Alexander

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Socorro Villa vio este fin de semana en Miami la última pelicula de Oliver Stone: Alexander, “una” vida de Alejandro Magno. Ay Oliver!. La comenta para Leedor.Alexander (o la bastardización de la cultura ?o la historia, para el caso)

Por Socorro Villa, desde Miami (un lugar muy cerca de Estados Unidos)

Ya lo había dicho Alexis de Tocqueville, allá por 1780 y pico, refiriéndose a los recién nacidos Estados Unidos de América: que resultaba llamativo cómo en una sociedad tan orientada al progreso en lo que a economía e industria se refería, se apreciaba un casi nulo desarrollo de las artes y la cultura.

Muy poco ha cambiado desde entonces y Alexander no hace mas que corroborarlo.

Recuerdo haber leído por primera vez acerca de las hazañas de Alejandro Magno allá por quinto o sexto grado en la escuela primaria. Se trataba de un macedonio (por favor, no confundir con un griego) terco como una mula, genial estratega militar, cojonudo hasta el cansancio, para largarse a cruzar la cadena del Himalaya a pie, líder nato para arrastrar a cientos de miles de griegos a la conquista y ganarse el fervor y la lealtad de aquellos pueblos que conquistaba en el camino. No en vano se ganó el apodo de Alejandro Magno, cierto?

Bueno, la versión yankee 2004 es un tanto diferente. En ella, Alejandro es un pendejo mamón (como dirían en México), inseguro y traumatizado, que se debate entre las faldas de su mamá, el rechazo de su papá, el amor por su mejor amigo(hoy es bien sabido que la bisexualidad no era escandalosa en la antigua Grecia) y la necesidad de tomar una esposa para procrear un heredero.

En la película de Stone, la historia de la vida de Alejandro queda reducida a una novela gay de intrigas palaciegas que nada tiene que envidiarle a la telenovela (mexicana, colombiana, venezolana… usted elija) de las 3 de la tarde que, como debe ser, no ahorra asesinatos y traiciones.

Nada queda de la grandeza de su visión (mas que en un par de discursos exculpatorios de Ptolomeo y una que otra arenga del propio Alejandro a sus tropas). Nada (pero nada de nada) acerca de la significación de haber llegado a donde llegó con los medios tecnológicos con los que disponía en el 330 y pico A.C. Muy poco acerca de su genio como estratega militar (una florida descripción de la batalla de Gaugamela contra los persas a sus comandantes que luego, a la hora de mostrar la batalla, se diluye en la polvareda de los caballos galopando). Menos aún sobre su grandeza de conquistador. Mucho, mucho menos aún sobre la forma en que asimilaba y fundía las culturas que conquistaba con la suya propia y de la manera en que asimilaba y amalgamaba conocimiento.

Alejandro Magno queda reducido a un muñequito articulado, un Ken con pollerita (que seguramente estará disponible a la venta un par de semanas después del estreno de la película, junto con el resto del merchandising) manipulado por Olimpia y en menor medida, por su amigo Hefaistos.

Eso si, como se trata, al fin y al cabo, de una película de Oliver Stone, las escenografías son minuciosas hasta el ultimo detalle, la fotografía es impecable y las batallas dolorosamente realistas. Sangre es lo que sobra.

Collin Farell hace lo que puede, pero resulta evidente que las sandalias de Alejandro le quedan demasiado grandes para llenarlas. Val Kilmer como Felipe, es… Val Kilmer. La que decididamente se roba la película es Angelina Jolie. No estamos muy seguros de que Olimpia haya sido la bruja despiadada que pinta el film, pero al menos es una flor de bruja y usted va a odiarla con razón.

En una cultura en la que los ciudadanos ?honestamente convencidos- afirman que no necesitan viajar a Egipto porque ya vieron las pirámides en Las Vegas, al igual que la Torre Eiffel y el Coliseo Romano, Alexander puede ser una película bien recepcionda.

Además, como por coincidencia, el guión incluye significativos paralelos entre la concepción de los macedonios como hombre libres y democráticos, haciendo hincapié en las ansias de Alejandro de liberar al resto del mundo de líderes tiranos que oprimen a sus pueblos sumiéndolos en la esclavitud (léase el actual Medio Oriente) y el discurso, de similares características, que desde todas las oficinas gubernamentales llega a los medios para justificar cuanta guerra la Casa Blanca tenga en vista. Al igual que Alejandro, W salvará al mundo. Sólo que, a diferencia de aquél, que compartía el campo de batalla con sus soldados, éste se queda cómodo en la Casa Blanca dando ordenes por satélite, totalmente ajeno a las cabales consecuencias que provocan cada uno de los botones que aprieta.

Todo es cuestión de definir objetivos. ¿Para que iría Usted a ver esta película? Si necesita 3 horas para olvidarse de todo… vaya tranquilo. Hay suficientes batallas sangrientas para hacer una buena catarsis y suficientes jóvenes de ambos sexos con poca ropa como para entretener el nervio óptico de una audiencia variopinta (no en vano la película ha recibido las mejores calificaciones de los espectadores en el segmento de 18 a 25 años…). Pero no se vaya a creer ni por un minuto que esa es la auténtica historia de Alejandro Magno. Para ello… “agarre” los broli y quémese las pestañas un rato. Ahora que si lo que usted quiere es tomar un atajo para refrescar la memoria y no tener que leerse un grueso volumen de historia antigua para recordar al chango en cuestión, mas le valdría recurrir a las ediciones de la revista Billiken de hace unos 25 años atrás. Le puedo asegurar que van a resultarle más fidedignas. Porque… ¿sabía Usted que Alejandro escribía en inglés?-según Oliver y compañía sí…

Publicado en Leedor el 1-12-2004