Pixar World

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Lo que hasta ayer era Mundo Disney (el Disney World de ensoñación), es hoy un Pixar World (de embriaguez cool), políticamente incorrecto cuando debe serlo tan insoportablemente orgásmico, deslumbrante y adictivo. Sebastián Russo nos deleita con una análisis posible de Los increíbles.De confabulaciones, alegorías, corchos y tipos piolas
(o Sobre Los increíbles)

Por Sebastián Russo

Los dibujos animados (término ya romántico y arcaico para dar cuenta de animaciones hiper tecnologizadas) suelen cargar en sus garabateadas espaldas con el peso de la duda, la suspicacia, el recelo de estar simbolizando alguna otra cosa de la que su visible viñeta denota. Si los actores (de hueso y carne) representan en cine (más allá de anhelos de fidedignas representaciones en documentales) otra cosa de lo que son, o sea, actúan (fingen, mienten una personalidad), ¿cómo no iban también a hacerlo los personajitos dibujados, que de hecho no son sino trazos (o bytes)?. Son la representación de algo que representa alguna otra cosa. Este mayor (inevitable) desplazamiento, alejamiento representacional parece ser el que ocasiona esta antológica duda que cargan dichos trazos/bytes anhelantes de vida. Dudas, sospechas, conjeturas que suelen tener dimensiones astronómicas (en cabezas que piensan ?aunque no necesariamente pensantes-) si de dibujos animados norteamericanos se trata.

Aclaremos: digo ?dudas?, y digo: posibles simbolizaciones conspirativas en pos de engendrar ?no solo adictos consumistas- sino seres de abulia ideológica, o peor, capitalistas. Dije lo que dije y ya me aburro. De teorías conspirativas ya se ha hablado hasta el cansancio. Referente de esta línea interpretativa de complots y conjuros, es Ariel Dorfman, que con su célebre (y mal leído, y bastardeado en su ?ab-uso) ?Cómo leer al Pato Donald?, instauró la idea de la invasión cultural yanqui (sí, ?yanqui?), por medio de inocentones dibujitos animados. No sólo instaló (y no sólo él, claro, liberemos al bueno de Dorfman de tal responsabilidad) la mera idea, sino que instauró la duda sistemática, la sospecha automática sobre todo garabato acoloreado y con movimiento de procedencia norteña (yanqui, sí, yanqui) Así, al aparecer una nueva producción del think thank Disney (acoplada aquí a Pixar ?monstruo new age y super cool, que en su haber cuentan: Toy Story, Bichos, Monster Inc, Buscando a Nemo-), las malditas sospechas se regeneran: ¿será una nueva y oculta alegoría para que dejemos finalmente invadirnos de hecho ?ya no sólo simbólicamente- pero con menor rebeldía que esos poco-generosos-sediciosos del Irak pos Saddam?

Sentencio tajantemente: sí, es una alegoría (pero que algún otro se ocupe de descifrarla, yo sólo escribo posmodernidades superficiales y fragmentarias)

Primera cavilación sobre alegoría posible: juntos somos más (y más, y más?)

La comunión Disney/Pixar, se presenta como una suculenta imbricación empresarial, conformando un conglomerado cuasi indestructible a la hora de la configuración simbólica de niños occidentales (u occidentalizados). A la experiencia horadadora de emociones, mentes y bolsillos, que Disney carga en sus décadas de existencia, se le suma la vitalidad, ingenio, y actualizada perspectiva marketinera de Pixar. El trust Disney/Pixar arrastra así, en la conjugación de sus aptitudes, una mirada de la realidad ?total?, alguno dirá (yo, por ejemplo) demagógica. Una mirada (que en su mirar manifiesta una particular visión del mundo) atenta a que ?todos? queden representados, que ?todos? los discursos que funcionan (por algún tipo de razón) en la realidad social tengan su espacio. Incluso (y aquí el pase maestro de los ideólogos de Pixar) absorbiendo las críticas (añejas, arcaicas, de izquierdas dogmáticas) que antaño se le hicieron a la Disney, con respecto al desparrame de moralina, linealidad discursiva, metáforas capitalistas, y demás? Hoy Pixar absorbe esos discursos, y los reutiliza (anulándolos) construyendo una obra compacta, no sólo visual y narrativamente, sino en cuanto a su recepción, digamos, moral, ideológica. Haciendo un film que parece no poder dejar de gustarle a nadie (de los que pueden acceder a una entradita de escasos 3 dólares, claro), y es quizás desde ese ?nadie?, y su contrapartida (?gustarle a todos?), desde donde podría pegársele (porque de eso se trata, de resentido nomás, de pegarle a un producto ?porque sí, claro, es un producto- casi indestructible).

