Sobre “El capote”

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Elena Bisso nos invita a pensar el clásico de Gogol como una metáfora del deseo.El fuego también brilla en el fin del mundo.
Sobre El Capote de Gogol.

Por Elena Bisso

Yo estoy destinado por los poderes misteriosos a caminar mano a mano con sus extraños héroes, viendo la vida en toda su inmensidad cuando pasa a mi lado…

(Almas muertas)

A mi padre.

El capote fue publicado en 1842. Es un cuento clásico para disfrutar y, sobretodo, para quienes se reconozcan como aspirantes a cuentistas. Tiene el mérito de haber sido destacado por el mismo Dostoievski, como un cuento canónico, en su conocida frase: “Todos crecimos bajo el capote de Gogol”.
Lo impactante es que tiene una gran vigencia en la Argentina de hoy y estoy hablando, también, de la pobreza. Es una historia dramática en un sentido, pero como todos los textos y felizmente, uno puede crearle múltiples lecturas.

La lectura a la que apunto en El Capote, en esta hermenéutica literaria que no es más que una invitación a leer un texto magnífico, es pensar El capote como una metáfora.

Akakiy Akakiyevich logra en un momento de su vida apasionarse por algo. Encuentra el deseo, logra esa fiebre magnífica de desear algo. Es condición que ese algo sea contingente, una nada enmascarada que desaparecerá. Finalmente la pasión por su nuevo capote le dará un sentido a esa vida gris e imposibilitada y el lector podrá solidarizarse con el protagonista. La humanidad y la ternura de esta historia son de carácter universal.
Hay quienes pueden reinventarse capotes por los que apasionarse en cada tramo de su vida, quienes renuevan su capote insistentemente, y sin haberlo previsto, dejan por herencia el puro afán de procurarse abrigos. Eso de lo incesante de la vida es el deseo, la herencia estructurante y mayor.
El verdadero cuento, el que leo definitivamente, termina con la muerte de Akakiy Akakiyevich. Si el punto final de la historia fuera ése, uno podría pensar en esta historia en tanto metáfora, aquello del ser en tanto “ser-para-la-muerte”. O la muerte como punto final de una vida que gana retroactivamente todo su sentido.

La vida del protagonista parecía haber transcurrido sólo en este paisaje de la historia:
“Akakiy Akakievich se acercaba a un punto donde la calle desembocaba en una plaza muy grande, en la que apenas si se podían ver las cosas del otro extremo y daba la sensación de un inmenso y desolado desierto.
A lo lejos, Dios sabe dónde, se vislumbraba la luz de una garita que parecía hallarse al fin del mundo.”

Gogol, que era piadoso porque sabía hacer con el humor, no nos deja esta historia allí. Distrae lo trágico con cierto humor enternecido, pero uno puede decir que Akakiy Akakiyevich no debía morir en ese momento. Uno también puede pensar que es la muerte la que termina con todos los capotes, es el amo absoluto. Es la muerte la que
dice que no.

Nikolai Gogol era ruso. Sus obras de teatro, relatos y novelas integran las obras maestras de la literatura realista rusa del siglo XIX. Nació el 31 de marzo de 1809, en Mirgorod, provincia de Poltava, de padres cosacos. En 1820 marchó a vivir a San Petersburgo, donde consiguió trabajo como funcionario público y comenzó a participar en los círculos literarios.

Su volumen de relatos cortos sobre la vida en Ucrania, titulado Veladas en el caserío de Dikanka (1831) fue recibido con entusiasmo. A ésta siguió otra colección, Mirgorod (1835), en la que se incluye el relato Taras Bulba, que fue ampliado en 1842 para convertirse en una novela completa; esta obra, que describe la vida de los cosacos en el siglo XVI, puso de manifiesto la gran maestría del autor a la hora de retratar personajes, así como su chispeante sentido del humor. En 1836 publicó su obra teatral El inspector, una divertida sátira acerca de la codicia y la estupidez de los burócratas. Escrita en forma de comedia de errores, es considerada por muchos críticos literarios como una de las obras más significativas del teatro ruso. En ella, los burócratas locales de una aldea confunden a un viajero con el inspector gubernamental al que estaban esperando y le ofrecen todo tipo de regalos para que pase por alto las irregularidades que han estado cometiendo.

(Sin ir muy lejos en el tiempo, el año pasado pudimos disfrutar en Buenos Aires de “Rapsodia provinciana” con versión libre de David Amitín basada en esta obra. También tiene una vigencia sorprendente, y es con humor como se sabe hacer con lo indignante).

Entre 1826 y 1848 Gógol vivió principalmente en Roma, donde trabajó sobre una novela que es considerada como su mejor trabajo y una de las mayores novelas de la literatura universal, Las almas muertas (1842). En su estructura, Almas muertas es semejante al Don Quijote de Cervantes. Sin embargo, su extraordinaria vena humorística se deriva de una concepción única, extremadamente sardónica: el consejero colegial Pável Ivanovich Chichikov, un aventurero ambicioso, astuto y falto de escrúpulos, va de un lugar a otro comprando, robando y estafando para conseguir los títulos de propiedad de los sirvientes que aparecen en los censos anteriores pero que han muerto recientemente, por lo cual se les llamaba ‘almas muertas’. Con estas ‘propiedades’ como aval, planea conseguir un crédito para comprar una propiedad con ‘almas vivas’. Los viajes de Chichikov ofrecen una ocasión perfecta al autor para llevar a cabo profundas reflexiones sobre la degradante y sofocante influencia de la servidumbre, tanto para el siervo como para el amo. En esta obra aparecen asimismo un gran número de personajes, brillantemente descritos, de la Rusia rural. Almas muertas fue un modelo para las generaciones posteriores de escritores rusos. Además, muchos de los ingeniosos proverbios que aparecen a lo largo de la narración, han entrado a formar parte del refranero ruso. En el momento de su publicación, Almas muertas estaba llamada a constituir la primera parte de una obra más amplia; Gógol comenzó a escribir la continuación pero, en un ataque de melancolía debido a una crisis religiosa, quemó el manuscrito.

Al año siguiente de publicar el Capote, Gógol viajó en peregrinación a Tierra Santa y a su regreso cayó bajo la influencia de un sacerdote fanático, quien le convenció de que sus obras narrativas eran pecaminosas. A raíz de ello, Gógol destruyó una gran cantidad de manuscritos inéditos. La figura de Gógol se puede comparar con la de otros grandes escritores rusos, como los novelistas Leon Tolstoi, Ivan Turgueniev y Fedor Dostoievski, y el poeta Alexandr Pushkin, que fue amigo íntimo durante toda su vida y el mejor crítico de su literatura.
Murió en Moscú el 4 de marzo de 1852.

Nota relacionada: El capote

Publicado el 17-10-2002