Mosca y Smith

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Mosca y Smith son dos antihéroes que le escapan al canon en general: ni bien educados, ni lindos, ni inteligentes, intuitivos, eso sí ?víctimas de la multiculturalidad?… y policías.

Alejandra Portela

En cualquier producción artística, el grotesco puede ser usado en varios sentidos: como cita, como homenaje, como postura crítica o como nada, y sí cabe esta última posibilidad también. De por sí, en su calidad de concepto plurivalente, el grotesco parte de lo real y se instala en una dimensión de burla y parodia, una deformación o exageración de algunas materialidades, que como tales siempre son evidentes. Es decir, el grotesco de alguna manera siempre genera conflicto, por lo tanto tensión. En ese juego tendrá que ver, lógicamente, el contexto general en donde está situado para discriminar el camino que definitivamente tome.

En este caso, el contexto es una serie de TV, escrita por dos conocidos publicistas argentinos (Agulla y Baccetti), dirigida por un director de cine y TV (Diego Kaplan) (Sabés nadar? o Son o se hacen, en TV) y protagonizada por dos muy buenos actores de TV y teatro (Fabián Vena y Pablo Rago).

Los protagonistas son dos policías federales cuya jurisdicción en el barrio porteño de Once sirve por un lado, para jugar con el título: Mosca y Smith en el Once, y en segundo lugar para jugar con el número 11 que ostentan las puertas del chevy azul (no rojo) con el que patrullan las calles. Dos antihéroes que le escapan al canon en general: ni bien educados, ni lindos, ni inteligentes, intuitivos, eso sí ?víctimas de la multiculturalidad?, y policías.

Al ver el primer capítulo (restan 7) no queda más que decir que la serie juega con el concepto de grotesco pero lo hace de manera tan explícita que lo vacía de sentido artístico, porque lo que hace es, excusarse con de esa idea y esconder tras el disfraz un producto fascista y parapolicial. Retro a la vez que voluntariamente retrógrado, (series de los 70´ (clara referencia a Starsky y Hutch), el blackexplotation, ver si no el peinado ?negro? de Pablo Rago (Smith).

Lugares comunes: el asesinato en un cine porno; el comisario corrupto, el fiscal que usa los casos para fines políticos, diálogos vulgares y sin gracia, el ideal matrimonial como el estado soñado, a la manera del negro de Arma Mortal (Smith dixit), dichos contra los peruanos, los turcos, los coreanos: chistes con la piel, con los rasgos de la cara, con la vagancia, la maldad, el oportunismo, y mil etcéteras. El final del primer capítulo donde se presenta el Once como la Arcadia soñada en la que corretean juntos judíos y coreanos es de una torpeza ideológica sorprendente.

El diario Clarín de Buenos Aires dijo que nunca se habían tratado estos temas con tal grado de franqueza. Es verdad, pero no le otorga ningún mérito.

Un peligroso juego el de estos nuevos ?paladines, justicieros? xenófobos y antisemitas y conservadoramente vulgares de esta TV retro que, de la peor manera, se aleja del costumbrismo naturalista de los últimos años.

Publicado en leedor el 22-10-2004