Tacholas

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Al tratar de evitar la convención de narrar la vida del actor Tacholas el documental de José Santiso se pierde en largas divagaciones que le hacen perder interés.Por Julián Rimondino

El patrimonio cinematográfico argentino ha sufrido, desde siempre, un abandono total. Los títulos se olvidan, las copias se arruinan, la desprotección oficial es total. En este marco, cualquier intento de salvataje, de memoria, es bienvenido. Y el cine documental es, quizás, la forma más perfecta de haber prevalecer el cine nacional: se recuerda el patrimonio creando más patrimonio; hago una película hablando de otras películas.

Si la operación ha resultado exitosa en numerosas oportunidades (el ejemplo más reciente ?y más feliz? es Yo no sé que me han hecho tus ojos), superando los bajos presupuestos y la falta de archivos extensivos para realizar una investigación documental apropiada, muchas veces no siempre se sortean las complejidades que plantea el género con la misma comodidad.

Mientras que Sergio Wolf y Lorena Muñoz evitaban el convencional relato en off y los comentarios cercanos al objeto de su documental mientras las imágenes ilustraban las palabras, prefiriendo un trabajo sobre la primera persona, la evidenciación de la película como construcción y hasta un clima de film noir, José Santiso, en Tacholas. Un actor galaico-porteño, prefirió el camino más tradicional. Camino que no tiene por qué resultar negativo cuando es sorteado con suerte. Lo que no sucede si el relato decae en más de un momento, si se ramifica en episodios de dudosa importancia, si parece más concentrado en mostrar otros films que en crear uno propio.

Porque Tacholas… no es tanto un mal film como un film algo perdido: tratando de evitar otra convención, la de narrar la vida del actor que busca rescatar en forma cronológica, este documental se pierde en largas divagaciones sobre la comunidad gallega en Buenos Aires, o sobre las actividades del intelectual Alfonso Castelao. Episodios que deberían servir para pintar el ambiente en que el biografiado se movía, pero que se desconectan de su historia y resultan anécdotas aisladas del relato central: es decir, episodios que, aunque entretenidos, bien narrados y hasta interesantes, siendo más breves, tendrían más sentido.

Por esto mismo es que el relato del film decae. Tacholas, como figura, extrañamente, termina teniendo poco peso. Quizás se haya intentado contrarrestar esto incluyendo largos (demasiado largos) fragmentos de otros films en los que este actor participó (La Patagonia rebelde, El crack, No habrá más penas ni olvidos… la lista es larguísima), pero que distraen por lo extenso. Como muestra del trabajo de Tacholas, eran innecesarios: su talento, su valor como intérprete, puede evocarse en vez de presentarse, en un procedimiento que hubiera sido más efectivo.

Tantos retazos de otros films, tantas ramificaciones, terminan oponiéndose a la construcción de un perfil de Tacholas. La memoria funciona uniendo pequeños recuerdos, pequeños momentos y eventos, y es posible recrear este proceso en forma cinematográfica. Pero, en el caso de Tacholas…, el proceso falla, y no termina de quedar claro quién era o cómo era aquél que es su supuesto foco: la vida de Tacholas, su talento, su trayectoria y su recuerdo merecían un trabajo más hilado.

Publicado en Leedor el 17-9-2004