La vida es un milagro

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Vidas de serbios, vidas de bosnios, vidas de burros, vidas de perros. Hasta los objetos inanimados tienen algo que contar en esta película de Emir Kusturica que viene a renovar, en hora buena, la cartelera porteña.Por Sebastián Russo

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¿Hay -ya- un cine kusturica? Rapidamente se podría decir: sí. Así como, al menos en Buenos Aires, se reconocería una música kusturica (de hecho hay fiestas kusturicas, a la que asisten una mezcla de neocircenses y neopunkies como fauna predominante) Un nombre propio vuelto adjetivo nos vendría a hablar de un estilo: elementos que conforman un sello personal. Así, creo, se presentan dos cuestiones para intentar hablar del cine de Emir Kusturica (aunque en realidad mi idea era sólo hablar de su último film, La vida es un milagro, pero en este imperioso/necesario desplazamiento, de lo particular a lo general, se vería denotada quizás la caracterísitica de su cine, veremos?) Decía que el cine de Kusturica podría pensarse desde, al menos, dos aspectos: el mencionado tono kusturica, en relación con un cierto sello -estilo- cinematográfico (el que hace difícil hablar de -pensar en- un film suyo sin hablar de los otros), y por otro lado la omnipresente y singular música de su cine. Nada nuevo estoy diciendo, pero no tan común tampoco es encontrar un realizador que haya conformado un estilo tan distinguible (quizás el ejemplo contemporáneo paradigmático sea Quentin Tarantino, en donde también un estilo filmico se nutre -constituye- desde una banda de sonido, con capacidad ésta a su vez de seguir viaje por propia cuenta)

Un estilo fílmico kusturica? una música kusturica? un ensamble inescindible que conforma una marca, un estigma. Sello que no por redundante deja de estimular, conmover, excitar. Porque si hay algo que caracteriza a las peliculas de este yugoslavo hiperquinético, es un cúmulo (no poco previsible) de sensaciones a las que uno (espectador) se verá sometido. Un cine vital, tonificante, vigoroso. Historias en donde la acción, la sensación (siempre a priori de la reflexión) priman, y en carácter de exceso, de excedente. Un derroche de palabras, toqueteos, golpes, colores, animales y música (como purga expiatoria), acompañan (intentan estructurar) vidas suscritas en la tragedia. La vida es soportada/gozada en un mismo fluir experiencial.

Tengo que (debo) hablar de La vida es un milagro, el ultimo film de Emir Kusturica. Hablar, tratar de explicar con palabras el caos sensorial con el que Emir acostumbra a expresarse. Un entramado vivencial/visceral que mixtura vidas de serbios, con vidas de bosnios, con vidas de burros, con vidas de perros, hasta los objetos inanimados también tienen algo que contar, volviéndose una mezcla surrealista o hiperrealista de vidas amuchadas, apelotonadas. Pero hay una historia. Entre tanto amasijo sensorial, una historia se intenta relatar. Una historia de amor. Un amor que las diferencias étnico/religiosas en la Yugoslavia de los 90 impiden y castigan. Porque el escenario vuelve a ser la guerra. Como había ocurrido en Underground, la (misma) guerra es marco. ¿Pero es que acaso una guerra (una vida) sólo tiene una forma de contarse? Una guerra relatada desde sus consecuencias, desde un fuera de campo que la hace omnipresente, y así abrumadora, angustiante, inescapable. Nunca se verá una bomba caer, un hombre morir por un disparo, sólo (¿sólo?) se escucharán las bombas caer, los disparos consumarse. Y la vida (que siempre fluye, en ética kusturicense), se abrirá camino entre el miedo, la inescrupulosidad, el dolor. La comida seguirá llegando a la mesa, y los rituales familiares no se abandonarán, a pesar que partes del techo caigan sobre la sopa, o la luz parpadee tras cada bomba caída cerca (cada vez más cerca) Una decisión (la de relatar la guerra sin guerra evidente) que produce efectos contundentes a la hora de vivenciar un estado de guerra. Porque es la cotidianeidad la afectada, aunque no del todo (y puede ser este corrimiento relativo -no absoluto, como en películas bélicas que nos abandonan en medio del campo de batalla- el que produce mayor incomodidad, mayor tensión, mayor afección)

Y entre bomba y bomba, la música, el baile, la pasión. Instancias trágicas, rápidamente conjuradas por el sonido de un trombón, o de una trompeta, que teñirá las escenas de relatividad, de confusión afectiva. Uno puede encontrarse disfrutando musicalmente de una escena de aguda pena. O lamentando, sufriendo una dicha que se percibe efímera, milagrosa. Y es que así es el tono kusturica, en ésta, aquella y aquella otra de sus películas, o sea, así es el cine kusturica: excacerbado, arbitrario, mixturado.

¿Que se repite? Sí, ¿y? ¿Acaso, hacer el amor es aburrido?

Sebastián Russo