Políticas culturales

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¿Modifican las políticas el estado de ánimo estético-cultural.? ¿Existe un factor de influencia de la política sobre las actividades estético-culturales de la sociedad?. En su segunda nota, María del Carmen Romano analiza el fenómeno en la Argentina.Políticas Culturales

Por María del Carmen Romano
Instituto de Políticas Culturales
Universidad Nacional de Tres de Febrero.
Argentina

Hemos precedido este trabajo con una serie de afirmaciones casi temerarias, hablamos de estado de ánimo estético cultural, de la influencia de las políticas generales y de cierta condición superflua de las dichas políticas.

En defensa de estas opiniones, tomaremos como ejemplo los avatares políticos de nuestra historia en los últimos 30 años. Elegimos este período dado que entendemos que el grueso de los lectores, o lo han vivido, o lo conocen en consecuencia de su educación. Una afirmación con la que coincidirá hasta el lector más inexperto en este período elegido, es la que sostiene que en todos estos años no existió una política cultural coherente y continua; y no nos referimos a continuidad de todo el período, sino continúa en cada uno de los gobiernos que ejercieron el poder en este período. A pesar de ello, durante cada uno de dichos gobiernos y por influencia de sus políticas, la vida estético-cultural de nuestra sociedad se modificó notable y esencialmente.
Esto se debe sin duda, a que el sesgo ideológico que impregnaba sus políticas generales impresionó, a través de ellas, tan fuerte en el estado de ánimo estético-cultural, que generó modificaciones sustanciales en ese sentido, en la vida de nuestra sociedad, generalmente con la tendencia esperable a esos sesgos ideológicos.
Una curiosidad la plantea el gobierno del Proceso que con su carga de violencia, represión y terror generalizado, produjo en la sociedad un estado de ánimo estético-cultural, visible en la producción estético-cultural y en la orientación de sus actores, muy similar a lo de los 10 años del Menemismo, en los que actuaba un gobierno de reconocido respeto a las libertades civiles.
Esto se debe, a nuestro entender, a que la identidad ideológica de estos dos gobiernos, aparentemente, de estrategias políticas tan disímiles , impresionaron sobre el estado de ánimo estético-cultural de la sociedad, en el mismo sentido; logrando similitud de resultados. Este pequeño ejemplo, que por la extensión de síntesis del presente trabajo traemos en solitario, creemos que aproxima, a esta hipótesis aquí sostenida, a los suburbios profundos de la corroboración.
Afirmamos hasta aquí, que son las políticas generales los vehículos ideológicos que terminaron orientando el mundo estético-cultural de una sociedad, y que desde el punto de vista ideológico despliegan políticas específicas dirigidas al campo de la cultura es objetivamente superfluo; es entonces el momento de preguntarnos si, ¿deben existir políticas específicas estético-culturales y actores que obren en su ejecución?.
Creemos que los argumentos que hemos sostenido en los títulos anteriores podrían incidir erróneamente al lector a sospechar nuestra respuesta negativa; pero con absoluta conciencia de la posibilidad de ser acusados, en el mejor de los casos, de sostener un discurso contradictorio; diremos calurosamente que si por muchas y determinadas razones.
En primer lugar, la argumentación expuesta es lo suficientemente persuasiva como para formar en el lector, la convicción sobre la importancia que tiene la producción estético-cultural en la generación de riqueza, que hace a las necesidades materiales de toda la sociedad. Paradójicamente lo que alimenta el espíritu también contribuye en buena medida a la alimentación del cuerpo.
Coincidiremos seguramente, en que debe ser objetivamente el fin de todo gobierno o administración estatal, el de trabajar lo más eficazmente posible en la consecución del bienestar material de la sociedad que lidera; y si la producción de bienes estético-culturales y el mercado que conlleva son un factor de enriquecimiento para la sociedad sin lugar a dudas, el gobierno del Estado debe prestar mucha atención a la labor de diseñar y poner en práctica políticas tendientes a la no obstaculización de esta actividad, su decidido fomento y enriquecimiento de sus posibilidades.
No es el fin de este trabajo inmiscuirse en el debate sobre cuáles deben ser estas políticas, pero citaremos algunas ideas producto del más grosero sentido común.
En primer lugar, diremos que el mercado estético-cultural, puede, a fines prácticos, subdividirse en dos grandes submercados: el de aquellos bienes producidos por nuestra sociedad y el de producción exótica. Hasta el más fanático de esta nueva y perniciosa superstición de moda, comúnmente llamado neoliberalismo, comprenderá que es absurdo comparar el producido de la expresión del espíritu humano como son aquellos que se vuelcan al mercado estético-cultural, con porotos, lavarropas, o heladeras. La apertura del mercado general de bienes y Servicios, produjo el empobrecimiento y hasta la muerte por desnutrición de los miembros socialmente más débiles de nuestra sociedad, sumiéndola a toda ella, en una vacía y canallesca autocontemplación umbilical, de la que emergió atónito con el retumbar de la crisis del 2002, como quién despierta de una pesadilla entre las ruinas de su dormitorio.
Nadie, salvo un místico, se expresa en el desierto. Necesitamos de semejantes que frente a nuestra expresión, compadezca a nuestro espíritu; y si se satura este mercado con bienes exóticos, estamos condenando a nuestros artistas y artesanos a dicho desierto; y es por esto que la protección de éste mercado no solo se funda en razones económicas sino también humanitarias.
Si tomamos expresiones estético-culturales exóticas con la carga de prestigio que el propio exotismo conlleva, y agregamos además, que éstas provengan de países opulentos, con el prestigio que la opulencia conlleva, y lo sumamos a una pequeña inversión publicitaria, cerrando un andamiaje de prestigio sólido; podemos en pocos años reducir el mercado de consumo de producción local a dimensiones antieconómicas, sumiendo a nuestros artistas y artesanos en el silencio.
