Melinda y Melinda

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Una joven recientemente divorciada buscará el amor entre los hombres que sus amigos le presentan, en la nueva película de Woody Allen.Viendo doble

Por Julián Rimondino

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Cada nueva película de Woody Allen renueva la discusión sobre si ha perdido o no su forma. Es más: cada nueva película es vista como una oportunidad que se le da de redimirse y regresar a las glorias de los films que realizó en los ?80. Pero, para ser francos, Woody Allen ya está más allá del bien y del mal.

Una película de Allen no va a ser aburrida. Ni va a estar mal narrada. El elenco va estar impecable, el guión va a funcionar como un reloj, la fotografía va a ser delicada y precisa, la música va a ser correcta y apropiada. Y todas las marcas de autor van a estar ahí: los títulos de letras blancas sobre fondo negro, Nueva York, Gershwin, la neurosis urbana… Todo lo que es aprendimos a amar y ahora esperamos de Woody Allen.

Melinda y Melinda no es la excepción, y contiene todo aquello que se le esperaba. Y es, también, la prueba de Allen juega con el relato y la estética de sus films en cada oportunidad. Ya filmó con cámara en mano, en blanco y negro, con los personajes mirando a cámara; ya probó con películas corales, con saltos en el tiempo, con juegos entre la realidad y la ficción. En cierta medida, ya lo ha hecho todo. Él lo sabe, y nosotros también: entonces, nos sentamos en el cine a que nos deslumbre con lo que sabe hacer.

Esta vez, Allen juega con dos historias que, en realidad son una. Dos dramaturgos, una lluviosa noche, discuten sobre la esencia de la vida: ¿es trágica o cómica? Y, partir de la misma historia, desarrollan una ligera comedia romántica, uno, y un profundo y pesimista drama, el otro. Ambas historias son la historia de Melinda (Radha Mitchell), que interrumpe una cena de sus amigos Laurel (Chlöe Sevigny) y Lee (Jonny Lee Miller), en el drama, y la de sus vecinos Susan (Amanda Peet) y Hobie (Will Ferrel) en la comedia. De ahí en más, Melinda, recientemente divorciada, buscará el amor entre los hombres que sus amigos le presentan, mientras la comedia y el drama se intercalan a lo largo del metraje.
La(s) historia(s), en sí misma, no es nada del otro mundo. Ninguna de las dos alcanza los picos de dramatismo y profundidad que Woody Allen logró, en el drama, con películas como Interiores, y en la comedia, con Hannah y sus hermanas. Pero Melinda y Melinda es puro Woody, y, francamente, nada negativo se le puede achacar.

Primero que nada, el casting es ideal. Mitchell construye a sus dos Melindas con habilidad y desenvolvimiento; Sevigny da todo el dramatismo que posee a su Laurel; y Peet y Ferrel resultan divertidos, ágiles y encantadores. Como siempre, Allen logra una naturalidad, una comodidad de sus actores en los personajes que interpretan que parece que los vinieran encarnando desde siempre.
Momentos aburridos no hay, situaciones innecesarias tampoco, nada sobra y nada falta. Melinda y Melinda, hacia el final, se transforma en un alegre tratado sobre la naturaleza de la existencia humana, y afirma que todo es relativo. El equilibrio, entonces, parece estar en las comedias dramáticas (confuso género) que Allen supo hacer, y que aquí parte en dos.

Melinda y Melinda se ve con plácida calma, disfrutando de la alegría siempre efervescente de ver, como cada año, una nueva película de Woody Allen. Como sucede con todos los maestros del cine, las películas de su madurez ya no son los hitos impresionantes de experimentación y novedad que supieron ser sus trabajos en años anteriores. Lo que antes era nuevo, hoy es convención: no hay nada de malo en eso, tan sólo que Allen ha sido estudiado, adorado y analizado hasta el cansancio. No podemos esperar que Melinda y Melinda nos resulte tan cautivadora y deslumbrante como otras películas de Allen, porque ya le conocemos los trucos.

Porque, como La vida y todo lo demás, como Ladrones de medio pelo, como La mirada de los otros, Melinda y Melinda es una película de quien ya ha hecho escuela, quien ya ha probado con todo, y ahora se dedica a divertirse con el cine. Y a divertirnos a nosotros.

Publicado en Leedor el 16-5-2005