PyME II

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A pesar de sus buenas intenciones, y de algunos logros destacables, PyME entrega un resultado que hace agua en varios lados y que se suma a tradición de cine testimonial muy fructífera en la Argentina pero que, también, mucho ha mentido.
Por Julián Rimondino

La crisis que sacudió a la Argentina desde los años ?90, cuando se profundizaron sus efectos, es un hecho que (como no podría ser de otra manera) marcó la historia del país y, obviamente de las producciones culturales. El cine no ha dejado de presentar testimonio de la decadencia social y económica del país desde que explotó, allá por 1995, el ?Nuevo Cine Argentino? con las primeras Historias breves.
En PyME (sitiados), Alejandro Malowicki, realizador con amplia experiencia en televisión, busca hablar de esa crisis desde la historia de una fábrica que, en el ?98, se hunde inevitablemente entre las terribles consecuencias de neoliberalismo brutal de fin de siglo. Pero, a pesar de sus buenas intenciones, y de algunos logros destacables, entrega finalmente un resultado que poco satisface, que hace agua en varios lados y que se suma a tradición de cine testimonial muy fructífera en la Argentina pero que, también, mucho ha mentido.

La historia es así: Pablo (Gabriel Molinelli) es dueño de una fábrica de plásticos que no produce lo que antes, que no emplea a nadie en comparación con otras épocas y que carece totalmente de futuro. El menemismo y sus políticas económicas han destrozado un negocio que era rentable en las épocas de su padre. Los bancos lo acosan con deudas que no puede pagar. Sus empleados y obreros le demandan el pago de sueldos atrasados, hasta que, cansados de esperar, deciden tomar la fábrica y no abandonarla hasta que se les dé algo, una porción de lo que se les debe.
Una historia que evita en todo momento dividir a sus personajes entre ?buenos? y ?malos?; que busca ser plural y no dejar afuera ninguna arista de la crisis: los obreros en extinción, los empleados empobrecidos, la fábrica derruida… Las opiniones encontradas, las posiciones divergentes, todas las voces posibles tienen lugar en esta película: el obrero que toma la fábrica como medida de fuerza y la mujer que debe salir para ir a su segundo trabajo, el empleado gubernamental que debe encontrar deudas y razones para clausurar y dejar sin trabajo a muchos otros.
Claro que el que mucho abarca, poco aprieta. Si presentó todos los puntos de vista, no desarrolló ninguno. Si a todo doy el mismo peso, nada es más importante, nada sobresale. No es posible que todos tengan razón: Malowicki confunde, en este caso, pluralidad de voces con falta de decisión.

Es difícil criticar a PyME, porque narra una historia que todos sabemos cercana, y cruel; pero el gusto amargo que deja su esperanzador final (subrayado por la siempre medio trágica, medio optimista música de León Gieco) la encaja dentro del tipo de cine testimonial de los ?80, el cine de la primera democracia, con el que el material publicitario busca emparentar el film: La historia oficial, La noche de los lápices… films que fueron éxitos de taquilla, de gran repercusión, de una simplicidad asombrante y de una inocencia preocupante.

No es sólo que los diálogos de PyME sean artificiales y estén llenos de frases hechas, que sus actores sufren de éstos, que la realización es a veces muy elemental y que la inventiva audiovisual es casi inexistente. La historia es mucho más complicada de lo que PyME muestra. Quizás se pueda argumentar que el objetivo era otro, o que lo relatado sólo busca poner en la pantalla una situación ya ocurrida. Pero la concepción inicial de la película, las ideas que están detrás de ella, por su simplicidad, porque dejan demasiado afuera, terminan dejando una sensación muy amarga, casi vacía, al ver el film. Porque nada nuevo nos han dicho, porque sobre nada nuevo hemos pensado, porque salimos del cine exactamente igual que como entramos.

Nota relacionada: PyMe, crítica de Fernando Varea, a propósito de su estreno en la ciudad de Rosario.

Publicado en Leedor el 3-3-2005