The Time We Killed

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BAFICI. Día 7. En un furioso blanco y negro la ópera prima de Jennifer Todd Reeves es un experimento visual sobre una fóbica social.Tan sola

Por Julián Rimondino, desde BAFICI

Única película norteamericana en la competencia internacional, The Time We Killed es, de todos modos, quizás el film más experimental y arriesgado de toda la selección oficial. No porque ésta no cuente con ejemplos de narrativas y estéticas novedosas (y tal es el caso de la francesa Half Price o de la mexicana Temporada de patos), sino porque el debut en el largometraje de Jennifer Todd Reeves es un ejercicio extremo de montaje y, en algunos momentos, de surrealismo.

Filmada en 16 mm y en un rabioso blanco y negro (que recuerda a la fotografía de Pi de Darren Aronofsky), Reeves toma la historia de Robyn (Lisa Jacobs), una agorafóbica que vive confinada en su pequeño departamento neoyorquino, como excusa para intercalar los recuerdos y pensamientos de su protagonista con el libro que está escribiendo, mientras que las imágenes presentan estas confusas y arbitrarias evocaciones mezcladas con programas televisivos sobre los ataques del 11 de septiembre y ciertos planos que no se corresponden directamente con la voz en off (el pensamiento interior de Robyn, presente durante todo el metraje) y dan lugar a un momento de abstracción y libre asociación para el espectador.

Reeves retoma una estética cercana al cine underground producido esencialmente en Nueva York durante los años ?60 y ?70, y juega a experimentar mientras mantiene un relato claro como esqueleto de su película, pero sin por esto privarse de largas secuencias de estilo onírico y que se desligan de la narración central. Así, alternando temas como la muerte, el remordimiento, la introspección y el desgano, The Time We Killed se transforma en un análisis detenido sobre la mente de una depresiva, de una fóbica social que se ve asediada por una realidad que le es indiferente y se le cuela en los gritos de sus vecinos que se oyen a través de las paredes. Es por esto mismo que el diseño de sonido (agresivo y corrosivo) es uno de los elementos más trabajados; lo mismo que la cámara en mano, recurso que combina un cierto amateurismo con la voluntad de representar lo confuso, pero libre y vital, de los recuerdos y pensamientos. Y esto es justamente lo opuesto a lo que dan a entender los rígidos y fijos encuadres con que la directora filma la realidad de su protagonista, su vida sin salir a la calle.

Aunque el film de Reeves decae en su segunda mitad, cuando los procedimientos estéticos y narrativos ya han sido codificados por el espectador, queda aún de él aquella sensación de libertad de la memoria, aunque, en el fondo, The Time We Killed sea una película depresiva, de austera contemplación, porque recrea este estado en la pantalla y lo transmite al espectador.

Próxima función de The Time We Killed en BAFICI
el viernes 22 a las 21:15 hs en Alianza Francesa

Publicado en Leedor el 21-4-2005