Iluminados por el fuego II

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De los muchos hechos vinculados a la dictadura militar argentina 1976/1983, la guerra en Malvinas ha sido uno de los menos abordados por el cine argentino. Desde Rosario, Fernando Varea nos envía su comentario del film de Bauer.RECUERDOS DE UNA GUERRA QUE ALGUNOS PREFIEREN OLVIDAR

Por Fernando Varea

De los muchos hechos vinculados a la dictadura militar argentina 1976/1983, la guerra en Malvinas ha sido uno de los menos abordados por el cine argentino. Iluminados por el fuego lo rescata de la indiferencia, probablemente sin aportar nada nuevo, pero reuniendo todos los elementos derivados del mismo: la angustia de los jóvenes soldados llevados a las islas y de sus familias; el frío, el hambre, el maltrato y la improvisación en medio del conflicto bélico; los recuerdos difíciles de soportar y la desconsideración de los argentinos hacia los compatriotas que combatieron (lo cual pone en peligro sus vidas tanto o más que el enfrentamiento con oponentes ingleses).

Afortunadamente, la historia deriva de un libro escrito por Edgardo Esteban y Gustavo Romero Borri, ambos ex combatientes, y fue tomada por un director honesto y sensible como Tristán Bauer, de lo que resulta un homenaje cuidadoso, nunca sensacionalista, sobre aquélla guerra caprichosa y desigual. Destacándose en algunos rubros técnicos (sonido, montaje, fotografía), el film se propone, de todas formas, como una representación medida, sobria, donde la mirada piadosa importa más que los méritos de la realización, y donde se evitan errores históricos o vacilaciones ideológicas (si bien la imagen de los ingleses se muestra un poco diluida).

El resultado sería superior si el guión se hubiera arriesgado a no ser meramente ilustrativo o didáctico, si el director hubiera atendido mejor el desempeño de algunos actores (como Virginia Innocenti, cuyas expresiones dramáticas siempre parecen forzadas), y si algunas de las cosas que dice o piensa en voz alta el protagonista (Gastón Pauls), o que transmiten explícitamente las canciones de León Gieco, se hubieran presentado de manera menos cómoda o más sutil. Es una lástima, por ejemplo, que la llegada del soldado a su casa, deseando pasacalles y abrazos que no existieron, no se haya resuelto en imágenes.

Es sabido que difícilmente una sola película baste para conocer un hecho histórico. A los humanos pantallazos sobre el sufrimiento y los efectos de la guerra que brinda el film de Bauer, habría que agregar, entonces, algunos diálogos y situaciones de Los chicos de la guerra (1984, Bebe Kamín), la angustia del personaje interpretado por Julio Chávez en El visitante (1998, Javier Olivera), algo de la ironía de Guarisove, los olvidados (1995, Bruno Stagnaro), las evidencias sobre las deslealtades inglesas expuestas en Hundan al Belgrano (1993, Federico Urioste) e imágenes de otros documentales directa o indirectamente relacionados con el tema, para tener una idea más cercana de lo que fue ese drama, cuyas consecuencias aún subsisten.

Publicado en Leedor el 14-9-2005

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