Escuadrones de la muerte

0
11

La documentalista francesa Marie-Monique Robin, en su escalofriante Escuadrones de la muerte: la escuela francesa, se dedica a disectar con una dolorosa precisión el nacimiento de estas guerras, sus ideólogos de cabecera, y su traslado a las dictaduras latinoamericanas de los ?70 y ?80. Por Julián Rimondino

La guerra fue, desde el comienzo de la historia, un enfrentamiento entre dos bandos opuestos, entre dos naciones, entre dos religiones (y a veces todo esto junto). Su lógica es extremadamente sencilla: hay otro que debe aplastarse, asesinarse y someter. Como soldado de un ejército, hay que arriesgar la vida para vencer al enemigo, aquel otro pueblo, diferente a uno y sobre el que tenemos más derecho. Los aliados contra el Eje, los argentinos contra los ingleses, los moros contra los católicos, los ingleses contra los franceses: en la guerra se ven siempre dos naciones enfrentadas que van a las armas para ganar territorios, recuperar aquellos perdidos o hacer valer sistemas económico-morales-religiosos. Pero, siempre, desde naciones distintas.
Bajo este esquema fueron formados todos los soldados de todos los ejércitos, al menos hasta la mitad del siglo XX. Porque a partir de ese momento nació una nueva forma de guerra, no una civil (la historia ha sido muy profusa en ellas), sino una sucia. Ahora, un Estado, aquel que debe proteger y velar por el bien de sus ciudadanos, se imponía por sobre sus opositores internos aplicándoles la más sangrienta, feroz, despiadada de las guerras: la guerra contrarrevolucionaria, la guerra antisubversiva.
La documentalista francesa Marie-Monique Robin, en su escalofriante Escuadrones de la muerte: la escuela francesa, se dedica a disectar con una dolorosa precisión el nacimiento de estas guerras, sus ideólogos de cabecera, y su traslado a las dictaduras latinoamericanas de los ?70 y ?80. Los nexos entre los Estados Unidos y estos gobiernos de facto han sido extensamente cubiertos (aunque nunca será demasiado), pero poco se sabe que el Estado asesino no fue un invento norteamericano, sino una importación francesa, un terrible legado nacido de la derrota en Indochina y fruto del baño de sangre en Argelia.
En 1954 los militares franceses quedaron pasmados al descubrir que en Indochina no se enfrentaban solamente al ejército rebelde, sino también a los innumerables hombres y mujeres que (al menos eso creían) parecían simples civiles pero estaban siempre a un segundo de atacar. El maestro de escuela, el campesino, la madre con sus hijos: todos los oriundos de Indochina eran sospechosos, todos eran enemigos en potencia. Y como tales, había que matarlos.
Y así es como nace la guerra antisubversiva, aquella que se encarga de transformar a los ejércitos en comandos parapoliciales cuyo objetivo era secuestrar y torturar a los ?subversivos? (palabra que en Argentina lleva consigo una pesada carga de amargura y dolor), eliminando todo aquel que expresara la más mínima oposición, y obteniendo toda la información necesaria para desmantelar la organización de quienes se resistían. La primera aplicación de este método se hizo visible en la batalla de Argelia, y de allí pasará a la guerra de Vietnam y Sudamérica, de la mano de la Casa de las Américas, templo del horror donde los militares latinoamericanos aprenderán a asesinar sin piedad.
De aquí en más, la guerra no será más entre dos bandos, sino entre un Estado y sus ciudadanos, entre la policía militar y aquellos que, se supone, está para proteger.
Es todo este largo trayecto el que recorre el documental de Robin en sus breves 60 minutos, minutos llenos de escalofríos y estremecimientos. Es apabullante la normalidad con que estos métodos sistematizados de exterminio y asesinato fueron diseñados por militares franceses, y aún más horrorosa la facilidad (y legalidad) con que fueron transmitidos a militares, especialmente, argentinos y chilenos.
Si existe un logro destacable en Escuadrones… es hallar, vivos y coleando, a aquellos ideólogos franceses y sus estudiantes, quienes sabrían aplicar en toda su ferocidad sus espantosas enseñanzas. La impunidad de la que son dueños tanto los creadores como los ejecutores de las ?guerras sucias? es escandalosa y petrificante, casi tanto como descubrir, promediando el film, que los creadores de estos métodos de asesinato y tortura estuvieron afincados en la Escuela de Guerra por años durante los años ´60, instruyendo a los militares argentinos. O casi tanto como darse cuenta que estos militares (los franceses, los argentinos y los chilenos) no miran a sus planes de exterminio como sistemas criminales de represión, sino como estrategias de guerra, como meras tácticas impersonales, como simples procedimientos y técnicas para ganar una guerra de la que ellos fueron dueños desde el comienzo. La guerra siempre es detestable y espantosa, pero como la hicieron estos hombres es aún más despiadada porque no enarbola ninguna bandera, ningún ideal de Nación, ningún verdadero objetivo. Son militares, y su misión es poner fin a la revolución. A cualquier precio.
El estilo directo de la directora, su simpleza, su falta de artificios y su carencia de pretensiones le permite crear un film poderosísimo, perfecto en su ejecución, que da apabullante y valioso testimonio de esta deplorable visión militar sobre la vida, aquella que reduce a todos los hombres a meros objetivos a eliminar, que quita toda humanidad.
De visión más que obligada, el film de Robin es una estricta radiografía de cuán lejos pueden llegar la represión, el asesinato, la tortura y el horror cuando son apoyados por un sistema lo suficientemente fuerte, y cómo desarrollan un método de aplicación riguroso y trabajado, detallista y eficaz, que no deja nada al azar, que crece y se perfecciona en un espantoso espiral ascendente.

Publicado en Leedor el 13-10-2004