Pegársele digo, en su constelación totalitaria, o sea, de abarcar todos los discursos, incluso (sobre todo) los negativos, los posiblemente reprochables, los ideológicamente achacables a la sempiterna producción Disney. Y es que el hasta ayer Mundo Disney (el Disney World de ensoñación), es hoy un Pixar World (de embriaguez cool), políticamente incorrecto cuando debe serlo (o sea, una incorrección políticamente correcta ?algo así como la rebeldía estéril y anémica de Mario Pergolini-), tan insoportablemente orgásmico, deslumbrante y adictivo, como cosmopolita, homogeneizante y efímero.

Segunda cavilación sobre alegoría posible: todo argentino (piola) puede llegar a Hollywood (si es rubio, blanco teta, y se pone un traje ajustadísimo y calzoncillo de neoprene)

Una rara propensión a desconfiar de lo que me atrae me arrastra a escribir estas líneas. ?Relajate y goza? me gritan por ahí, pero un insospechado ímpetu de resistencia cultural (enfundando el traje de inservible y rencoroso superhéroe ?ya que estamos en tema-), me invade, e impulsa a tratar de ver más allá de lo increíblemente atractivo que fue el avistaje de Los increíbles. Un más allá, que intente ser un ?más acá?. Un ver desde nuestro ?acá?, aquello que han producido ?allá?. Digo, y el escrito comienza a tomar un estúpido sesgo nacionalista, localista; aunque no tan estúpido, si tenemos en cuenta los risibles (aunque imagino, también convocantes, o sea, mayor entrada de dólares) intentos de argentinizar un producto claramente no argentino. Y me refiero a la idea de requerir de actores argentinos (dije actores, pero está Matías Martin, que hasta donde yo sé, comentaba risueñamente fútbol, pero se convirtió insólitamente en el personaje ?malo? ?si señores, hay malos y buenos, cómo no- de la película: al margen, no desentona) para doblar la versión que se verá en nuestro país. O sea, alguien de ?allá?, decidió (no por ser un amante de las interpretaciones argentas, claro, sino por razones de marketing, o sea, de dólares) que gente de ?acá? intervenga en el film. Nada mejor que un antiimperialismo -desde el imperio- bien entendido. ?Vieron, ahora los yanquis le dan laburo a argentinos, quién dijo que Bush era un tipo jodido?, comenta mi tía abuela mientras se rasca el sobaco con la aguja de tejer.

Mi conspiracionismo me aburre, por lo que deseo terminar este escrito (que quizás nunca debió haber empezado), recomendando fervientemente no perderse un solo vocablo emitido por Favio Posca, en el rol de una modista, petisa, fea, histérica y engreída. Como así tampoco los títulos del final, con música y estética muy Tarantino ?como muestra de aquello de ?captar todos los discursos que funcionan?, autocitándome, en un triste final egocéntrico de escrito-.

Tercera y última cavilación sobre alegoría posible: Para mejorar la oferta a los bonistas, Patoruzito debería ser doblada por Colin Farrell (reservando la voz de Isidorito Cañones a quién otro que al Corcho Rodríguez -genio y figura-)

Publicado el 7-12-2004