Esta situación acarrea en el mediano y largo plazo un malestar social provocado por la disolución de la autoestima de la propia sociedad, que termina quebrando su espíritu envolviéndola en una apatía que obra en dirección de su disolución.
Al evidenciarse esta situación, aparecen generalmente gobiernos de signo ideológico que coinciden con la importancia de revertir este estado de cosas, para lo que deberá desplegar denodados esfuerzos e importantes inversiones de partidas presupuestarias, sumiendo como hemos comprobado al acercarnos a nuestra historia, y a la que de muchísimos países periféricos, a las sociedades, en inconducentes ciclos, que terminaron desgastando aún más la vitalidad social de estos países.
Es por esto, que proponemos apartar el mercado estético-cultural, de toda especulación económica general, reconociéndole a este un status particular, diferenciado de los mercados tradicionales en función de su intima relación con el espíritu y la salud mental de la sociedad; por lo que no puede dejarse al vaivén del juego de los mercados.
Nada más lejos de nuestra intención, que el de propiciar políticas chauvinistas, sino la defensa del espacio del mercado de la producción local, en atención a los beneficios económicos y psíquicos de la sociedad. Un cierre indiscriminado del mercado sumiría a la sociedad, en un provincianismo absurdo, que debilitaría la calidad de la producción, así como la de la apreciación. Es por ello, la complejidad del diseño y aplicación de las políticas estético-culturales, las que requieren de agentes con experiencia, imaginación e inteligencia, para conducirlas de forma tal de recoger sus beneficios sin cosechar los males de sus extremos.
No solo la protección es una política deseable, sino también su fomento; el que se logra mediante la construcción de andamiajes de prestigio que lo contengan y lo proyecten difundido correctamente a través de los canales de difusión y educación. Entendemos que es el prestigio lo que hace deseable el consumo de los productos estético-culturales, y es función de los encargados del diseño y aplicación de las políticas estético-culturales, quiénes deben ser los encargados de munir a la producción propia de la sociedad del prestigio necesario para hacer deseable el consumo.
Toda sociedad se mueve a través de fuerzas contradictorias, que la dominan; si bien la fuerza que procura la innovación que la impulsa a las novedades y da un lugar de privilegio a las vanguardias es muy fuerte, también lo son los lazos que mediante la fuerza de la lealtad, atan su espíritu con el pasado.
Alguien dijo que la tradición es la expresión democrática más completa y abarcadora, ya que, por ella, no solo se expresan los vivos, sino que al igual que en la política de la Provincia de Buenos Aires (esto último es agregado propio), también se expresan los muertos.
La Tradición es el lugar desde donde las sociedades toman fuerzas y se apoyan para impulsarse hacia las novedades que les depara el futuro. Del pasado las sociedades toman los elementos para construir su identidad y conformar así su autoestima. Es en el pasado, donde se encuentran los elementos que conforman el orgullo de las sociedades, como así también es el objeto más brillante que atrae la atención del ojo exótico, siendo el fundamento que toma el otro, para conformar su imagen como sociedad.
Esta imagen ajena es a veces tan fuerte, que contribuye de manera determinante también, en la formación de la imagen que cada sociedad tiene de sí misma.
El pasado debe permanecer vivo y permanece vivo en la memoria y en el corazón de los miembros actuales de las sociedades y son los elementos culturales de ese pasado, lo que más fuertemente lo amarran a dichas mentes y corazones. La protección de aquellos elementos que hacen del patrimonio cultural de una Sociedad, es la forma más eficaz de asegurarle una autoestima sana y pujante, de lo contrario las sociedades caerán en la alineación de la autodesvalorización, y la búsqueda estéril de los valores culturales lo suficientemente prestigiosos, para llamar su atención. Estos nunca serán los mismos en todos los individuos, que sin raíces culturales a la vista, buscarán su fundamento de prestigio por sus particularidades psicológicas y por sus historias personales, llevando a sus sociedades a la fragmentación y disolución como ente sistémico.
Asimismo, como ya hemos dicho, estos elementos que conformen el patrimonio cultural de cada sociedad son, por lo general, los mismos que despierten el interés de quiénes consumen en los mercados extranjeros, siendo generalmente lo más propio y personal de una sociedad lo que concurrirá como oferta al mercado estético-cultural Internacional, la desprotección del patrimonio cultural, es la desprotección de la fuerza que genera la producción de aquellos bienes estéticos-culturales con mayor posibilidades de exportación.
Asimismo, vivimos en la actualidad un auge sin precedentes en el mundo de la actividad turística. Sabemos que existen países centrales que le deben a ésta actividad, una gran parte de sus PBI; siendo esos países quiénes más se preocupan por la protección de sus patrimonios culturales.
Nuestro país está comenzando a despertar el interés turístico del mundo. Siendo más allá de sus atractivos geográficos, los elementos que conforman nuestro patrimonio cultural aquellos que causan mayor atracción para los demandantes de dichos mercados turísticos.
Nos estamos dando cuenta que un alfarero del Noroeste Argentino es tan importante como un parque Nacional; así como lo es un lugar de tango, o las particularidades edilicias de nuestras ciudades. Jamás hemos tenido una política seria y consistente de protección y fomento de estos bienes probadamente también comercializables en divisas. Hoy por primera vez, nos estamos dando cuenta de esta realidad y se están implementando las primeras políticas serias de protección y fomento; políticas que por nuestra falta de experiencia en e l tema y por ser las primeras , se asemejan a manotazos de ahogados.
Esperamos que con el tiempo y la experiencia se consoliden en eficacia y eficiencia.

