El delantal de Lili

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El delantal de Lili es una obra peculiar, de una perturbadora armonía, de una coherencia inapelable en su mismo fluir angustioso, inquietante. Por Sebastián Russo

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Historia de espíritus, uno relacionado al amor, otro ligado a una fuerza vitalista (de supervivencia) como estandartes, como baluartes que signan vidas con designios ineluctablemente trágicos. Un amor que se presenta también en su status trágico, de inescapable compromiso, de indiscutible fin para cualquier medio. Espíritus que se autoproclaman (en silencio) guerreros de una vida tan imprevisible como intensa, ardua, súbita. Seres que afrontan irreflexivamente los obstáculos que se les presentan, tras un destino de eternos sobrevivientes. Acontecimientos cotidianos que pueden derivar en crisis terminales, sucesos triviales que cuáles instantes decisivos actúan como constantes pruebas a psiquis inestables. Un contexto, un mundo, que parece poseer un grado feroz de influencia en sujetos, que sin embargo (desde aquellos espíritus, el amoroso, y el vitalista, que podrían ?deberían- pensarse imbricados) campean el influjo externo reconfigurándose/refundándose en esta batalla.

Clase media argentina. Clase destinada al vaivén, tanto material como moral, ideológico, psíquico. El vaivén implica un momento de caída, y otro de ascenso (más no sea simbólico) Una Argentina desvastada, casi de posguerra, un tendal de desvalidos la caminan diariamente. Una Argentina postrabajo, posprogreso, posfantasía. El vaivén clasemediero tranformándose así en un péndulo trágico, en donde la caída ya no asegura aquel ascenso predestinado, esperable, justo. El abismo se huele, se respira, se vive (aunque se juegue a ignorarlo) En este contexto la locura, el delirio. La alucinación como antídoto, ante la posibilidad de dejar de ser lo que se fue. Todo vale, todo es válido en la supervivencia simbólica clasemediera. Hasta que ?te tocan la casa?, la propiedad privada. Ahí la insanidad psíquica se despliega en un carácter diferente, cruel, inhumano, y arremete brutalmente contra la supuesta cordura cotidiana, contra los temperados órdenes morales burgueses. Los parámetros ético/moral se desplazan, y la salvaguarda de aquel amor, de aquella vida individual, se transforma vital, única razón, único motivo existencial, a expensas de un lazo social, ya roto de antemano.

Lili es mucama. Ramón cocinero. Tienen una hija. Los une una relación casi simbiótica, se necesitan imprescindiblemente uno al otro. Se sienten fuertes, felices, el mundo que los rodea resulta innecesario para sus vidas. Pero ese mundo es la Argentina pos menemato, y en ese mundo el trabajo es un bien de lujo, y como tal, un día lo consumen, se esfuma. Los primeros tiempos como desempleados parecen disfrutarlos: más tiempo para estar juntos, búsquedas laborales compartidas, micro emprendimientos que renuevan esperanzas. Pero se sabe, el trabajo dignifica, por lo que el desempleo dehonra, desmoraliza, desalienta, humilla. Y este es el tobogán (ya no el sube y baja clasemediero) que los arrastra hacia la progresiva insanidad, hacia el desequilibrio emocional, psíquico, moral. Afectando irremediablemente en lo personal y en lo relacional. La desesperación, en un in crescendo gradual, angustiante, socavante de espíritus por más vitalistas que fueren, lo abarca todo. Marco situacional que posibilita al menos potencialmente lo impensable, lo inaudito, lo atroz.

Con actuaciones que me cuesta catalogar de otra forma que no sea: deslumbrantes, El delantal de Lili es una obra peculiar, de una perturbadora armonía, de una coherencia inapelable en su mismo fluir angustioso, inquietante. Actuaciones (un siempre genial Luis Ziembrowsky, una sorprendente Paula Ituriza, una deleitable Cristina Banegas) que permiten hacer creíble una historia de ribetes increíbles, absurdos. Bella estéticamente, de tomas de evidente búsqueda formal, de riesgo estético, pero que no impiden que una trama compleja (o extremadamente lineal, aunque bordeando la sin razón) fluya consistente. La última (y lejos, mejor) película de Mariano Galperín (1000 boomerangs, Chicos Ricos) arrastra como logro, como marca de talento de su director, el sobrevivir al puro esteticismo en el que se ven atrapadas muchas de las últimas producciones del ?nuevo cine argento?, y a la pura narratividad exenta de búsqueda estética (camino que parece circular el actual Agresti: aunque siendo un no muy buen ejemplo, ya que ni sus últimas tramas funcionan) Como corolario, y última estocada provocativa, el tema musical de cierre, compuesto especialmente por Andrés Calamaro, con letra disruptiva al actual discurso mediático: se oye un ?Se lo merecían??, al escaparse Lili y Ramón con el dinero de un secuestro por ellos perpetrado. Última puñalada de Galperín, y a arremangarse.

Publicado en Leedor el 3-11-2004