¡No mentir!

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La Dra. Marta Zátonyi nos propone su segundo artículo sobre Kieslowski, esta vez se trata del noveno film del Decálogo , conocido con el título ¡No mentir!.ENTRE LO METAFÍSICO Y LO INMEDIATO *

Por Marta Zátonyi

Sobre el tiempo y el espacio

¿Se puede tomar el té ofrecido-rechazado hace cuarenta años? ¿Dónde, en qué franja de la existencia del ser reside el núcleo del conflicto? ¿Si se rechaza, qué se gana?, ¿si se acepta, qué se pierde?

El conflicto finito-infinito no es un conflicto de nuestros tiempos, sino EL conflicto de la existencia, patéticamente articulado entre el ente e ir más allá del ente. Al intentar abordar este conflicto, constituyendo así la esencia de la existencia, el hombre hace su propia trascendencia. Y allá comienza la metafísica.

La voluntad de representar un proceso interminable, de una manera finita, generó la capacidad simbolizante con que el hombre comienza a hacer frente al arcaico y fundamental terror y anhelo de los abismos.

Con ello comienza la construcción inexorable de nuestro mundo cuyos límites se demarcan por la palabra. Más allá se yerguen las energías sin significantes, y para destruir o para construir no existe otra fuente de materia prima nueva.

“Hay un concepto que es el corruptor y el destinador de los otros. No hablo del Mal cuyo limitado imperio es la ética: hablo del infinito”, nos enseña Borges.[1]

El infinito tras los límites parecía poblarse con las copias luminosas o tenebrosas de nuestro mundo delimitado. Y aunque siempre emergieron voces desde la filosofía y desde las artes que sospechaban y con eso preparaban el camino hacia la gran pérdida de aquella sólida contención, recién en el siglo XIX comienza adquirir estructuras cognitivas la necesidad de renunciar a la Antigua Alianza y encarar la construcción de la Nueva. Y no serviría para nada la experiencia de miles de años si pensáramos en ella como en la Definitiva.

Al derrumbarse las antiguas fronteras, no se derrumba el mundo. Pasa otra cosa. Según J.Monod,

“le es muy necesario al Hombre despertar de su sueño milenario para descubrir su soledad total, su radical foraneidad. El sabe ahora que, como un Zíngaro, está al margen del universo donde debe vivir. Universo sordo a su música, indiferente a sus esperanzas, a sus sufrimientos y a sus crímenes.” [2]

En la convulsionada escenografía decimonónica, surge la voluntad de responder a la caída de los antiguos ídolos, de las antiguas certidumbres. Ora reconstituyéndolos, ora sustituyéndolos. Pero también cada vez es más fuerte la decisión de aceptar que el proceso es irreversible y que, efectivamente, nadie nos observa para premiar o para condenar.

Por primera vez se terreniza la fe en una igualdad hasta entonces proyectada en el mundo del más allá. La Revolución Francesa institucionaliza jurídicamente los derechos humanos.

Lo que fue prometido para el postmortem, desde entonces podrá ser aspirado en la vida terrenal. Pero con eso no se concluye la tarea sino que recién empieza: el bien y el mal, lo permitido y lo prohibido, el premio y el castigo serán concebidos para todos y de manera igual y equitativa. Este suceso es revolucionario no porque reformulaba el bien y el mal sino porque ampliaba drásticamente la plataforma para su ejercicio, posibilitando con ello la futura y mucho más lenta y mucho menos espectacular renovación.

Culmina el siglo con substanciales resultados que no se recortan sólo a los logros de las luchas sociales. Nacen nuevas formas de observar nuestro mundo, nuevas vías de construir los saberes, desvinculados ya de un eterno a priori, y desde la filosofía y desde las artes se propone configurar y nombrar una nueva ética.

Elisabeth: Yo leí en sus trabajos acerca de Dios.

Profesora: Yo no voy a la iglesia. No uso la palabra Dios. Pero se puede dudar de Él sin usar la palabra Dios. El hombre es libre de escoger si quiere. Puede dejar a Dios fuera de sí mismo.[3]

El noveno del Decálogo de Kieslowski, conocido con el título ¡No mentir!, relata la historia de una profesora y de una mujer más joven, Elisabeth. La profesora enseña ética en la Universidad de Varsovia; Elisabeth, de origen polaco, vive en EE.UU. y se dedica a la misma materia. Llega a su ciudad nata. Se encuentran y reconocen una antigua, dolorosa y no resuelta historia. Elisabeth, antes de la guerra, todavía niña, niña y judía, no fue aceptada por un matrimonio para ayudar a esconderla. La mujer -la profesora en el tiempo de la película- le ofrece un té y aunque la niña, Elisabeth, tiene muchas ganas de tomarlo, antes de irse, lo rechaza. Con el nuevo encuentro las dos mujeres pueden contar, cada una, su historia, y entender la historia de la otra. La katharsis compartida hace posible que la profesora pueda revivir lo que le sucedió a Elisabeth y actuar con desgarradora honestidad, y que Elisabeth pueda aceptarla. Como esta vez, acepta el té, ofrecido por la otra.

