Mariposas de Identidad

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Alejandro Margulis vio ?Instrucciones para un coleccionista de mariposas? en el Teatro El Nudo dentro del ciclo Teatro por la IdentidadPor Alejandro Margulis

Si no hay nada que recordar, lo mejor es inventar nuestros propios recuerdos. Serán estos como mariposas pintadas con acuarela muy aguada pero nos darán la certeza, acaso inocua, de poseer un pasado imaginado. Eso pensaba yo hace diecisiete años (Ver Libro

El lunes tuve ocasión de estar presente en el estreno de ?Instrucciones para un coleccionista de mariposas? en el Teatro El Nudo. La obra fue escrita por Mariana Eva Pérez, nieta de Abuelas de Plaza de Mayo además de militante consecuente, y dirigida por Leonor Manso. La actriz era (es, porque la obra seguirá todos los lunes hasta el fin del ciclo Teatro por la Identidad) María Figueras. Me gustó mucho y en cierta forma completó aquella vieja idea: lo imaginado del pasado muerto puede revivir cuando se lo convierte en expresión de esperanza colectiva hacia el futuro.

Instrucciones de una hija

A la par que es escritora, Mariana Eva Pérez colabora en forma directa con el Archivo de la Memoria, emprendimiento riguroso y sistemático que desde fines de los 90 se organiza en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, y que consiste en entrevistar a la mayor cantidad de familiares vivos de los desaparecidos para que sus historias de vida (el quiénes fueron que la dictadura pretendió borrar) queden guardadas, cosa de que sus hijos puedan encontrar las bases de su identidad el día de mañana. Hasta hoy el Archivo de la Memoria ha reunido 1500 testimonios en todo el país.

En el filo de una de esas historias, testimonio presumiblemente macerado con la propia biografía de la autora, se desliza el relato-monólogo-diálogo a un ausente/presente que se escucha y se verá en el escenario todos los lunes. La narradora sale a enfrentar al público con una caja de madera cerrada por un vidrio donde hay una mariposa gigante, azul, que ella atrapó y trata de exhibir con rigor de entomóloga. En tanto la mueve frente a sus ojos y los del público, va desgranando su verdad, la de cientos como ella. Hija de desaparecidos, se encuentra ante la duda de si un joven que apareció recientemente es o no su hermano de sangre.

La expectativa de que sí lo sea pero también el rechazo visceral que le provoca la ideología de vida de éste (ella es para él ?una zurdita de mierda?; él es para ella ?un chico de Coyote?) arman la sustancia dramática en un contrapunto que tensa la cuerda de la cordura de quien lo entona. Poco a poco se va desprendiendo que entre los dos posibles hermanos hay muy poco en común, salvo los padres genéticos, probables. ¿Debe dar ella un cheque en blanco porque la ciencia lo dice? Ese es el cariz de las preguntas que plantea esta obra inteligente, lúcida y sin autocomplacencia ni autocompasión.

Con la pinza de la ausencia

¿Un escritor hijo de desaparecido es escritor por ser hijo de desaparecido? Es claro que no. De serlo, todos habrían escrito obras de teatro, cuentos o novelas. Un escritor es aquel que puede sufrir y verse sufriendo al mismo tiempo, y además narrarlo para otros. Mariana Eva Pérez conoce este apotegma de la creación literaria y por eso, creo, no tiene piedad con su propia historia.

Sabe, como dice su personaje refiriéndose a la falta del hermano durante la infancia, que, cuando se la reconoce, de la ausencia es de lo único que se puede escribir desde ese momento en adelante. En el relato de este descubrimiento y en la resolución que con la escritura le ha dado se construye el hilván de la trama, ciertamente frágil, como lo son las alas de su mariposa azul que siempre están en peligro de disolverse en el aire.

La obra se estructura despacio en la enumeración de la infancia que no se compartió. El muñeco de Pinocho (tan luego Pinocho, el mentor de la mentira), los hábitos de los abuelos, un sin fin de instancias cotidianas se le recuerdan a aquel que no estuvo. Si la patria siempre es la infancia, como dice Juan José Saer, es obvio que estos dos hermanos nunca tendrán la misma patria. El pasado no es común, sólo la sangre.

Mariposa del recuerdo

El amor y el odio se exhiben alternadamente, con dinámica veloz. Ella lo ama y lo necesita pero odia lo que los apropiadores han hecho de él. Y así como se pasa de un estado de ánimo al opuesto en un parpadeo, así la narradora sale del discurso vocativo hacia esa figura fraternalmente inquietante para flotar en el terreno de la metáfora: la mariposa capturada es hermosa pero está muerta, insinúa con poética aprensión el texto, pero sin dejar margen para la distracción o interpretaciones erróneas enseguida precisa, con toda claridad, lo insoportable de ?que él sea lo que más se le parece en la vida?.

Hay que asumirlo: el Rodolfito que ella sueña tener como hermano es una ?mariposa clavada?; en cambio el auténtico Rodolfo es ?el hijo de un milico que se llevó a los viejos?. ¿Hay que asumirlo? Ella, la que evoca, también interpela: ?qué mierda era ese?, dice, ?fervor montonero?. En la búsqueda de esa respuesta se juega su propia identidad política y ética. No hay respiro para quien carga con el peso de una paternidad así. Y sin embargo, lo que sí hay es ambivalencia, y que se muestre en escena salva a esta obra del panfleto. Porque ante la pregunta (¿biográfica?) que la hermana cuenta recibir de los periodistas y los curiosos ?si tiene esperanza de encontrar a su hermano- ella confiesa haber dicho que ?sí? para autojustificar su persistir militante.

?Porque si no, ¿qué hacía yo en Abuelas a la edad en que otras adolescentes tenían esperanzas más banales??, dice.

Invitar a la acción

Alan Pauls observa que Roberto Arlt hizo un gran descubrimiento al firmar sus aguafuertes con el nombre verdadero: el mejor seudónimo de un escritor es su propio nombre. Y bien, yo creo que relatos de hijos de desaparecidos como éste de ?Instrucciones para un coleccionista de mariposas? son herederos de aquella estrategia brillante. No importa al cabo saber si es o no ficción (es decir, invento) lo que estamos viendo en el escenario; lo que importa es que frente a realidades tan tremendas como una masacre genocida (acaso también cualquier tipo de abandono) el propio nombre real, la propia historia, se vuelve material de ficción. Entonces no vale la pena ponerse en detective de lo real. Lo único real es que la esperanza es ?terca? y que ?acosa mientras la sangre dice lo que tiene que decir?.

Cuando terminó la representación de la obra una Abuela de Plaza de Mayo, Alba Lanciloto, ocupó el lugar de la actriz y le recordó al público que la ausencia de los nietos no es patrimonio exclusivo de ellas sino de la sociedad en su conjunto: ?Los chicos nos faltan a todos; son piezas de un rompecabezas de toda la sociedad. Encontrarlos, a todos les pido. Mientras haya un chico sin identidad también está temblando la identidad del país. Les pido que se metan esto en el alma y en el corazón: sí, los chicos también son míos. Yo los tengo que buscar porque es mi obligación. Porque si no las Abuelas no los vamos a encontrar a todos?.

Lo dijo sin texto previo, conmovida e inspirada, rompiendo la naturaleza pasiva del espectador con una concreta invitación a la acción.

Publicado en Leedor el 26-8-2005