La Mina

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Con problemas en su distribución, se estrena en contadas salas de Buenos Aires, la segunda película de Víctor Laplace, un film que abusa del grotesco y termina restándole valor.Por Julián Rimondino

Tras su primer film ?el insípido El mar de Lucas?, muy bajas eran las expectativas en este segundo esfuerzo de Laplace por cumplir con la tríada cinematográfica: dirigir, escribir y actuar. Y si bien La mina es considerablemente superior a su primera película, no significa esto que se trate de un gran film.
En su debut como director, Laplace fue más un actor que filmaba que un director propiamente dicho. Los actores, a través de largos y elaborados monólogos (la mayoría de las veces muy inverosímiles y forzados), intentaban lucirse por sobre la desastrosa narración y la poco inventiva puesta en escena.
Tomando todo esto en consideración, es mucho lo que ha avanzado Laplace. El ambiente creado aquí, alejado del realismo de El mar de Lucas, es de una decadencia, suciedad, marginalidad y abandono terribles. En ese sentido, se emparenta fuertemente con El bonaerense, de Pablo Trapero. La amarillenta fotografía y las derruidas escenografías son de un calidad estética remarcable y, por sobre todo, coherente con el relato del film.
Se trata, al fin y al cabo, de una historia de abandono y ruina. En un apestoso y desalentador poblado, casi un pueblo fantasma, el viejo Sebastián (Laplace mismo, acertado aunque demasiado cerca de la auto-complacencia) se niega a abandonar la mina de oro en la que una vez trabajó y de la que ahora, cuando no vale un centavo, es dueño. En medio de todo esto, la madama y jefa del hampa local (una grotesca Haydeé Padilla) sobrevive por medio de sus prostitutas y de la trampa que ha preparado para explotar a los pocos desafortunados que pasan por el pueblo: un pozo en la tierra, en el que los autos inevitablemente caen, pudiendo así cobrar su arreglo.
Lo ruin de estos personajes, y lo desesperante de esta situación, se ven perfectamente reflejados en la estética elegida para representar la historia. Por su parte, el uso del sonido es impecable y muy poco común en el cine argentino, y es más que bienvenido.
Pero si estos aciertos podrían haber creado un film interesante y valioso por su urgente y rabiosa crítica social, no cabe duda de que el uso (y abuso) del grotesco le resta muchísimo a La mina.
Si bien no es incoherente narrar esta historia desde lo escatológico y lo soez, el excesivo regodeo en la pobreza, la marginalidad y la suciedad no llegan a un buen resultado. No se bordea aquí el mal gusto: se lo recorre ampliamente. La espantosa imagen del personaje de Padilla, la enfermedad que sufre el de Norman Briski (el socio de Laplace en la ficción), las manchas de sangre en el cuerpo y la ropa del viajante que interpreta Jean Pierre Noher, no son elementos que refuerzan la idea de decadencia, porfía e inmoralidad, sino que repelen al espectador, lo alejan del relato y, francamente, más de una vez, asquean. El grotesco, en demasiadas oportunidades, resulta excesivo y mal utilizado, y arruina lo que de otro modo podría haber sido una película interesante.

Publicado en Leedor el 8-9-2004

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