Señora Macbeth

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El infructuoso recorrido de un éxito: Cristina Banegas habla en este reportaje de Lavaca.org del caso Señora Macbeth, un caso de política cultural.Conversación con Cristina Banegas
Señora Macbeth, con premio y sin escenario

Acaba de ganar el prestigioso premio María Guerrero por su actuación en La Señora Macbeth, una resignificación del clásico de Shakespeare realizada por la mayor maestra argentina de dramaturgia, Griselda Gambaro y dirigida por Pompeyo Audivert. La obra fue el más exitoso suceso de público del teatro independiente de la temporada 2004, pero cuando la cooperativa quiso mejorar las condiciones de contratación se quedó sin la sala del Centro Cultural de la Cooperación. Este verano, el Teatro Nacional Cervantes aceptó incluirla en su programación durante dos meses, comprometiéndose de palabra a sostenerla durante todo el año, pero no cumplió. Hoy Señora Macbeth no tiene quién la cobije. Sólo podrá verse en cuatro funciones excepcionales en el mes de septiembre durante el Festival Internacional de Teatro de Buenos Aires en el Teatro Margarita Xirgu, cuyo alquiler pagarán Banegas y compañía.

Banegas habla de las políticas culturales de los espacios teatrales porteños que generan estas aberraciones. Lo hace en su casa de Palermo donde nos recibe una semana antes de saber que ganaría el María Guerrero, a pocos días de haber vuelto de Rosario, donde llevó la obra y confesó haber recibido la mayor ovación de su vida. Lo hace en una larga charla que se interrumpe por los llamados telefónicos apurados por la puesta de una nueva obra que acaba de estrenar, un infantil escrito y dirigido por ella, El País de las brujas. Nos invita a sentarnos a la enorme mesa donde se apilan sus recortes, sus apuntes, sus diarios, su agenda, su celular y que está al lado de otra mesa, el verdadero escritorio, un pedazo de madera abandonado. Pero la mesa grande, la de comer, es donde Banegas encuentra su centro, uno de los cobijos de su casa enorme y exquisita. Y desde allí, con vistas a la cocina y al jardín, dispara.

-¿Cómo es la política cultural del Centro Cultural de la Cooperación (CCC)?
-El CCC te da un subsidio que, si te va bien lo devolvés, y que si que no te va bien no devolvés y te vas. Es decir: no sostienen nada que no sea exitoso, lo cual ya para una política cultural de un teatro independiente es muy cuestionable. Segundo deciden un precio de entrada popular, que me parece bárbaro, sobre todo porque ellos son un banco, el Credicoop, uno de los cinco bancos más fuertes de la Argentina. O sea que tienen plata , lo que es más que evidente porque hicieron un edificio que costó alrededor de 6 millones de dólares. Pero ni siquiera sostienen algo exitoso porque la obra de la cooperativa de la Señora Macbeth fue un éxito y no la sostuvieron.

-¿Qué sucedió concretamente?
-Vos hacés con ellos un arreglo por dos meses y a nosotros nos fue muy bien en esos dos meses, llenábamos casi todas las funciones. Había colas hasta “La Paz” (se refiere al mítico bar de Corrientes y Montevideo, a algo más de 50 metros del CCC). Al irnos tan bien pudimos devolver el préstamo enseguida. Eran 10 mil pesos, no era una fortuna, como te imaginarás. Al día siguiente de la devolución les dijimos que nuestra obra era un éxito y que nos gustaría rever las condiciones, que queríamos seguir hasta fin de año pero cambiando los términos de los porcentajes, por ejemplo. Aceptaron que nos quedáramos pero con respecto a la nueva temporada nos dijeron que lo iban a pensar. Lo que no dejó de causarnos cierta gracia además de bastante indignación. A todos los demás pedidos dijeron que no. Por supuesto no pudimos cambiar los porcentajes.

Cuándo te referís a porcentajes, de qué números estás hablando?
La cooperativa de la obra se quedaba con el 70 por ciento y el CCC con el 30. A todo esto no contemos que nadie nos pagó el año y medio de ensayo que hicimos en el estudio de Pompeyo. Nos parecía que había que cambiar los porcentajes, nos parecía muy razonable que haciendo un éxito hiciéramos alguna pequeña moneda, pero no hubo manera de cambiarlos.
En el CCC la entrada costaba 10 pesos y el 12 por ciento iba a Argentores porque es una obra con música y de ahí, el 70 por ciento es a repartir entre actores, técnicos y demás, con una sala que tiene 160 localidades de las cuales cobrás sólo 140 porque 20 van a la cartelera, que es con lo que pagás para solventar las carteleras de los diarios, con lo cual hacé cuentas. No nos quedaba nada. A mí, entre el taxi de ida y el taxi de vuelta en una función para hacer ese personaje que se enchastra todo de sudor y lágrimas, a mí, llenando todas las funciones la sala, me quedaba plata para comprarme el rimel. Y te repito, así, sólo a sala llena, reventando, con cola hasta La Paz.

-¿Que debería haber hecho el CCC que no hizo?

