monta. La violencia de la vida moderna en una gran ciudad es apabullante y demoledora, y Haggis la muestra con fiereza.

Las actuaciones, en ese sentido, son igual de violentas. Thandie Newton (¿cómo puede ser que esta mujer no sea una estrella?) es voraz y furiosa; Sandra Bullock (que puede actuar -¿quién lo sabía?-) encarna con todos los tics necesarios a su esposa-trofeo apretada y despreciativa; Don Cheadle, siempre medido, realiza un trabajo interior muy potente; Matt Dillon es el racista, el desplazado, el caído en desgracia resentido y entrega, lejos, la mejor interpretación de su carrera.
Pero si los personajes son violentos, y están llenos de furia, la cámara de Haggis es mucho más calma. La fotografía enamorada de las luces nocturnas y la cámara en mano son los dos elementos que el director emplea para reflexionar sobre su historia. Más que filmar para dar sentido de ?realismo?, Haggis filma para que el espectador reciba la violencia de su historia pero con una distancia que permita el análisis. Hay un juego muy logrado de acercamiento/alejamiento, incluso de moralidad/inmoralidad.
No hay decisiones fáciles para los personajes de Vidas cruzadas, ni tampoco juicios de valor de parte del director. Hay gente que actúa como puede, como sabe, y como víctimas de un ambiente hostil y poco amigable. Si los personajes de Anderson o García estaban aislados, aquí están directamente enojados. ¿Contra qué? Contra el mundo, contra la vida, ya nadie sabe y poco importa. Lo importante es que la violencia que se despierta en ellos se dirige al diferente: el iraquí agrede al latino, el negro a la blanca, los blancos ricos a los inmigrantes y sectores que los sirven.
Nadie en esta película es delicado, ni se cuida de lo que dice ante los demás. Parece que en el corazón de los Estados Unidos, en esa ciudad que nos da las sitcoms, las películas de efectos especiales y las dulces comedias románticas, viven personas a quienes la modernidad les pasa por encima y saca a relucir lo peor que hay en ellos. Algo anda mal en el corazón del imperio. Gracias a Haggis por decirlo, y por decírnoslo tan bien.

Publicado en Leedor el 23-9-2005