El placer de leer(te)

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Hay historias que uno atesora y recuerda más que otras. Por motivos diferentes o a veces hasta sin ellos. Quizás no sean historias completas y sólo se limiten a párrafos o pequeñas oraciones. No es necesario recurrir a lecturas eróticas para seducir. Es decir, más que el erotismo de la lectura, la seducción por la lectura misma. Escribe Miguel Angel Haluska.El maravilloso placer de leer(te).

Por Miguel Angel Haluska

Hace un tiempo, al descubrir un libro en un estante polvoriento de una librería de viejo en Montevideo, abrí al azar sus páginas y leí:

“…….Cuídate, te lo suplico. Te envío un anillo de jade que usé de niña, con la esperanza de que te sirva de recuerdo de nuestro amor. El jade es el símbolo de la integridad y el círculo del anillo significa continuidad. También te envío una madeja de hilos de seda y, manchado por mis lágrimas, un rodillo de bambú para el té. Son cosas simples, pero llevan la esperanza de que nuestro amor será inmaculado como el jade y continuo como el anillo. Las lágrimas en el bambú y la madeja te recordarán mi amor y los enredados sentimientos que me inspiras. …………”(1)

Era parte de una carta de amor. Ese párrafo, sin nada que lo anunciase y como sucede generalmente en la vida, me sedujo con su prosa susurrante y clara. Entonces me di cuenta que hay historias que uno atesora y recuerda más que otras. Por motivos diferentes o a veces hasta sin ellos. Y quizás ni sean historias completas y sólo se limiten a párrafos o pequeñas oraciones. Eso me llevó a pensar que no es necesario recurrir a lecturas eróticas para seducir. Imaginé un nuevo camino. Es decir, más que el erotismo de la lectura, la seducción por la lectura misma. Que el encanto surja de la intención y no del contenido.
Seducir además de con los sentidos, con esas palabras que se manifiestan en los textos; sutiles y en apariencia etéreas como la tela de una araña entre las plantas del jardín y a la vez resistentes a los embates de cualquier viento disipador.
En estos días en que la seducción ha perdido sutileza, sugiero reciclar el mito de Sherezade a la actualidad. Si ella fascinaba al sultán contándole cada noche una historia diferente para seguir viva, leámosle a quién esté con nosotros un texto para compartir desde la palabra el mágico placer de la seducción. Halaguemos su vanidad y aceleremos sus latidos hasta hacerle sentir más importante todavía.

“- Alors. Toda la isla flota en lo extraño. Esta misma casa está encantada. La habitan muchos fantasmas. Y no en la oscuridad. Algunos aparecen en pleno día, con toda la intolerancia que pueda imaginarse. Impertinentes.
– Eso también es corriente en Haití. Allá, los fantasmas se pasean a la luz del día. Una vez vi una horda de fantasmas que trabajaban en el campo, cerca de Petionville. Quitaban insectos de las plantas de café.
Ella lo acepta como un hecho y continua:
– Oui, oui. Los haitianos explotan a sus muertos. Son famosos por eso. Nosotros los abandonamos a sus penas. Y a sus alegrías. Tan vulgares, los haitianos. Tan criollos. Y es imposible bañarse, los tiburones imponen mucho. Y los mosquitos: ¡ qué tamaño, qué audacia! Aquí, en la Martinica, no tenemos mosquitos. Ni uno.
– Lo he notado; me ha sorprendido.
– Y a nosotros. La Martinica es la única isla del Caribe que no está infestada de mosquitos, y nadie puede explicárselo.
– Quizá se los traguen todos las mariposas nocturnas.
Se ríe.
– O los fantasmas.
– No. Creo que los fantasmas preferirían las mariposas.
– Sí, las mariposas nocturnas quizás sean más alimento fantasmal. Si yo fuera un fantasma hambriento, preferiría comer cualquier cosa antes que mosquitos.” (2)

“Abramos nuestros corazones a esos textos de atmósferas delicadas y exquisitas. Y démosle a la intencionalidad de la lectura el descubrimiento de nuevas imágenes, para conmover con las frases como se conmueve con un beso.
Las flores deben ser cortadas en los jardines vecinos a primera hora de la mañana, con el rocío encima; deben ser elegidas entre las que están a medio abrirse. Es el modo de que la fragancia y el color duren varios días. Si se cortaran cuando el sol está ya alto y el rocío ha desaparecido, sólo durarán uno o dos días y tendrían además menos brillo y fragancia.” (1)

Intentar que el fraseo de las palabras se disfrute como los gajos de una fruta madura y jugosa que comemos con los ojos entrecerrados como sí ese hecho aumentara su sabor.

“En el caso de la mayoría de los seres, los contactos más ligeros y superficiales bastan para contentar nuestro deseo, y aún para hartarlo. Si insisten, multiplicándose en torno de una criatura única hasta envolverla por entero; si cada parcela de un cuerpo se llena para nosotros de tantas significaciones trastornadoras como los rasgos de un rostro; si un solo ser, en vez de inspirarnos irritación, placer o hastío, nos hostiga como una música y nos atormenta como un problema; si pasa de la periferia de nuestro universo a su centro, llegando a sernos más indispensable que nuestro propio ser, entonces tiene lugar el asombroso prodigio en el que veo, más que un simple juego de la carne, una invasión de la carne por el espíritu.” (3)

Cada libro puede estar destinado a estas miradas casuales y ocasionales que nos llevan a encontrar el placer de compartir la complicidad de la lectura.

El beneficio de la lectura varía directamente con la experiencia propia en la vida. Es como mirar la luna. Un joven lector puede ser comparado a quien ve la luna por una rendija, un lector de edad mediana parece verla desde un patio cerrado y un anciano parece verla desde una terraza abierta, con una vista completa del campo. (1)

La vorágine de los tiempos actuales llena el aire de voces ensordecedoras y ecos que retumban, impidiéndonos a veces recrear la atmósfera de la seducción. La felicidad de estos momentos es una opción latente que podemos descubrir a través del maravilloso placer de la lectura.

Notas

(1) La importancia de comprender. Lin Yutang. Editorial Sudamericana.
(2) Música para camaleones. Tuman Capote. Narrativa actual.
(3) Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar. Editorial Sudamericana.

Imagen: Joven mujer leyendo un libro en la playa, Pablo Picasso, 1937

Publicada en Leedor el 29-9-2004

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