-Deberían o haber cambiado el porcentaje o sponsorearnos u organizarnos tours por el país a través de sus redes de cooperativas. Ellos son el Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos. No se puede comportar como si fuesen mi taller, El Excéntrico de la 18. Nosotros somos un kiosco; ellos son una megainstutición, llena de dinero, que se montaron un edificio carísimo en plena calle Corrientes frente al edificio que es el teatro de la ciudad, hablo del San Martín, claro. Nosotros no podemos compararnos con ese poder, no lo tenemos. No tenemos ninguna capacidad de gestión para nada más que no sea montar la obra y que esta haga su camino con el público. Pero ellos, un centro cultural que se supone que es independiente, que tiene un banco atrás, son incapaces de pensar una política cultural para distintos productos culturales, no tienen estrategias diferenciadas. Si nos hubiesen cambiado las condiciones, podríamos haber seguido un año más allí y hubiese sido quizá la mejor solución para todos. Pero eso no sucedió.

-¿Por qué se quedaron ahí si no les resultaba conveniente?
-Buenos Aires es una ciudad con una actividad teatral monstruosa y no es fácil cambiar de barco en el medio de la temporada. Por eso nos quedamos en el CCC hasta diciembre pero pensando en movernos el próximo año. Por otra parte, preferíamos hacer la obra aún en condiciones perjudiciales para mostrarla, para que se instale en el público. Siempre era mejor hacerla que quedarnos en nuestras casas.

-¿Qué le reprochás al CCC?

-Si uno hace un éxito, ellos tienen que tener una alternativa, no te pueden bajar a los dos meses o imponerte las peores condiciones donde se aprovechan claramente de tu trabajo. En mis 38 años de carrera es una de las poquísimas veces que hice una obra a sala llena y que logramos mantener durante dos temporadas, gracias a nuestros esfuerzos y a pesar de todos los inconvenientes.

-Consiguieron el Cervantes para el 2005, ¿qué sucedió allí?
-El acuerdo con el Cervantes fue muy bueno en un principio. Hicimos un contrato por dos meses. Empezamos a finales de febrero y terminábamos en abril, cuando ellos abrían la temporada. Y nos empezó a ir muy bien. Llenábamos el teatro. Hacía mucho tiempo que eso no pasaba, hacía mucho tiempo que no iba gente al paraíso, hablando sólo del Cervantes, claro. Coincidimos tres semanas con la obra que abría la programación de abril, Numancia, y por las condiciones técnicas de Numancia y por las de La Señora Macbeth donde hay una diagonal de luz y tres sillas, o sea es una cámara negra, el cambio entre obra y obra tardaba menos de 15 minutos. Fui testigo, yo estaba ahí muy atenta y además lo corroboró la jefa de escenario. El Cervantes se había comprometido a que si nos iba bien de público podíamos seguir en un horario alternativo, tipo 7 u 8 de la noche y nosotros pensábamos que era una buena propuesta. Pero no, faltaron a su palabra y nos dijeron que nos teníamos que ir al cumplir los dos meses de contrato inicial.

-¿Quién dijo no podían seguir?
-La dirección del Teatro Cervantes.

-¿Quiénes exactamente?
– Eva Halac y Julio Bacaro. Ellos insistieron con la necesidad del escenario, con argumentos que no cerraban. Aunque cuando se les hizo un agujero en la programación nos llamaron y estuvimos hasta principios de junio tres semanas más llenando de nuevo. Es todo bastante contradictorio. Finalmente les llenamos el verano y el agujero del otoño y después nos dejaron afuera. Esto no está bien, implica parar, volver, le da discontinuidad a la obra. La gente ya no sabe si sigue en cartel o no. Es todo muy desprolijo, pero si queríamos mostrar nuestro trabajo teníamos que aceptar y siempre preferimos hacer la obra a quedarnos en nuestras casas. Además nos habían asegurado que íbamos a poder hacer las funciones para el Festival Internacional en septiembre, allí, en el Cervantes. Pero eso tampoco fue posible.

-¿Por qué no?
-Porque nos daban dos funciones y no cuatro, después accedieron a darnos tres y nos hartamos y dijimos que no. ¿Cómo nos vamos a perder una función en un festival internacional? Es una locura. Entonces nos pusimos a buscar otro teatro. Para el festival , conseguimos el Margarita Xirgu, al que debemos pagarle por cada función y además alquilar luces porque el Xirgu está desprovisto de todo.

-¿Cuál sería, según vos, una política cultural adecuada?
-Yo no soy la que debería pensar en eso, soy una actriz y autora, no soy la que tiene que diseñar una política cultural. Sería poco serio si me atreviese a hablar sobre cómo diseñarla, para eso hay que estudiar mucho, saber de gestión cultural. Lo único que sé es que como ellos lo hacen no está bien. Es evidente que no funciona. No se puede programar el Teatro Cervantes, el teatro de toda la Nación, de la Nación Argentina, como si fuese un telo, como por turnos. Dos meses cada obra y a la calle. Así no.

Esta entrevista es gentileza de Lavaca.org

Nota relacionada: Políticas Culturales, nota de María del Carmen Romano

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Publicado en Leedor el 25-6-2005