Durante los últimos años fueron un lugar común reflexiones tales como; que es el mercado quién debe determinar los tipos de expresión que han de prevalecer en una sociedad; y que evitar la muerte y desaparición de cualquiera de estas expresiones mediante políticas públicas, no es más que un despilfarro de recursos presupuestarios animados, no por el uso de la razón de la cosa pública, sino por pautas ideológicas inspiradas en un chauvinismo estéril y en el ejercicio de un sentimentalismo irracional.
Es muy probable, que éste razonamiento pueda seducir a muchos, y que fue este el espíritu que prevaleció en las políticas estético-culturales durante la década pasada. Sin embargo, por más voluntades que este tipo de razonamiento pueda seducir es completamente falso y como consecuencia de él, muchas sociedades han perdido valiosas oportunidades de enriquecerse, y la nuestra fue una de ellas.
Tomemos por ejemplo, el caso paradigmático de las políticas estético-culturales implementadas por los diversos gobiernos irlandeses, en forma consistente desde hace casi un siglo. Bajo la mirada burlona del resto de sus vecinos, el estado Irlandés hacía denodados esfuerzos y comprometía múltiples recursos en el fomento y fortalecimiento de su tradición gaélica, después de siglos de dominación extranjera; la que le impuso la transculturación a su pueblo hacia un modelo cultural muchísimo más prestigioso en el resto del mundo. De algunos años a esta parte, el mundo ha descubierto la belleza y la capacidad de seducción de esa tradición cultural, generándose una corriente de consumo de sus productos tan importante, que muchos países que compartían raíces culturales reales o míticas con el pueblo irlandés, se apresuraron a elaborar políticas de rescate de éstas. Países como Inglaterra, Francia, Italia, España, etc, no quisieron quedar afuera de tan pingüe negocio.

