Olimpíadas

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Vivimos un mes extenuante. Así no hay cuerpo que aguante. Nadamos, bicicleteamos, saltamos, remamos, luchamos, corrimos tras una pelota naranja, a gajos, más moderna y liviana, más pequeña o pesada.Fuimos todos olímpicos

Por Viviana Garay

Vivimos un mes extenuante. Así no hay cuerpo que aguante. Nadamos, bicicleteamos, saltamos, remamos, luchamos, corrimos tras una pelota naranja, a gajos, más moderna y liviana, más pequeña o pesada. Tras sus sueños y su esfuerzo iban nuestras ilusiones, algunas más obligadas que otras a las que deseábamos simplemente ?que les fuera bien?. Por unas semanas y gracias a la televisación en directo de tres canales (2 de aire y uno de cable) dominamos los más diversos deportes. Con el correr de los días las expectativas fueron aumentando incluso nuestro dominio de aquellas disciplinas en las que no clasificó Argentina.

Fruto del esfuerzo individual y colectivo, con el apoyo fundamental del núcleo de familiares y amigos, mujeres y hombres jóvenes fueron a Atenas a competir con el enorme orgullo de representar a la Argentina. Si uno a la distancia se emociona con ellos y por ellos imagínense lo que debe ser estar ahí. Primero clasificar para participar, venciendo obstáculos económicos, inadmisibles trabas gubernamentales y presiones de los clubes. Después competir, seguir avanzando o quedar en el camino en la primera prueba. Mejorar los tiempos de actuaciones anteriores, clasificar a instancias finales en donde la mayoría de nuestros atletas corre en tremenda desventaja contra los países en donde la política deportiva se planifica de verdad y a conciencia. Y allá fueron ellos, los anónimos y las superestrellas todas enfundadas en el espíritu amateur, por el placer del deporte mismo, muchos de los que compitieron (precisamente los campeones del oro en fútbol y básquet) ganan fortunas y comprometieron su futuro por representar a la selección.

Por el horario en el que participaban el público vió y vivió las competencias en sus lugares de trabajo y de estudio y hasta en las calles por donde transitaban. Los televisores no durmieron igual que muchos criollos que madrugaron para ver hockey, fútbol, básquet y voley, los deportes colectivos más convocantes y con mayores esperanzas depositadas de lograr el oro olímpico que venía gambeteando desde hacía 52 años.

Las coberturas periodísticas fueron las correctas y esperadas de acuerdo al estilo de cada medio radial, gráfico y televisivo. Quienes tuvieron el privilegio de viajar, trabajaron denodadamente para ofrecer la mejor información de unos Juegos Olímpicos tremendamente organizados por los griegos. Finalmente y como nos pasó a todos, los periodistas dejaron de ser tales para ponerse la “pilcha” de hincha y agregar otro color a las notas.

Por más gimnasios y dietas que realicen algunos, la mayoría de los argentinos llegamos con lo justo para celebrar en el anteúltimo día a lo grande. Y lo hicimos en el deporte que más conocemos y dominamos: la boca grande y abierta gritando campeones, los brazos en alto como ofrenda al cielo, los puños apretados trasmitiendo fuerza a la lejanía, los saltos en alto en cada punto conseguido, los abrazos con quienes nos rodeaban, con los ojos humedecidos por el BICAMPEONATO en un día histórico, que ya está instalado en la memoria popular, que no sabemos si se volverá a repetir, que esta vez- por fin- nuestros pibes pudieron vivirla y disfrutarla y se la contarán a otros el día de mañana.

Los días siguientes a las grandes consagraciones mostró a diferentes deportistas en una recorrida por los canales de televisión. Todos hablaron de sacrificios, de pasión, de unidad del equipo, de solidaridad, agradecimientos, de reconocimiento hacia la gente que los alentó vía correo electrónico, de situaciones complicadas a las de debieron sobreponerse. No hacía falta: todos vimos su total entrega cada día de competencia, sus alegrías y también sus broncas. Participaron por la gloria y algunos volvieron a casa con más gloria que otros pero todos los atletas argentinos fueron los campeones del sacrificio. Gracias a ellos disfrutamos del deporte durante casi un mes, aún cuando la realidad cotidiana continuó su rumbo de incertidumbre, inseguridad, reclamos. Cómo somos los argentinos: en los últimos años aprendimos a reconocer y valorar el esfuerzo y la dignidad en la competencia deportiva, Reutemann y Sabatini posiblemente ahora no serían segundones para el imaginario colectivo.

Las escenas celestes y blancas de Atenas, esas que nos conmovieron, aún cuando sólo teníamos bronces y tapitas de ?seguí participando?, de una forma y otra quedaron guardadas en el corazón. En la piel sensible de la gente común, esa que es más merecedora de colgarse de las medallas del éxito y del fracaso que quienes debieran preocuparse por llevar adelante una seria planificación deportiva nacional.

Con las doradas en el pecho sentimos que no se olvidaron de nosotros. ?Imaginarme que la gente en nuestro país hoy se irá a dormir con una sonrisa gracias al deporte es un orgullo enorme, estoy muy emocionado pensando en ellos? afirmó Fabricio Oberto. También el Kily González reconoció que en el vestuario se habían propuesto ?darle un momento de felicidad a la gente que tiene tantos problemas?. Por eso la emoción, por eso la satisfacción compartida. Como escribió Daniel Lagares el domingo en Clarín: ?..quién no reconoció su alegría en la alegría del otro…Allá, algunos que soñamos ser nosotros nos sacaron de perdedores, al menos por un día?.

Publicado en Leedor el 31-8-2004

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