Las Trillizas de Belleville

0
15

En evidente puja con la estética (y protocolo moral) de las animaciones de Disney, el creador de Las Trillizas de Belleville no presenta mayor interés por la perfección del trazo. Esto genera que sus dibujos ganen en subjetividad, en evidenciar la presencia de un autor, que se lo intuye gozoso de su creación, jugando, disfrutando la instancia creativa.
Por Sebastián Russo

Animación francesa, donde ?lo francés? (o lo que esto quiera significar) es llevado a primer plano, tanto para ensalzarlo como para denostarlo, aunque siempre desde una mirada piadosa, afectuosa. Así aparecen la obsesión por el buen beber (vino tinto, siempre), y el gozo otorgado por un picnic en una tarde al sol en la campiña francesa (escenas que parecen ser un homenaje pos mortem a las imágenes de Henri Cartier Bresson). Lo que no es abordado con cariño alguno es la moderna transformación (primero) de la infraestructura de las grandes ciudades, y (luego) de las formas de vida de los habitantes de estas metrópolis.

Todo entendido (por omisión, connotado) como consecuencia del incontenible ?progreso? económico-tecnológico de la segunda mitad del siglo XX. Una mirada nostalgiosa a un pasado de vidas contemplativas y autoafirmadas. En contraposición a un hoy competitivo, volátil y alienante. ?Lo francés? aludido, el estilo de vida francesa, de explicitada presencia, viene a confrontar con ?lo norteamericano? (vulgarizado en consumismo, obesidad, y desmedidas ansias de triunfo). Dicotomía (explícitamente estereotipada) que se cimienta en los arquetipos farsescos del yanqui y el francés. Brutal diferenciación que es abordada con (aplaudible) falta de solemnidad, y que tan solo discurre en lateralidad a un eje problemático central, de no mayor pretensión ceremonial. Y es que la obra de Sylvain Chomet parece solo encontrar motivación (sentido) en su auto engendrarse, en su apacible transcurrir fluido y sensible. Sin dejar de puntualizar (divertirse con) las groseras y habituales caracterizaciones sobre idiosincrasias engañosamente opuestas.

En evidente puja con la estética (y protocolo moral) de las animaciones de Disney, el creador de Las Trillizas de Belleville no presenta mayor interés por la perfección del trazo. Esto genera que sus dibujos ganen en subjetividad, en evidenciar la presencia de un autor, que se lo intuye gozoso de su creación, jugando, disfrutando la instancia creativa. Ese trazo dubitativo, borroso, desparejo, les otorga a los personajes engendrados expresividad, identidad. Es la mirada, o el curvarse de un cuerpo, o el leve deformarse de un rostro, lo que nos habla de la personalidad de cada personaje. Es su permanente mutación imperceptible, lo que les otorga humanidad. Y es que son sus cuerpos (¿cuándo no?) los que hablan por ellos. Luego de lo dicho no parece ser mayormente significativo comentar la escasez de diálogos, no poco singular si se la compara en cambio con otras producciones cinematográficas donde la palabra carga autoritariamente con el sentido de la obra. En las Trillizas de Belleville es la sensibilidad mencionada del trazo, la música, la belleza de las imágenes y un humor sutil, lo que sostiene semánticamente lo creado.

Anclada en una historia ?humana? (o sea, sin una moralidad unilineal, con personajes de personalidades complejas, cavilantes, imprecisas), los protagonistas podrían bosquejarse así: una obsesiva, exigente e inquebrantable abuela educa a su nieto en el rigor de la práctica de una disciplina, el ciclismo. Este, con una sumisión nunca cuestionada, solo pedalea (casi solo eso hace), aunque a veces también sueña en pequeñas cosas (dice uno, ambicioso), una foto de revista, llegar a la casa y comer. Un perro completa el trío protagónico (además de las aludidas trillizas, aunque ellas merecen un comentario aparte) El animal parece ser el único cuerdo de la familia: desde una simple mirada desconcertada, o un ceñir de cejas, con sus necesidades fisiológicas siempre de por medio, genera aparentes, equívocas y graciosas reflexiones sobre el accionar de los otros. Las trillizas, finalmente, son una hermanas (que viven en Belleville, claro, megalópolis que hace recordar ?no inocentemente- al Nueva York de los años cincuenta, donde la fiebre consumista deja a su paso tantos obesos como indigentes), unas hermanas decía, que antaño triunfaban en el mundo del espectáculo (un supuesto ayer de estética entre Betty Boop y Josephine Baker), y hoy viven comiendo ranas (no en un restaurante francés sino cazadas por ellas de un riachuelo cercano), añorando los viejos tiempos, y haciendo música en un antro de borrachos (música con instrumentos no convencionales, tales como heladeras y aspiradoras ?reciclajes del pretendido confort hogareño del american way of life-) La ligazón entre estos dos tríos de personajes (la abuela, el ciclista y el perro, provenientes de un lado del océano, y las trillizas, del otro), se estrecha más de lo que las aparentes diferencias idiosincrásicas (repito, intencionalmente estereotipadas) parecerían promover. De ahí en más, la película aborda inesperadamente el género policial (con persecuciones, intrigas, tiroteos), aunque nunca dejando de ser una nueva excusa del director, para seguir dibujando. La comprensión argumentativa parece complejizarse, pero nunca desbalancearse. ¿Cómo logra esto ?y todo lo otro- Sylvain Chomet? Las palabras sobran (no alcanzan), es aquí cuando se abre paso el virtuosismo, y solo resta gozar.

Ah, me olvidaba, estuvo nominada a dos premios Oscar, pero los ganó Buscando a Nemo.

Publicada en Leedor el 2 de Septiembre del 2004