Mar Adentro II

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La notable película del director de Los otros bordea siempre una línea pequeña, limitada y peligrosa.Mar adentro Más adentro

Por Alejandra Portela

Hay que decir, que una vez que termina la proyección de Mar adentro sucede que uno necesita varios minutos para reponerse, volver a recuperar el aire que nos quita desde ese más adentro al que nos lleva.

Hay que decir también que es posible sospechar que una película sobre un cuadripléjico que busca desesperadamente permiso para morir, tiene un éxito seguro en toda esa línea de competencia hollywoodense: el punto de partida ya de por sí es vendible (nominable es lo mismo?).

Ahora bien, supongamos que Amenábar no elige este tema tomado de un caso real, como un negocio y que su búsqueda es genuina en el intento de registrar seca y verazmente una historia que conmueve desde la pantalla a una sociedad para la cual la palabra guerra es resignadamente aceptable pero la apalabra eutanasia aterroriza, lleva a polémica, discusiones religiosas, etc

Supongamos que Alejandro Amenabar, después de pasar por su inicial Tesis, tan estudiantil, o por Abre los ojos, o Los Otros, un ejercicio narrativo de lo más interesante, llega a su última película para tomar el camino de la poesía filosófica y existencialista poniendo en discusión quién es el dueño de la propia vida, y la propia muerte. Supongamos, además, que no hubo en el director intención de hacer una película festivalera o con aspiraciones al Oscar.

Es verdad, en su transcurrir, Mar adentro bordea siempre una línea pequeña y limitada, tanto como la breve distancia que separa la mano ?sin vida? de Ramón de la mano interrogante de Julia: ?Esa quimera? es una distancia recorrible a la vez que imposible como el movimiento al que Ramón le es vedado, potente metáfora a su vez del peligroso borde entre la irresponsabilidad del mensaje, tomar la muerte como única solución al dolor irreparable, y el sentimentalismo lacrimógeno.

Y digo que nunca llega a esos lugares de peligroso facilismo fundamentalmente porque estamos frente a un narrador tan fino y a un actor tan grande que lo que puede ser previsible, es interrumpido por escenas llenas de poesía: el viaje de la imaginación siempre implica una inmovilidad. Ramón lo sabe, y cuando se levanta de la cama, habiéndosenos informado que es un farsante, la transformación momentánea que Hollywood trampearía se funda en ese viaje mental que hace Ramón buscando a la persona amada.

La toma de conciencia está en la forma y su explicitación en la belleza y armonía con la que Amenábar materializa la relación de sus criaturas: el abuelo y el nieto que reconstruyen la silla, la cuñada abnegada, el hermano provinciano pater familiae cuyo poder devaluado no puede convencer a su hermano de lo imposible, la abogada que de testigo privilegiada pasa a ser un eje vital de esta historia de decisiones que termina siendo Mar adentro, tal vez la más madura de Amenábar, tal vez la más de adentro.

Publicado en Leedor el 4-2-2005