Montajistas del tiempo

¿Se puede tomar el mismo té ofrecido-rechazado cuarenta años antes? La respuesta inmediata es: no. Y realmente, no. Pero cuando el convidado, después de cuarenta años acepta el té de la misma persona que en aquel entonces renunció a salvarla, este té significa no sólo un sencillo perdón, tampoco un simple entender, sino un camino construido durante cuarenta años, desde ambas partes, un buen camino, no ensuciado por resentimiento, no truncado por olvido o por negación, no abandonado por indiferencia o resignación, sino forjado por la bondad humana, por la voluntad de conocer la historia y, a partir de allá, por la construcción conciente y activa de la historia, por trabajo y por lucha, por honestidad dolorosa, por convertir, de vuelta y vuelta, el destino en acontecimiento. Como resultado de esta fe en la vida, el anhelo por la redención se hace acto.

Los tiempos como sístole y diástole se rarifican y se densifican según el ritmo de los significados creados-sugeridos en cada instante, y el presente se encarga de construir un pasado con su particular tarea y acción de montajista.

El tiempo y la existencia humana, en lo conocido y en lo no conocido, se entretejen y tejen lo que llamamos realidad.

Si los fenómenos por ser vistos, por ser nombrados-relatados, por ser hechos por el hombre en su estructura relacional, construyen y reconstruyen ininterrumpidamente el espacio, si la selección de estos fenómenos y su montaje traman el tiempo: la cuestión tiempo-espacio inexorablemente se funde con la cuestión ética.

Si es verdad que no existe la reversibilidad ¿qué hacemos con nuestro pasado desde hoy, cuándo y dónde reconocemos un error? Ni siquiera podemos tener la seguridad de cometerlo o hacerlo de manera diferente otra vez, pues ni siquiera hay una otra vez. Siempre es una siguiente vez, una singular vez. Por eso no se puede tomar el mismo té después de cuarenta años.

Pero algo debe suceder, algo sucedió, para que el té, aunque es otro té, sea aceptado. ¿Qué es lo que quebrantó lo duramente sedimentado miedo y humillación en la duración de Elisabeth. O ¿qué es lo que permitió que pueda quebrantarse?

Lo curioso es que en esta obra nadie miente. Pero ¿qué es mentir? O, vale igual la pregunta ¿qué es no mentir? ¿Siempre es valioso no mentir y siempre es pecado mentir? Si un código moral pudiera abarcar finitamente las infinitas posibilidades, la respuesta sería posible. Pero maldito sea quien hiciera algo para intentarlo, quien lo haya intentado.

Peor de los peores, asesino del tiempo, enemigo mortal de toda la posibilidad de trascender lo hecho; delirando, en su furia purificadora, con salvar la humanidad de los oscuros temores metafísicos e imponerle la mísera alegría de una absolución enajenada de los caminos propios. Sin embargo sólo por estos caminos se alcanza la redención. Redención en el sentido de alcanzar la conciencia sobre el drama humano: no hay otra trascendencia que la trascendencia del hombre, que será dada al existir por el infinito, soportado por y con la palabra.

Si la verdad es una construcción humana, producto histórico-social, la mentira también lo es. El paradigma de la mentira es tan cambiante como el de la verdad. ¿Desde dónde se quebrantan estos paradigmas, desde dónde surge la fuerza para reformularlos? Sólo desde la conciencia, en cuanto ella está enraizada en la existencia.

Elizabeth: ¿Qué le dice Usted a sus estudiantes? ¿Cómo vivir?

Profesora: No les digo nada, estoy con ellos para que por sí mismos arriben a esto.

Elisabeth: ¿A qué?

Profesora: Al bien… porque creo que lo bueno existe en cada ser humano… La situación desencadena lo bueno y lo malo. En aquella noche, dentro de mí, se inhibió lo bueno.

Elisabeth: ¿Y quién lo va a calificar?

