Cruz de sal

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Jaime Lozano, productor de la inolvidable “Maldita cocaína”, se inicia en la dirección con Cruz de sal, film que si bien trata de ser un policial intrépido, no resulta ser más que otro insoportable mamarracho. Escribe Julián RimondinoComo en la tele

Por Julián Rimondino

El género policial no ha sido el más frecuentado en el cine argentino. Salvando honrosas excepciones (los primeros films de Aristarain, por ejemplo), los pocos casos que existen han terminado siempre en estrepitosos fracasos artísticos y comerciales. Diálogos ridículos, tramas torpes y predecibles, personajes estereotipados, actuaciones lamentables: casi todo lo que puede salir mal, sale mal en estos films. Maldita cocaína fue un perfecto ejemplo de esas películas mal hechas que nadie puede explicar como llegan a ver la luz.

Quien produjera esa misma película, Jaime Lozano, se inicia en la dirección con Cruz de sal, film que si bien trata de ser un policial intrépido, no resulta ser más que otro insoportable mamarracho.
En una noche donde la lluvia es ?evitada? por una especie de embrujo casero, varios de los personajes que habitan el pueblo de El Volcán, en San Luis, se encuentran recorriendo la noche, justo mientras alguien asesina a una mujer, cuyo cuerpo (sin la cabeza) se encuentra al día siguiente. En el transcurso del fin de semana siguiente, el comisario del pueblo (Juan Leyrado) investiga a todos los posibles sospechosos y logra resolver el problema en tan sólo dos días. Pero el problema es que a este final no se llega sino a través de flashbacks mentirosos, divergencias de la trama principal que no sirven para nada y situaciones que parecen repetirse una y otra vez (como el abandono marital: al menos 3 veces en el film un hombre o mujer deja a su cónyuge), recursos de un guión más preocupado por apuntar el dedo hacia el posible culpable del crimen que evitar las situaciones forzadas y los vuelcos innecesarios de la trama.

Varias puntas arrojadas por la investigación quedan libradas a su suerte, sin verdadera conexión con el conflicto central. Como si estuvieran puestas únicamente para alargar la película o retrasar la resolución. Más molesto aún resulta el hecho de que se amague con vincular el crimen a los desaparecidos del último régimen militar, para dejar esa peripecia en nada más que unos flashbacks cruentos e inútiles.

Si bien Leyrado hace lo que puede con un guión que le demanda más hablar que actuar, sus esfuerzos se quedan en la nada ante una pobreza de recursos increíble, que termina produciendo una película filmada como si se tratara de un capítulo de televisión de una serie barata. Porque no hay nada en Cruz de sal que recuerde al despliegue visual de un film, ni siquiera un plano complicado, una toma extraña, nada se escapa de la estricta rutina televisiva. Y el hecho de que el avance de la acción se base más en los diálogos que en acciones de los personajes, tan sólo acrecienta esta sensación.
Cristina Banegas e Ingrid Pellicori podrían haber hecho mucho, pero están atrapadas en dos personajes básicamente iguales, amas de casa torturadas por lo horrible de la vida rutinaria y los horrores cometidos por sus maridos. Alejandro Pous está especialmente mal como uno de los sospechosos, y jamás transmite ni la más mínima emoción con su estilo acartonado. Y aunque Sandra Ballesteros se esfuerza por dar lo mejor de sí, su personaje aparece tan tarde que para esa altura ya poco importa.
El final de la película, por si fuera poco, está largamente dilatado, amagando a cada rato con llegar pero siempre continuando tras un fundido a negro. Una vez más, recursos narrativos que buscan el mero efectismo y poco importan para el ritmo del relato.
Y por último, cabe mencionar la música de José L. Castiñeira de Dios. Si bien su trabajo en el pasado fue casi siempre brillante (y la música de Tangos, el exilio de Gardel estará siempre allí para demostrarlo), sus composiciones para Cruz de sal son de una estridencia y pretensión insoportables. Más bien, parece la copia barata de una banda sonora de alguna película norteamericana barata sobre asesinatos, como aquellas que en los ?60 se producían para capitalizar del éxito de Psicosis.
Llena de vicios, más cercana a la estética televisiva que a la fílmica, mal actuada a veces y con actores desaprovechados en otras, Cruz de sal resulta ser, más que nada, una película carente de inventiva y originalidad.

Publicadoe en Leedor el 1-9-2004