Separaciones

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El film de Oliveira se ubica dentro de ese grupo de films que tras un intento de romper moldes arquetípicos de la representación, se dedican a mostrar el detrás de escena, las condiciones de producción, desmontar la fantasía de la representación fílmica. Por Sebastián Russo

?La vida merece ser vivida?: esta estúpida frase surge(me) ni bien traspongo la puerta de salida de la sala. Camino algunas cuadras y el ardor vitalista que derramó Separaciones desde la pantalla continúa invadiendo mi cuerpo. Y es que la película de Oliveira es una obra eminentemente sanguínea, carnal, emocional, y recién desde allí se edifica ?intelectual?, filosófica (ya que existe una pretensión conceptual, de descomponer analíticamente los problemas de pareja, evidencia explicitada con la nominación de las supuestas fases que incluye una ?separación?) Un ?la vida merece ser vivida?, que desde su resonancia trivial y frívola (para todo sentencioso filósofo-de-bar porteño, trágico y pesimista), se engarza con el estereotipo que pesa sobre el espíritu brasilero. Ya que si uno creía que era prejuicioso y simplista catalogando al brasileño de apasionado, entusiasta, poco moderado, esta película cristalizará aquellos supuestos dogmas. ?La alegría no es sólo brasilera?, instaba Charly, deseando ver en Buenos Aires ?muchos mas delirantes por ahí?. Pero si el bueno de García se arrimara al film de Oliveira, comprobaría tristemente que ese espíritu se muestra inigualable y de lejana aprehensión, al menos para nosotros, nostalgiosos tangueriles.

Sentencio: vitalismo brasileño. Y es que en Separaciones la pasión lo abarca todo. Desde los problemas de pareja, hasta la esfera laboral. En un Río de Janeiro siempre desmedido, lo apocalíptico y orgásmico se van alternando, representando existencias borders, en donde el deseo suicida, o el sentimiento de excelsa plenitud, parecen ser las únicas formas de estar en el mundo. Para ello, el melodrama, cercano a un tono telenovelero, parece ser una elección de ?género? adecuada. Con actuaciones a priori exageradas, afectadas, pero que terminan acoplándose pertinentemente a la lógica propuesta.

El relato da cuenta de un entrecruce de parejas. De parejas de intelectuales y artistas. Y versa sobre la imbricación de las esferas amorosas y artísticas, en un grupo de gente, que como brasileros que son, no dejan de disfrutar gozosamente (o sufrientes, pero siempre al mango) de la vida.

Cierta exploración por aspectos formales no convencionales otorga un plus significativo. El film de Oliveira se ubica dentro de ese grupo de films que tras un intento de romper moldes arquetípicos de la representación, se dedican a mostrar el detrás de escena, las condiciones de producción, desmontar la fantasía de la representación fílmica. Lo hace sin embargo sin pretensión vanguardista, sino con pequeños signos, huellas, guiños, que actúan remedando el febril melodrama, soslayando el barroco amontone de sensaciones. Filmada en digital, cierta cuidada desprolijidad la emparenta (remotamente) al dogma 95, aunque sepultándose la comparación al entrar en escena el (ya reiteradamente comentado, a tono en lo excesivo y exagerado con el) ardoroso ímpetu brasilero.

Ombú de Oro
a mejor largometraje, y premio a mejor actor aDomingos de Oliveira, en el 18° Festival de Mar del Plata (2003)

Publicado en Leedor el 25-11-2004