Profesora: Cada uno de nosotros se va a calificar. [4]

Estos diálogos suceden en los mismos conjuntos habitacionales donde transcurre la vida de la mayoría de los personajes del Decálogo de Kieslowski. Obreros y profesionales, jóvenes y mayores, padres e hijos, solitarios y convivientes, presentes y ausentes, sanos y enfermos están poblando este micro universo. En uno aparecen como protagonistas, en otro, como figuras secundarias o emergen por un instante del anonimato. Algunas veces sólo un gesto, una palabra, un objeto o una pequeña referencia, aparentemente insignificante une a una figura con la otra historia. A pesar de que cada uno de las diez obras es autónoma, conociendo todas, se hace la obra completa, cuyo trasfondo es el sórdido barrio de las colmenas de los monobloques.

Inquieta que el mismo personaje es diferente al aparecer en la otra película. No porque hayan pasado largos años, pues suceden todas más o menos en el mismo tiempo, tal vez, se puede suponer que en el mismo año con algunos meses de diferencia, tal vez más, pero es evidente que hay una paralelidad temporal entre lo acontecido en cada película.

La diferencia surge porque el director posesiona la cámara cada vez desde otro lugar, desde otra relación. Una vez la mirada es de los hijos, otra vez es de la vecina, mencionando sólo dos casos. ¿Desde cuál mirada es el hombre como es? ¿Quién lo juzga y quién lo absuelve? ¿Puede ser uno mismo quien se califica? No hay respuestas ni contundentes, ni tranquilizadoras. Como una pintura de Cézanne, los resultados-cortes de las experiencias de acciones y observaciones, errores y aciertos, aceptaciones y rechazos, entenderes y amores, cegueras y odios se sobre y yuxtaponen; los códigos morales a prioris ya no sirven como soluciones, sólo como bases desde donde partimos para elaborar otras modalidades éticas. Otra vez la nueva ideología del tiempo-espacio actúa como eje estructurante de la elaboración de una nueva ética. Ya no se puede sostener el juicio formado desde un solo lugar, desde un solo ángulo de mirada, desde una sola relación. El antaño sencillo juego de la bipolaridad entre el bien y el mal, debe ceder su lugar a una complejísima e incesantemente rearmada trama de valores ya no negros o blancos sino inciertos, sombreados, entremezclados, de infinitos matices de mil colores. Es verdad que es uno mismo quien debe calificarse, pero esta calificación es válida en cuanto sucede dentro del contexto de los múltiples otros. Nadie puede ser bueno ni malo, ni correcto ni incorrecto, ni moral ni inmoral solo, fuera del mundo de los otros. Si antes la salvación fue otorgada por el Juez Divino, ahora ya sabemos -así nos enseña también Kieslowski, por medio de sus narraciones sobre este micro universo- que la salvación reside en tener en cuenta al otro, en intentar a reconocerlo y fatigosamente labrar la conciencia desde cada valencia establecida en cada momento, con cada otro.

Como la Zauberberg manniana, o como la abadía de Eco, este barrio funciona en el Decálogo como una extracción condensada del universo circundante. Si en la mayoría de las películas del Decálogo, este espacio es atroz porque sus pobladores se resignan, pierden la dignidad [5], en ¡No mentir! este mismo lugar se cargará de dignidad, pues hay respuesta a los acontecimientos del presente y también del pasado. He aquí la enseñanza: el espacio no es una caja en la que, incapacitados para la acción, los hombres recorren el trazo que les fue adjudicado por algún designio suprahumano. El espacio es una construcción hecha por acciones humanas y, como consecuencia, por sus relaciones, por sus respuestas a los sucesos, por haber tomado decisiones por ciertos rumbos que a su vez se construyen precisamente por estas decisiones. Las dos mujeres, Elisabeth y la profesora decidieron no ser mudos y paralíticos títeres de su contexto. Decidieron ser constructoras de su propio tiempo, de su propio espacio. Decidieron hacerse cargo de la construcción de su vida, de una ética diferente y nueva.

FUENTES

[1] J.L.Borges: Avatares de la tortuga; Obras completas, tomo 1º, p.254, Emecé Editores, Bs.As., 1989

[2] J.Monod: El azar y la necesidad, p.184, Editoria Planeta Argentina, Bs.As., 1993

[3] Diálogo de ¡No mentir!

[4] Idem

[5] Ver el ensayo Las paradojas de la dignidad

Artículo relacionado: LAS PARADOJAS DE LA DIGNIDAD

*Este capítulo forma parte de un libro que la Dra. Marta Zátonyi está escribiendo sobre el director polaco Krysztof Kieslowski .
Queda prohibida por Ley su reproducción parcial o total.

Publicado en Leedor el 14-9-2004