Feisal: Fin

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Al margen del noble trabajo de crear un espacio para la exhibición del cortometraje estudiantil, el material que durante tres días se mostró en el MALBA resultó, en general, decepcionante.Feisal: Algunas conclusiones

Por Julián Rimondino y Elizabeth Motta

?El cortometraje también es cine?. Esta frase, reivindicadora, justa incluso, se escribió en este mismo sitio hace sólo algunos días. Iniciaba el III Festival FEISAL, y los cortos exhibidos en la apertura eran prometedores, porque prometían una selección de igual calidad.
Antes de continuar, una aclaración. Una iniciativa como este festival es destacable y merece todo el aliento que se le pueda brindar. Crear un espacio para la exhibición para el cortometraje es indispensable y necesario. No se puede remarcar demasiado esto.
Ahora, bien, al margen de este noble trabajo, hay que hablar de los cortos que se exhibieron. Son trabajos curriculares. Están realizados por estudiantes. Se llevaron a cabo con escasos recursos y más buenas intenciones que condiciones a favor. En resumen, tenían todo en contra. Y, salvo raras veces, lograron superar los obstáculos.
La mayoría de los trabajos resultaron decepcionantes, incluso amateurs. Muchos encuadres y trabajos de montaje eran rudos y poco expresivos. Las actuaciones en todos los casos eran pésimas. Los directores que quisieron jugar con el tiempo, el espacio, la lógica y el orden de la narración resultaron confusos. La fotografía (y las copias exhibidas) eran pobres. Cuando los realizadores quisieron hacer citas culturales, resultaron forzadas e inverosímiles. Se nota que leyeron mucho y que vieron mucho cine, pero con eso se es crítico, no director. Cuando quisieron jugar con lo onírico y el relato, se encontraron queriendo poner el carro antes que el caballo. Las experimentaciones eran confusas y, en muchos casos, dejaban sin habla: resultaban incomprensibles.
No se trata de criticar y criticar hasta destruir el trabajo arduo de muchos estudiantes. Que sigan trabajando y mejorando. En todo caso, nos lleva más a cuestionar el trabajo de sus profesores. A plantear una pregunta preguntada muchas veces: ¿de qué sirve tener cientos y cientos de escuelas de cine si éstos son los resultados?
El problema parece incidir en el hecho de que los proyectos solían ser bastante ambiciosos. La consigna parecía ser: tocar grandes temáticas (por ejemplo La Guerra) o tocar los temas más banales de la manera más experimental posible, y empezar a rodar. Por supuesto que la realización de un cortometraje no es tan sencilla como eso, ya que el desafío que propone la realización de todo corto (transmitir o contar algo en pocos minutos y con poco presupuesto) supone una tarea tal vez más difícil que la que necesita un largometraje, precisamente porque propone pautas más estrictas. Es por esto, entonces, que la imaginación debe ocupar un lugar central dentro de este sector, y aunque no es tarea fácil, parece ser la primer pauta que tienen que superar los realizadores, previa a la búsqueda de temas y mensajes. Habría que pensar en que mirada se puede proponer con respecto a los diferentes temas, y a partir de allí empezar a trabajar.
Hubo, de hecho, trabajos dignos de mención. Pero en la mayoría de los casos no resultaron por fuera del juego, de la prueba, del ensayo. Si son productos hechos ?para probar?, ?para ver?, ?para intentar por primera vez?, ¿cuál es el sentido de mostrarlos al público? El público (y la crítica) no va a tener el mismo ojo que el profesor, va a pretender otra cosa. La reticencia a los cortometrajes y los trabajos de estudiantes queda explicada: sólo exhibiendo los trabajos acabados se puede ganar algo de respeto.

Publicado en Leedor el 27-6-2005