Emma Bovary

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La puesta en escena de Emma Bovary, bajo la dirección de Ana María Bovo es de una encantadora soltura y un dinamismo que raramente se consigue cuando se trata de adaptar obras basadas en los clásicosEscuela de soñadoras

Por Alejandro Margulis

I
De la construcción del carácter de Emma ?Madame? Bovary se dijo, entre muchas otras cosas interesantes, que Gustav Flaubert había plasmado con él, como nunca antes quizás en la historia de la literatura, el retrato de la mujer soñadora y fantasiosa, una que vive más en los paraísos siempre previsibles de su propia imaginación que en la realidad de todos los días. Ser bovarista después de Flaubert y de esta obra encabalgada entre el romanticismo y el realismo fue sinónimo de vivir en ensoñación perpetua: si el presente no satisface las ansias de aventura, nos dice la novela, lo mejor es diluirlo en la burbuja de los relatos prototípicos. Así el príncipe azul y las cabalgatas con él a la luz de la luna; la espera y el reencuentro con la persona amada; la consumación adúltera y la fuga; hasta el suicidio por amor (nunca por dinero) se postulan como alternativas a la mediocridad de una existencia burguesa y crean ese espacio paralelo ilusorio, propicio para el fantaseo que en parte debido a este libro cristalizó una de las características básicas de la femineidad. Al menos de una clase de mujer.

II
Cómo contar estos sucesos estereotipados sin caer en la trampa de los lugares comunes a su época fue el desafío que tensó la escritura de Flaubert. Para él, la solución estuvo en la búsqueda obsesiva de la palabra justa que le permitiera hablar de cosas vulgares (por su bajo vuelo) pero sin caer en el sentimentalismo romántico ni en la denostación. Una puesta en escena de esta obra, más de cien años después, corría el mismo peligro y uno más también, el del endiosamiento acrítico por exceso de admiración o respeto. Emma Bovary, con la dirección de Ana María Bovo y las actuaciones impecables de Julieta Díaz, Julia Calvo, Sandra Guadalupe, Marta Guma, Luciana Mastromauro, Gabriela Osman y Angela Ragno sortea ambos riesgos con encantadora soltura y un dinamismo que raramente se consigue cuando se trata de adaptar obras basadas en los clásicos.

III
El gran acierto de este espectáculo es haber encontrado el tono justo para mostrarnos cómo es posible volver a leer (en este caso, a escuchar) una obra maestra. La técnica del relato oral se refina pero sin caer en la solemnidad, ese pecado. En un escenario astuta y austeramente compuesto por un símil de piso de palacio y una alusión escenográfica a un canal de barro, unas pocas banquetas de pianista y un piano de pie con rueditas sostienen con ingenio el peso visual del relato. Las actrices, vestidas sólo con enaguas y corset del siglo XIX, remedan a un grupo de cantantes líricas que van contando la vida de Emma a partir del recuerdo del día en que ella fue, por primera y única vez en su vida, a la ópera de París. Junto a las banquetas y el piano con rueditas, el cuento del cuento se va moviendo de un extremo al otro de la escena avanzando en bloques bien resumidos del texto original, todo con una impronta que es indudablemente Ana Bovo.

IV
Casamiento, adulterio, muerte son narradas con múltiples entonaciones en un contrapunto feliz. Cada una de las mujeres que cuenta compite, diríase, para ver cuál tiene el chisme más jugoso sobre la vida de Emma; cuál el detalle mejor. Además, para quienes conozcan y valoren la trayectoria de la directora, el juego tiene un condimento extra: y es que su técnica del relato oral ha sido perfectamente asimilada por las actrices (la mayoría son egresadas de la Escuela del Relato que dirige) al punto dichoso en que hasta los gestos corporales propios de ella ?un braceo, una caída de hombros, un giro de la cabeza- resaltan reproducidos por sus discípulas en el arte de narrar como en un juego de espejos. Un estilo Bovo para un relato Bovary, bovaristas o bovistas ofrecidas a un público que esté dispuesto a embobarse con un código nuevo.

V
La aceptación del género supuestamente bajo, popular que es el correvediles de pueblo o el chusmerío de barrio (de peluquería, de oficina) es subido aquí a escena con el pretexto de revisitar a Flaubert. La mezcla sale bien porque sensatamente la lengua en que se eligió contar la historia respeta el vocabulario preciso, nunca redundante ni basto, en que fue escrito el libro. El contraste entre ese texto alto, refinado y estructuralmente lineal y su decir interrumpido o corregido por las voces que lo exponen, combinando todo el tiempo lo sublime y lo trivial, es lo que garantiza, yo diría, la eficacia del mensaje. Dicho con otras palabras: la obra está contado aparentemente ?a la que te criaste?; así nomás parece que se dicen las palabras del maestro Flaubert, pero eso es apenas una nueva ilusión. Porque cada detalle oral, cada movimiento de los cuerpos se ve trabajado con mucho cuidado. Y en la tensión de dos recursos aparentemente antinómicos, la hipernaturalidad con que se cuenta y la exigencia de fidelidad al texto original, la puesta consigue llegar a una cumbre de entretenimiento inteligente y sutil.

Publicado en Leedor el 14-9-2004