Los muertos, Lisandro Alonso

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Como en La libertad su anterior película, Lisandro Alonso apela a un humanismo casto y un existencialismo rudimentario. Los muertos presenta, como la otra, una historia centrada casi exclusivamente en el (fluir del) ser de un sujeto que no tiene más notoriedad que la de ser uno de más los que existe. Por Sebastián Russo

Las películas de Lisandro Alonso (hasta ahora dos, La libertad y Los muertos) son peculiares. Con esto no parezco estar diciendo mucho, sin embargo, considerando su celebrado debut como director, y habiendo encontrado ciertas características reincidir en sus dos películas, estas peculiaridades se convierten en marca personal, cine de autor que le dicen, catalogación poco frecuente y anhelada, en una filmografía nacional posmoderna y homogeneizada. Singularidades que tienen en principio dos vértices: uno formal y otro temático. Por un lado la intención de generar ?efecto de realidad? desde una formalidad narrativa que enfatiza el tiempo real, y por otro la obsesión por dar cuenta de la forma de vivir (pensar, actuar) de personajes escasamente valorados (por la insuficiencia extática de sus existencias) por la norma cinematográfica.

Ambos films se detienen (o avanzan lento) en un fragmento (no demasiado significativo) de la existencia poco intensa de sujetos rústicos que viven en relación estrecha con la naturaleza, y en ahuyentado trato con otros hombres (mujeres, niños, o ancianos, o sea, otros seres humanos) Motivo argumental que, se deduce, fascina a Alonso, tanto o más que la propuesta formal que elige para dar cuentas de estas vidas. Largas escenas de caminatas, silencios eternos que incomodan (aburren) a más de uno, situaciones que nada aportan a un supuesto argumento (el cuál nunca termina por engendrarse, o si lo hace, se caracteriza por su ingravidez) Decisiones autorales, en suma, que, luchando (explícitamente) contra cánones, convenciones cinematográficas, no logran ni traspasar la (aplaudible) intención de ruptura formal, ni constituirse en decisiones constructoras de una obra fácilmente soportable (status mínimo al que debe acceder una producción artístico-cultural: que la gente la soporte ?en su doble acepción, de sostener interés, y de sustento económico/moral) Decisiones que incluso emanan cierto tufillo snob, que sin embargo no empaña los valorables riesgos estético-narrativos y el compromiso para consigo mismo asumidos por el director. Es decir, son de esperar nuevas y mejores obras de un joven director de cine argentino que tiene ideas (que no es poco) y no renuncia a ellas (virtud aún más escasa).

Tanto en La libertad como en Los muertos, se respira un humanismo casto, un existencialismo rudimentario. Ambas son historias centradas casi exclusivamente en el (fluir del) ser de un sujeto que no tiene más notoriedad que la de ser uno de más los que existe. Y existir, en una presumible ética Alonso, no es más que un abstinente y ermitaño sobrevivir. Las relaciones humanas aparecen casi constreñidas a un inmotivado vivir en cercanía física con otros. El otro, apenas necesario, posee un status igualable al árbol que da madera, o al río que da peces. Alonso centra su mirada en el sujeto, en su cotidiano existir, en su soledad intrínseca. Los otros seres parecen no ser más que un decorado en el cual el protagonista fluye sin más motivación que el mismo fluir. Incluso su interioridad queda apenas relegada a la capacidad superviviente, y a un sentimentalismo ascético y fragmentado. Hombres (en ambos films lo masculino predomina) de pulsiones apenas contenidas, y sociabilidad acotada (cortesía, represiones, apenas desplegadas), donde lo sexual, la muerte, el alimentarse, parecen ser vivido a un mismo nivel de cotidianeidad, de no problematización.

Esta parquedad identitaria, tiene su (pertinente) correlato en la concepción formal que Lisandro Alonso impone a sus películas. El primer signo de esto lo otorga la escueta sinopsis que cada uno de sus films merece. La pregunta por el ¿sobre qué trata? se resuelve en un llano ?sobre un momento en la vida de un hombre?. Y esto también es poco decir de un film, ya que grandes películas (por no decir la gran mayoría) se inmiscuyen en un momento particular de la vida de alguien. Pero es el término ?particular? el que da la clave. La aparente innecesariedad de las tomas de Alonso, ante la escasa trascendencia de los momentos elegidos de la vida del protagonista, es la principal promotora de la inquietud (y particularidad) que poseen ambos films. Nunca parece detenerse en hechos que marquen significativamente ni al protagonista, ni al espectador para poder dar cuenta de la personalidad o del contexto de vida del retratado. El recurso que utiliza Alonso para ello es el de ?tiempo real?, el cual parece ser ya casi un sello autoral en su precoz filmografía. Escenas largas, que se perciben superfluas, menoscabando concientemente las convenciones narrativas cinematográficas (no es necesario mostrar veinte minutos de una caminata, para connotarla cansadora, por ejemplo), tras un ?efecto de realidad?. Tanto en La libertad, retratando el día en la vida de un hachero pampeano, como en Los muertos (centrado en las horas posteriores del salir de una cárcel de provincia de un sujeto que busca a su hija), la instancia del transitar, sea caminando, sea en bote, es particularmente detallada, singularmente enfatizada, intentando denotar que la vida es más tedio que otra cosa, y que los momentos excitantes son meros accidentes. Conceptos que se asientan en recursos narrativos que cuesta despegarlos de una cierta pretenciosidad formal, en vital conflicto con el sostenimiento del interés del relato.

Sin embargo, ambas películas atraen (y es por eso que me encuentro detrás del teclado tecleando) Y es quizás por esta peculiar combinación (casi un oximoron, diría algún no menos pretencioso) entre inquietud y tedio: algo siempre parece estar por suceder, pero no sólo nunca sucede, sino que la expectante aunque vana espera es de un hastío lindando el bostezo. La inquietud (del cándido espectador de cine acostumbrado a presenciar historias medianamente estructuradas) sostiene a un abrumador tedio, del cual en todo momento se intenta descreer, pero que termina por invadirlo todo, más allá que una vez encendidas las luces de la sala, se haga el esfuerzo de creer que hubo algo que se nos escapó en ese cerrar de ojos que creímos de unos pocos segundos.

Publicado en Leedor el 11-9-2004

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