Dagas voladoras

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En La casa de las dagas voladoras se pelea mucho, los protagonistas lloran y sufren a raudales, y el director demuestra que puede hacer lo que quiera con la cámara.La imagen, por sobre todo

Por Julián Rimondino

El exceso visual, el melodrama descarnado y la primacía del choque visual ante todo no son privativas exclusivas de Baz Luhrmann y su Moulin Rouge. Zhang Yimou, ?el director favorito? del gobierno chino, y también el cineasta con mayor proyección internacional de ese inmenso país, es su equivalente oriental. Cualquier duda la he despejado completamente La casa de las dagas voladoras, tan superficial, vacua y entretenida como el musical del australiano.

Aquí no hay cabaret ni artistas bohemios a principios de siglo, pero si un soldado del emperador que, en el siglo IX, toma como propia la causa del Estado: asesinar al líder las Dagas Voladoras, escurridiza banda de ladrones al mejor estilo Robin Hood. Con su hábil manejo del arco y la flecha, más la compañía de la hija ciega del anterior líder (ya eliminado por el gobierno ?corrupto y decadente?, como se indica en los títulos iniciales), la historia de Yimou pronto deja la intriga y el suspenso para dar paso a un melodrama romántico donde un amante despechado, una jovencita (no tan) virginal y un bienintencionado joven conforman el trágico triángulo, motor para la tragedia.

Y si Luhrmann contaba con números musicales aparatosos y totalmente grandilocuentes (pero igualmente apabullantes) para intercalar entre los vaivenes de sus enamorados, Yimou cuenta con elaboradas y fantasiosas batallas donde los cuchillos vuelan, las acrobacias abundan y la gente camina por las copas del árboles, en lo que (de Matrix en adelante) se ha convertido en la más clásica convención del cine de acción oriental. Hay aquí un director que filma con maestría, conocimiento e inventiva, que cautiva con una fotografía delicada y pintoresca, con una trabajada edición de sonido, con un elaborado y vigoroso montaje (pero no de videoclip, lo que el ojo agradece), y una historia para llorar bastante sencilla y sin demasiadas novedades.

Porque, al fin y al cabo, la trama es poco importante. Basta con que sea la excusa para las coreográficas peleas con los increíbles bosques chinos de fondo. Y no es que eso sea algo malo: la simpleza de la historia, sencillamente, es una decisión estética como cualquier otra, y aquí se ha decidido privilegiar el despliegue visual por sobre cualquier otra cosa.

En todo caso, lo que sí se puede criticar son las excesivas vueltas de tuerca de la historia. Pero, francamente, poco importan a la hora de hablar del producto final. La casa de las dagas voladoras es una película donde se pelea mucho, los protagonistas lloran y sufren a raudales, y el director demuestra que puede hacer lo que quiera con la cámara.

(Una lectura política del film resultaría poco enriquecedora: los compromisos ideológicos y el enfrentamiento entre Estado decadente y bandidos caritativos es meramente un marco para la historia de amor, que fácilmente podría ser cualquier otro. Lo que hay aquí es mucho entretenimiento, aún más pericia técnica y poco más.)

Publicado en Leedor el 15-5-2005