La Terminal

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La película de Spielberg no oculta su ambigüedad: una mirada compasiva hacia los inmigrantes que llegan a EEUU en busca de un sueño, o un acto de hipocresía en la idea siempre presente de que lo extraño es corrupto, crítico, imperfecto, ilegal.
Por Alejandra Portela

Aquellos que vieron La Terminal quizás coincidan en que la película de Spielberg es un buen ejemplo del no-lugar de nuestra cultura contemporánea, una idea basada en espacio real incompleto: paredes de vidrio, escaleras mecánicas, estética de lo descartable y lo repetitivo: siempre el mismo horario, salida o regreso, el mismo trámite, el mismo sello. ¿Alguien contabilizó cuántas veces el Viktor Navorski de Hanks va a hacer sellar su hoja de tránsito para que aparezca denied.? Una burocratización extrema de la que también nuestra cultura está presa tiene en este no-lugar espectáculo de Spielberg una vuelta con claras referencias a la actual política de inmigración: no sólo de la multiculturalidad como fenómeno sino también como problema: el inmigrante, el turista es un no-ciudadano, un visitante, un viajero eterno cuya naturaleza se basa en la existencia de lo pasajero y lo insustancial, tanto como ese espacio plagado de insustancialidades, tanto como que su existencia está ligada siempre a un regreso.

Sobre esta idea de efimeridad, a Viktor, proveniente también de un país efímero, uno de los tantos desprendidos de la Unión Soviética, le sucede algo increíble: debe construir una instancia de lugar real en un espacio que no se define como tal: es un recién llegado de un país imaginario, tan exótico como para que en el tiempo de viaje de Viktor haya sufrido una revolución que lo hace expulsar de su nacionalidad). Es interesante en el cine americano la idea de Revolución: no concebida como la lucha de construcción sino como la idea de disolución de una Nación. En un país revolucionario, los ciudadanos no tienen entidad.
A Viktor, condenado hasta nuevo aviso a una rara supervivencia, esta idea lo convierte en un no-ciudadano en un no-lugar.

La película de Spielberg no oculta su ambigüedad: una mirada compasiva hacia los inmigrantes que llegan a EEUU en busca de un sueño, grande o pequeño, y un mensaje para la dura política norteamericana fundada en reglas que no siempre contemplan lo humano y lo social, o un acto de hipocresía en la idea siempre presente de que lo extraño es corrupto, crítico, imperfecto, ilegal.

El sueño de Viktor es tan pequeño como larga su espera: una inversión proporcional que le da la película una tensión algo insensata. No es el tema el problema sino el vestido que elige Spielberg para hacer de La Terminal una comedia con toques de heroísmo, amor y amistad, en lugar de una película negra con lo que hubiera ganado seguramente en interés no sólo artístico sino político.

Publicado en Leedor el 9-9-2004

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