La noche del 10 (II)

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Verdadero fenómeno sociológico el de la aparición de Diego Maradona en la TV: Juan Manuel Alegre lo entiende así y lo analiza en esta nota para Leedor. El Mundo según M

Por Juan Manuel Alegre

No es una cucaracha que se despertó creyendo que era Gregorio ni viceversa. Es M. El que en un momento dado contribuyó al ethos heroico del ser argentino. En eso tuvo mucho que ver el gol a los ingleses: el segundo que parece una oda al filigrana; y bastante menos el primero, donde mostró la viveza criolla o malicia indígena que festejamos por esta parte del mundo, aunque tenga elementos de ilegitimidad.
Eso mismo nos gusta aplaudir en otros órdenes de la vida, así la política vernácula, la cultura y la sociedad cohabitan con prácticas de lo más aberrantes. En Argentina todos hablamos de fútbol y todos creemos saber la gestión y lucha deportiva que nos llevan de la gloria a la catástrofe. Como en un tango. Como la política.
Con el ethos no se juega. Porque es eso que te hacer ser, le da sentido a tu existencia. Favorece la idiosincrasia, la personalidad, la disposición ante el mundo. Le da una razón a este periférico de cosas y personas donde transcurre el ser argentino, por ejemplo.
M después cayó en desgracia. Pasó de la competencia al vicio en un tris por un análisis de orina. De ahí cuesta abajo, que no es solo la letra de un tango, es una manera de ser y estar en el mundo, en la vida.
Después fue sindicalista de proyección mundial, con una de las ideas más hermosas del siglo XX que era la de poner a los jugadores en condición de trabajadores. Idea que no concretó porque M no tiene conciencia de clase.
Luego jugó a los pistoleros baleando a periodistas-paparazzi.
Siguió su trayectoria tenaz con chinchorro y habanos, la clínica, las clínicas, la adiposidad?la recuperación. Y ahora florece.
M tuvo la oportunidad de codearse y rodearse con mucha gente que fue capaz de transformar y cambiar algo de este mundo, pero -al igual que Fabricio en la Cartuja de Parma- fue incapaz de reconocer con quienes estaba y al igual que el personaje puede ver pasar a su lado a Napoleón y no distinguirlo y, ni siquiera darse cuenta que estaba en el fragor de Waterloo.
A veces para poder leer la realidad es necesario tener los códigos necesarios. El sordo cree que los que bailan están locos.
No importa si es el autor de alegrías inconmensurables. No importa porque es una suerte de pasaporte mundial. Pero eso no lo pone en el lugar del héroe. Y nosotros que andamos tan faltos de héroes culturales que representen las ganas, la utopía o el ideal, el basta!
Un héroe no nace. Se hace en la lucha, en el día a día. Pero M florece en mercancía y eso es traición. Chau M. Con la eme de muchas cosas.
M se cae. Su mundo se cae, se levanta, se contrae y se dilata. Como él.
Jura y perjura por sus hijas. Aquí se cae. Torpe o miope, no importa.
El que la pelota no se manche, necesariamente no significa que nosotros querramos ser dálmatas.
Y como si eso fuera poco la tragedia del amor no correspondido. Aquí aparece el coro que le baja línea a la multitud que ruge, opina, consume. A M siempre le cortan las piernas, siempre pone en los otros la mala leche. Entonces le canta y le pide amor a su ex.
Y dale con la vida privada, amores y desamores. Plin caja!
Así como en el medioevo la peste era lo peor que podía pasar. Aquí, hoy, la televisión engendra peste. Y M sonríe prefabricadamente. Habla. Se dirige a los argentinos, como si fuese el presidente, para afirmar que tiene dos hijas. Vuelve a caer. Plin caja!
M perdió fuerza.
Pasión.
La pasión que caracteriza lo heroico y parecería que bordea lo trágico. El coro está, los augures también. Nuestro héroe conlleva su antihéroe. El es su propio sosías.
En su nuevo empaque, un producto presentable, este señor M no es el que admiré otrora.
Ahora con tanto disvalor dando vuelta por ahí es probable que sea candidato a algo, cuando faltan parientes es bueno un ex futbolista o una ex vedette. Da lo mismo. En la vidriera todo cabe. Y sino basta mirar sus mediadores, mensajeros, nuevos amigos, empleadores, socios y vampiros que lo rodean. Todos posmos sin corazón. Para ellos el corazón es una caja fuerte. Son otra gente, otra calaña que le hacen creer a M lo que dijo Víctor Hugo: genio! genio! Y todos se lo creyeron. Pero no. No.
Incluso no sé si es el mejor del mundo.
Lo que no cabe es este vértigo y esta miopía.
Cuando de Villa Fiorito pasás al estudio de un canal de televisión y te olvidás de los códigos del barrio, cuando la realidad te la construyen o te la construís de manera que todo parezca otro periférico más a la medida deseada. Cuando las cosas no tienen corazón es que sos un zombie.
M no es de mi tribu, que no diga ni me explique nada.

Nota relacionada: El día que Maradona se convirtió en Pelé, por Raúl Manrupe

Publicado en Leedor 6-9-2005

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