Otro caso de resultado inverso es el nuestro. La Ciudad de Buenos Aires generó un movimiento cultural tan auténtico y rico, que terminó siendo el rostro por lo que el mundo la identificaba: el tango. A partir de los años 60, la comunidad cultural porteña fue víctima de Políticas Internacionales comerciales de standarización cultural; dichas políticas por las particularidades históricas del momento que atravesaba el país, tuvieron un éxito arrollador, a tal punto que llevaron a las expresiones culturales derivadas del tango al límite de su extinción.
Hace algunos años, el mundo comenzó a expresar un marcado interés por el tango, y si bien, éste se había arraigado con mayor o menor éxito en otras sociedades, como el caso de Japón y Finlandia; uno de los elementos en el que el mundo coincidía formaba parte de la alteridad tanguera, era el de la porteñidad.
Muchos volvieron sus caras a Buenos Aires en su búsqueda, y encontraron a un grupo de ancianos, intentando sobrevivir en un mar de completa de incomprensión.
En la actualidad, un puñado de erráticas políticas estético-culturales, sumadas al interés de los productores locales incentivados por la demanda extranjera, contribuyeron a la conformación de un menú porteño destinado al mercado internacional, pero absolutamente insuficiente por el nivel de la demanda real y potencial, por lo que nuestra sociedad ha perdido gran parte de la posibilidad de enriquecimientoque, por la falta de previsión y el fomento de las expresiones estético-culturales propias pudo haber gozado.
Otras de las falacias que tenemos que soportar emanadas de usinas ideológizadas, pero divorciadas completamente de la sana observación de los fenómenos sociales y políticos, es la de algunas apreciaciones profusamente difundidas sobre el fenómeno denominado globalización.
Desde fines de los 80, venimos oyendo que la globalización, una fuerza despertada por la aparición de nuevas tecnologías, desencadenaría un vendaval homogeneizador de los mercados estético-culturales, que arrasaría con todas las expresiones particulares, siendo inútil y temeraria su resistencia.

Bien, si hoy observamos desapasionadamente la dinámica y los resultados de este fenómeno, nos daremos cuenta que fue todo lo contrario a lo que aseguraron los estériles profetas del mercado. La globalización abrió canales a los miembros de cada sociedad, sanos y bien alimentados en sus identidades culturales, para encontrar nuevas expresiones estético-culturales exóticas, cancelando, si bien, una porción del mercado local a las expresiones propias, pero abriéndoles innumerables porciones de diferentes mercados alrededor del mundo.
No sólo el área pública admite la acción política sino también el área privada. El sector estético-cultural tiene una larga tradición en la acción de Organizaciones privadas capaces de diseñar y aplicar dichas políticas que benefician, desde su sector de interés a la sociedad.
Los individuos se nuclean en Organizaciones, movido por identidad de intereses, con el fin de preservar, fomentar y fortalecer determinadas expresiones estético-culturales. La larga trayectoria de estas Instituciones, atestigua la eficiencia en la consecución de los fines que las justifica.
La gran diferencia de las Instituciones con el Estado como productores de política-estético-cultural, es la menor responsabilidad, tanto moral como Institucional, de estos dados que; ha diferencia del Estado que representa y conduce a toda la sociedad; éstos, si bien su accionar puede beneficiar a toda la sociedad, solo representan a los componentes y a los intereses abiertamente implicados en su objetivo social.
Además su sesgo ideológico le atañen solo a ellos mismos; siendo no sólo lícito sino esperable que estas Organizaciones actúen con un sesgo ideológico, el que generalmente es ostensible y que tiñen con él a todo su accionar.
En la actualidad, estas Organizaciones han adquirido gran importancia, a tal punto que han servido de eficaz respaldo a la labor del Estado en la consecución de sus fines, dado su grado de especialización y conocimiento de las áreas de su interés, sabiendo dar respuesta sumamente acertada para problemáticas puntuales en la labor de diseñar y aplicar las políticas estético-culturales.
El Estado cumpliría con sus obligaciones para con el área estético-cultural, si implementara una política de capacitación, fomento, promoción y equitativa distribución de recursos, entre estas Organizaciones Sociales; así como la supervisión y coordinación de su labor.
Dado el conocimiento de primera mano de las áreas que le competen, la preocupación por cubrir todas las áreas estético-culturales de nuestra sociedad, como Organizaciones conformadas por individuos interesados en sus objetivos; creemos conformaría la capacidad de gestión necesaria par el correcto funcionamiento de las Políticas Estético-Culturales en toda la Sociedad.

Nota relacionada: MERCADO ESTÉTICO-CULTURAL, por Por María del Carmen Romano

Publicado en Leedor el 28-4-2005