El expreso polar

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Nostalgia, tecnología y fallas en la última de Zemeckis.Quisiera ser chico?y en 3-D.
Acerca de las copias planas de El Expreso Polar

Por Raúl Manrupe

Después de Final Fantasy, los caminos del hiperrealismo en el dibujo animado parecen querer fijarse nuevas metas. Aquí se nota un esfuerzo mayor en filmar actores, básicamente a Tom Hanks, en un trabajo que nos hace recordar las películas con multipersonajes a cargo de Alec Guiness, Peter Sellers y Tony Randall.

Ese tipo de metamorfosis consistente en cubrirse lo más posible con maquillaje y postizos para aparentar ser otro, fue trasladada a esta película de navidades.
El resultado es curioso, pero desde lo técnico cae en su propia trampa: si el guarda del tren y el papá noel tienen la mirada y las gesticulaciones de Hanks, y nos ponen alta la vara de una, llamémosle así credibilidad realista, otros personajes parecen haber quedado en el camino en cuanto a elaboración, mostrándose de resolución apurada y hasta poco detallista. Esos duendes ayudantes por ejemplo, parecen incapaces de cualquier gesto, como los mozos bailarines. Incluso otros caracteres con más letra, como el ?chico pobre?, pierden expresividad en los planos alejados, de una manera molesta y notable.

Más allá de la onda nostálgica que la película y Zemeckis logran, sobre todo con su paleta de colores, es también notorio el desbalance apreciable entre la primera y segunda mitad de la película. Una primera parte parece llevarnos vertiginosamente a la velocidad de ese tren. Es algo así como una montaña rusa de Disney.
Pero claro, nada es para siempre, y aún los trenes de largo recorrido como éste, llegan a su estación terminal. Aquí, luego de este frenético recorrido, el devenir de la historia se frena y por más que los protagonistas se despeñen por distintos accidentes que no contamos para no develar detalles, naufraga en la mala praxis y el aburrimiento. Esa parece ser la principal falla. Esa y que en estas playas no se haya proyectado en el formato 3-D que pasan en las salas especiales IMax, lo que hace perder gran parte del efecto final y justifica la catarata de caídas que cubren el metraje.

Como demo de este tipo de sistemas, parece extenso. La emoción, que por un momento parece aflorar en la anécdota del final, quedó para otra oportunidad. Por lo demás, una serie de referencias para el público norteamericano, dejan afuera a espectadores de otras latitudes, así como cierto discurso irritante de liderazgo o compasión con los más necesitados. El cine de los EE.UU, en tanto, sigue al rescate de valores (la navidad, la niñez perdida, los años cincuenta), cada vez más perdidos en la noche, como el tren del título.

Publicado en Leedor el 16-12-2004