Pedro de Abelardo

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¿Se podría pensar que la vida de Pedro de Abelardo ese brillante dialéctico de fines de la Edad Media es la metáfora de una época? Elena Bisso nos responde.Un hombre repite la historia de la noche.
Acerca de Pedro de Abelardo.

Por Elena Bisso

Quiera Dios que jamás la noche cese,
que de mí jamás mi amiga se aleje.
Que el centinela nunca vea el día, ni el alba.
¡Oh, Dios, por desgracia, qué pronto llega el alba!
Pedro de Abelardo

Sócrates dice en Lisis “… el que entiende de amores, querido, no ensalza al amado hasta que lo consigue, temiendo lo que pudiera resultar. Y, al mismo tiempo, los más bellos, cuando alguien los ensalza y alaba, se hinchan de orgullo y arrogancia. ¿No te parece?
-Sí, que sí, dijo.
-Por consiguiente, cuando más arrogantes son, más difíciles se hacen de agarrar.
-Así me lo parece.
-¿Qué clase de cazador crees tú que sería el que asustase a la caza e hiciese, así, más difícil la presa?
-Es claro que malo.
-¿Y no es el colmo de la torpeza utilizar el señuelo de los discursos y los cantos para espantar?
-A mí me lo parece.
-Mira, pues, Hipotales, que no te hagas culpable de todo esto por tu poesía. En verdad se me ocurre que un hombre que se perjudica a sí mismo no irás a decirme que, haciendo lo que hace, es un buen poeta.” [1]

Lisis es un diálogo platónico temprano, antecedente de El Banquete.
El dialéctico de los dialécticos instruye a un joven a cazar a su objeto de amor, o al menos, lo advierte acerca del deseo. La “servidumbre enamorada” y sus pormenores, de la que Freud hablaba casi un siglo atrás, ya estaba bien ubicada en este primer documento literario sobre el amor y la amistad.

De paseo por la historia y ubicando a otro gran dialéctico, es interesante abrir una puerta al medioevo para descubrir un personaje característico de una transición histórica: Pedro de Abelardo. Y no está solo, es en compañía de una mujer brillante: Eloísa.

Hoy, uno también puede asomarse al medioevo en los mundos de Umberto Eco. “El nombre de la rosa” o “Baudolino” son indiscutibles y apasionantes reconstrucciones históricas. Y hasta reírse con “La conjura de los necios” de John Kennedy Toole que nos cuenta un medievalista delirante perdido en Nueva Orleans del siglo XX.

Pero hoy la novela de Regine Pernoud nos cuenta muy bien el contexto histórico, siglo XII, en una historia de amor magnífica. Se trata de Eloísa y Abelardo.

“Porque ha encontrado a Eloísa, Abelardo sabe por experiencia que existe algo que desarma la lógica”

Cuenta el mismo Abelardo:

“Bajo el pretexto de estudiar, nos entregábamos por entero al amor; las lecciones nos proporcionaban la ocasión de estas misteriosas entrevistas a las que nos llamaban los deseos del amor; los libros estaban abiertos, pero en las lecciones se mezclaban más palabras de amor que de filosofía, más besos que explicaciones, mis manos iban de nuevo con más frecuencia a su pecho que a los libros, el amor se reflejaba en nuestros ojos más a menudo que lo que se dirigían hacia la lectura de los textos. Para alejar mejor toda sospecha, algunas veces llegaba hasta a pegarla, golpes dado por el amor, no por la cólera, por la ternura, no por el odio, y más suaves que los bálsamos. ¿Qué podría deciros? En nuestro ardor hemos atravesado todas las fases del amor; todo lo que la imaginación puede imaginar como refinamiento lo hemos agotado” [2]

Los poemas de amor de Abelardo a Eloísa se han perdido y se los sigue rastreando en las canciones goliardescas. Su correspondencia abunda en citas de la antigüedad sagrada y profana: Sansón y Dalila, Sócrates y Jantipa, Hércules y Onfala, César y Cleopatra, Adán y Eva.
La insolencia o el impudor de Abelardo en su romance con esa joven alumna, tan hermosa como inteligente, sería vengada por el tío de la joven. Según su propia expresión, el clan Fulberto, el canónigo, sus parientes y amigos, estaban “llenos de indignación” y le hicieron sufrir la más brutal y vergonzosa de las venganzas, “de la que el mundo entero se enteró con estupefacción”. Luego de esta tragedia no nació Afrodita. Astrolabio fue el único hijo de esta pareja. Eloisa le negó el casamiento para evitarle a su amor los pormenores domésticos de la vida familiar y para no privar a su época de la producción intelectual de quien era nombrado como “el nuevo Aristóteles”.

¿Qué es lo más apasionante en la novela de Pernoud? Aunque la historia de amor con Eloísa es tan escandalosa como novelesca, el símbolo del amor cortes, la disputa de Pedro de Abelardo con Bernardo también es sumamente atendible.

El medioevo, esa “lenta maduración”, usando una imagen de Edouard Jeauneau, es un largo y complejo tramo de diez siglos.
En la lenta y larga maduración medieval, una figura se adelanta a su época. Pedro de Abelardo, dialéctico descomunal, resuelve el binomio onto-gnoseológico abriendo la dimensión semántica en la querella de los universales.
Se pelea con los ortodoxos, combate a sus profesores y los hace trastocar su producción teórica y sobre todo padece de sus propias pasiones, que también lo arrancan de la disputa fe y razón en una trabajosa salida por la pasión.
Era un intelectual brillante que comprendió a Aristóteles sin que estuviera difundido totalmente y a pesar de una traducción reificadora. En ese entonces aún circulaban las versiones de Boecio, a quien Abelardo valoraba como un productor de problemas y no sólo un traductor excepcional.
No mucho más tarde habría acceso a la obra completa de Aristóteles.

Freud también plantea en “Moisés y la religión monoteísta” pensar a la historia de la humanidad como a la historia de un ser humano. ¿Podría pensar la vida de Pedro de Abelardo metaforizando su época? Tal vez se adelantara a lo que ocurriría en la Modernidad.

La vida de Abelardo metaforiza anticipadamente el último tramo del medioevo, tal como la vida de Agustín, la transición desde la Antigüedad. Sería interesante pensar a Pedro de Abelardo en este poema:

“En todos los caminos hay un hombre
que repite la historia de la noche.
Su vestimenta huele a animal humedecido.
Los viajeros que lo cruzan
miran hacia otra parte
y tratan de no escuchar su murmullo.

Sin embargo,
los pasos de ese hombre no agravian al camino,
porque hace mucho han renunciado a sus huellas.
Sus noctívagos ojos no crucifican las cosas:
se confiesan con ellas.
Sus brazos no son aspas de molino:
el viento se detiene entre sus manos.

Observando con cuidado,
puede verse que ese hombre siembra luz en el camino.
Sin embargo, todos lo abandonan.
No podemos tolerar que la sombra
pueda ser el origen de la luz. [3]”

Notas

[1] “Lisis” Platón. – 206 a – Ed Gredos
[2] Eloísa y Abelardo. Regine Pernoud. Espasa Calpe. Bs As, 1973, Pág 56
[3] Poema 23. Undécima poesía vertical. Roberto Juarroz

Publicado el 28.02.2003

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